El misterio de la calavera de cristal

“No hay nada más práctico que una buena teoría”, dice Monroe Stahr.

A finales de los 60, mientras yo seguía fascinado las incidencias del misterio de la calavera de cristal, Monroe Stahr se debatía en una agónica crisis de fe en las afueras de La Habana. Este es probablemente uno de los secretos peor guardados del Claridge: su pasado como militante radical. Stahr tuvo una fase idealista y romántica, aunque hay que precisar que su desconfianza natural le hizo siempre abrigar sospechas.

—Si Alemania del Este es el paraíso de los trabajadores —le preguntó un día a Rick McMahon—, ¿por qué ha habido que levantar el muro de Berlín?

—Por las provocaciones del imperialismo —respondió con aplomo McMahon.

“Cuando necesitas creer, te tragas explicaciones como esa y hasta más burdas”, recuerda hoy Stahr. McMahon y él eran entonces inseparables. Se fueron juntos a Cuba, a conocer de primera mano la revolución. McMahon sigue siendo marxista. Es seco y delgado como un insecto palo y se queja constantemente de que el dueño del Claridge explota a los camareros, aunque él no los trata mucho mejor. “¿Qué mierda es esta?”, le grita a un pobre diablo tras dar un sorbo a su ron con hielo. “¿No te ha dicho tu jefe que yo solo bebo Barrilito Superior? Llévatelo de mi vista, anda”.

Stahr cuenta que una noche, mientras meaban contra una tapia en Playa Baracoa, McMahon le confesó que el castrismo no le gustaba un pelo. “Creí que era un instante de debilidad”, dice. “Siempre me pareció que esas situaciones propician una intimidad excesiva”. Pero el desánimo no cedía y, al cabo de unas semanas, regresaron a España. Stahr se consideró oficialmente excomunista a partir de aquel instante y dio por sentado que McMahon también lo era, pero cuando en 1971 Fidel encarceló al poeta Heberto Padilla y obligó a la izquierda mundial a pronunciarse a favor o en contra, McMahon tomó vehementemente partido por la revolución.

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Yo, ya les digo, andaba entonces en otros negociados y no tenía ni idea de quién era Padilla. Mi héroe se llamaba Bill Homann. “Su ejecutoria como piloto de las fuerzas aéreas y experto en artes marciales”, se lee de él en la web Crystal Skulls, “lo convierte en la persona idónea para encargarse de la custodia de la calavera de cristal de Mitchell-Hedges”.

Esta reliquia arqueológica, exhumada a finales del siglo XIX por el aventurero epónimo Frederick Albert Mitchell-Hedges, está asociada con toda clase de prodigios. “Tiene al menos 3.600 años de antigüedad y el sumo sacerdote maya la usaba en ritos esotéricos”, escribió su descubridor en El peligro, mi aliado. “Cuentan que, cuando solicitaba con su ayuda la muerte de alguien, esta se producía invariablemente”. Anna, la hija de Mitchell-Hedges, aseguraba que se había deshecho así de un indeseable y que la calavera también curaba el cáncer y facilitaba trances premonitorios, durante uno de los cuales anticipó el asesinato de John F. Kennedy.

Semejante catálogo de propiedades la convierte, como comprenderán, en objeto de codicia por parte de toda clase de poderes ocultos. De ahí que la web Crystal Skulls se felicite de que su custodia haya recaído en alguien como Homann.

Naturalmente, no escasean los escépticos que acusan a los Mitchell-Hedges de urdir un fabuloso montaje. Frederick Albert no gozaba de credenciales demasiado sólidas como arqueólogo y, de hecho, jamás aclaró cómo llegó el cráneo a sus manos. En los años 70 la pieza se sometió a diferentes experimentos para corroborar su origen precolombino, pero los microscopios de la época únicamente pudieron constatar que se trataba de una talla excepcional.

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Durante años, McMahon y Stahr dejaron de hablarse. McMahon llamaba gusano a Stahr y Stahr se encogía de hombros y citaba a Bukowski: “Las personas inteligentes están llenas de dudas y las estúpidas de certezas”.

Luego se reconciliaron y han acabado siendo buenos amigos. Es un enigma esta marea de afecto que recorre subterráneamente las relaciones entre rivales ideológicos, pero yo tampoco me emocionaría. Gabriel Celaya recuerda que durante la Segunda República tenía una tertulia de izquierdas en los bajos del café Lyon y que en la mesa de enfrente se sentaban los fundadores de la Falange: José Antonio Primo de Rivera, Jesús Rubio, José María Alfaro… “Nos llamábamos unos a otros cabrones, rojos y fascistas”, decía, “pero era como un juego”. Luego estalló la guerra y aquellos insultos dejaron de ser un juego para convertirse en sentencias de muerte.

¿Por qué McMahon se retractó de su retractación en Playa Baracoa? “Castro nunca fracasó, lo ha asfixiado el bloqueo americano”, me dice mirándome con fastidio, como si fuera uno de esos soldados japoneses que se quedaron atrapados en una isla del Pacífico después del armisticio y no se han enterado de nada.

Lo mismo cuenta de Nicaragua. “Washington compró a los Ortega”. Y de la URSS. “El socialismo real no funcionó porque Estados Unidos no podía consentirlo”.

“Yo también razoné así un tiempo”, dice Stahr. “De hecho, me hice marxista por eso. Nunca te equivocas. Pase lo que pase, siempre hay una coartada. Si la revolución triunfa, son las leyes del materialismo histórico. Y si fracasa, son las provocaciones del imperialismo”. Pero, ¿de qué sirve una teoría que demuestra una cosa y la contraria? “Inventar justificaciones para determinar por qué no ha pasado lo que has dicho que iba a pasar es bonito, incluso divertido”, concluye Stahr, “pero las teorías no tienen que ser bonitas ni divertidas. Tienen que acertar. Como dijo el otro, no hay nada más práctico que una buena teoría”.

Stahr no perdió la fe en Marx de un día para otro. Fue un proceso gradual. Yo no puedo decir lo mismo de mi admiración por Homann, el expiloto de las fuerzas aéreas y experto en artes marciales. En 2007, la antropóloga Jane MacLaren realizó unas micrografías de la calavera de Mitchell-Hedges con un microscopio electrónico de barrido y concluyó que el cristal se había trabajado con herramientas desarrolladas a finales del XIX y que los mayas, por tanto, desconocían.

Homann ni se inmutó. Si esa tecnología no estaba disponible en el momento de tallarse la calavera, parece obvio que sus artesanos recibieron ayuda. ¿De quién? De alguna civilización extraterrestre “que usaba láseres”, apunta uno de sus secuaces. “Un regalo de los dioses, como los propios mayas cuentan”.

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