El sentido de la vida

“No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”.

“¿Qué harías si solo te quedaran unas horas de vida?”, me soltó Archibald una noche en el Claridge. Lo miré con una mezcla de extrañeza y alarma. Creo que nunca les he hablado de Archibald. Está casado con Selene, la hija menor de Monroe Stahr. A diferencia de la poco agraciada primogénita Brenda, Selene es una hembra de bandera. Eso no garantiza, sin embargo, la felicidad y a Selene le gusta además buscarla en los peores antros: los tugurios del casco antiguo, los locales lóbregos del barrio chino, los bares con neones de la carretera.

Archibald es todo lo contrario. Da clases de literatura en la universidad y escribe dramas existencialistas. Cuando se casaron, le gustaba imaginar que eran como Arthur Miller y Marilyn Monroe: el intelectual seductor y el mito erótico. Sus obras nunca han alcanzado la notoriedad de Muerte de un viajante, pero Selene sí ha estado a la altura promiscua de Marilyn. Adquirió en seguida la costumbre de ausentarse días enteros del hogar. Volvía ojerosa y despeluzada, con la ropa pringosa y las medias agujereadas después de haberse dejado follar por cualquiera. Al principio, Archibald intentó pedirle explicaciones. Ella lo insultaba y se reía de él, y luego se encerraba a dormir 48 horas seguidas, al cabo de las cuales se levantaba como si nada hubiera ocurrido y, durante una temporada, se convertía en el ama de casa perfecta, hacendosa y atenta.

Tras peregrinar por los mejores terapeutas, Archibald llegó a la conclusión de que Selene no tenía remedio y consideró seriamente la posibilidad de dejarla, pero una tarde Monroe se presentó en su piso de Tres Cantos flanqueado por Salvatore y Jerry Payaso Kramer y le explicó escuetamente que nadie abandona a una Stahr. “Nadie”, recalcó. “Yo no sé qué acojonaba más”, me contaría después Archibald, “si lo serio que estaba Monroe o lo sonriente que estaba Jerry”.

Una vez aclarados los conceptos, Selene reanudó su rutina esquizoide de tarta de manzana y orgías autodestructivas en fines de semana alternos y Archibald encontró un consuelo insospechado en Margaret, la chica del guardarropa. Eran bastante discretos, desde luego más que Selene, que en aquel instante se restregaba como una gata contra un desconocido en la barra del Claridge. Pero la relación había trascendido y Archibald estaba preocupado.

De ahí su pregunta.

“Si el universo fuera a acabarse mañana, me daría al libertinaje”, le respondí sin mucha convicción. Y añadí para justificarme: “Como todo el mundo, no sé”.

“Sí, es lo que dicen casi todos”, asintió Archibald. “Se agarrarían una tajada épica o aprovecharían para cargarse a algún indeseable. Pero la mayoría de los pacientes terminales siguen con su existencia habitual. Yo creía”, continuó, “que la inminencia de la muerte te prestaba una lucidez especial, que enfrentado al abismo último la realidad se escindía limpiamente: a un lado quedaba lo esencial, al otro lo superfluo. Es verdad que nos entristece la perspectiva de perder esos pequeños placeres en los que apenas reparamos normalmente: una comida familiar, un paseo por el campo, una charla con los amigos. Pero ¿no hay nada más? ¿Es ese el sentido de la vida?”

Era una pregunta retórica, claro. Nadie en su sano juicio habría esperado de un sabueso del Globe que resolviera semejante incógnita.

“Camus”, siguió Archibald después de una pausa, “decía que no hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida merece o no la pena de ser vivida es responder a la pregunta fundamental… Es ridículo. No tomamos la decisión de vivir después de demostrarnos que es la opción más razonable. Si fuera así, los ejércitos diseñarían un silogismo letal y lo diseminarían entre las filas enemigas, como un gas tóxico”.

Me reí de la ocurrencia, aunque después recordé mis clases de lógica aristotélica durante el bachillerato y la idea no me pareció tan descabellada.

“En cuanto haces un poco de introspección”, concluyó Archibald, “comprendes que no vivimos por la literatura ni por el amor, ni siquiera por el fútbol. Todo eso nos entretiene durante el viaje, pero por debajo hay una pulsión que no necesita motivos, un deseo interminable. Es esa ilusión animal, y no la filosofía, la que nos mantiene en pie, incluso cuando todo se vuelve insoportable”.

Y miró a Selene. La mano del desconocido había desaparecido debajo de su falda y ella le sostuvo la mirada a Archibald, sonriendo cruelmente.

Entonces Salvatore se acercó a la barra, le susurró algo al oído al desconocido y su mano reapareció mágicamente. Se apartó de Selene como si sufriera una enfermedad contagiosa, tiró un billete arrugado al barman y salió a toda prisa, ignorando los gritos de la chica.

“Llévatela”, ordenó Monroe a Salvatore. Selene braceaba con todas sus fuerzas, fuera de sí, pero el gorila la redujo fácilmente, como a un cachorrito revoltoso. Monroe aguardó a que se fueran y a continuación se acercó hasta nuestra mesa, se sentó y procedió a encenderse uno de sus puros apestosos. Jerry Payaso Kramer estaba de pie junto a él, sonriendo. Monroe dio una larga calada, dirigió una bocanada a la punta del cigarro hasta arrancarle un resplandor rojizo y, solo después de comprobar que tiraba como era debido, levantó la vista hacia Archibald.

“Puedes hacer lo que te dé la gana”, le dijo, “pero no te entretengas mucho en el guardarropa cuando salgas. La gente murmura, ya sabes”. Dio otra calada y preguntó si creíamos que el Atlético tenía alguna posibilidad de ganar la Champions.

“Yo no sé qué me tranquilizó más”, me contaría después Archibald, “si lo serio que estaba Jerry o lo sonriente que estaba Monroe”.

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2 Respuestas a “El sentido de la vida

  1. El propio Henry Miller dijo que “hay que darle un sentido a la vida, por el hecho mismo de que carece de sentido”, y sin embargo, no siendo capaz de encontrárselo, salvo en los puntuales momentos de paz y feliz tranquilidad con mi mujer, pienso que “suicidarme sería lo último que haría en la vida”.

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