Pablo Iglesias reloaded

No somos ciudadanos libres, sino pilas humanas enchufadas a la maquinaria capitalista, dice Varoufakis.

Estados Unidos empezó a perder Vietnam el día en que Walter Conkrite volvió de una gira por el frente y aireó en la CBS sus dudas sobre la victoria final. Luego hemos sabido que en aquel instante la situación militar distaba mucho de ser mala, pero hoy en día no puedes ganar la guerra si pierdes el telediario.

“La televisión”, escribe Pablo Iglesias en la New Left Review, “es el gran dispositivo ideológico de nuestras sociedades”. No refleja la realidad. La construye. Al líder de Podemos ya lo reconcomía esta certeza hacia 2011. Ese año aún trabajó como asesor externo de Izquierda Unida, pero se dio cuenta de que con aquellos cenizos no iba a ningún lado. Preparaban papeles, cantaban la Internacional, agitaban las banderas rojas y acudían a las elecciones encantados de que los fueran a correr a gorrazos. Creían que aquel ejemplo de dignidad, unido a su superioridad moral y sus sagaces análisis, les granjearía la estimación general y acabaría aupándolos al poder.

Pero este crecimiento orgánico era una ingenuidad, porque “las viejas élites y sus portavoces” controlan los resortes que definen la realidad y jamás permitirán que las masas cobren conciencia de su explotación. “Lo que Antonio Gramsci definió como hegemonía”, teoriza Iglesias, es la capacidad de la clase dominante para “convencer a los grupos subalternos de que sus intereses coinciden, aun cuando sea de manera subordinada”. Mientras esa ilusión no se rompa, persistirá la explotación.

Por ello, la prioridad de la izquierda no es ya convocar mítines y redactar manifiestos, sino ocupar los platós, que “se han convertido en los verdaderos parlamentos”. Da igual el discurso. Se puede ensalzar la revolución bolivariana o la socialdemocracia escandinava. Se puede arremeter contra la Transición o considerarla un “éxito social”. Depende del momento estratégico. El caso es ganar apoyos como sea, porque “sin ser mayoría no se accede a los dispositivos administrativos que permitirán las batallas discursivas en otras condiciones”. Ese es el objetivo: los “dispositivos administrativos” (el CNI, la policía, el ejército) desde los que se podrá al fin despojar al pueblo de la venda que le impide contemplar su postración.

¿Hasta qué punto se creen esta milonga en la nueva izquierda? Hace unos años, Yanis Varoufakis pronunció una charla pomposamente titulada “Confesiones de un marxista errático en medio de una repugnante crisis europea”, en la que explicaba que la amenaza soviética obligó a los regímenes occidentales a moderarse, pero que tras la caída del Muro de Berlín habíamos vuelto a las andadas. Peor aún: hemos desarrollado formas de opresión que ni siquiera Marx concibió, como la que dibujan los hermanos Wachowski en Matrix. Esta es la interpretación que hace Varoufakis de la película:

“Las máquinas no tardaron en descubrir que los humanos no duramos mucho cuando se nos quiebra el espíritu y se nos despoja de libertad […] nos doblegaron con lo que Marx llamaba falsa conciencia. Nos embutían no solo los nutrientes que el cuerpo necesita, sino las ilusiones que nuestras mentes anhelan”.

En su opinión, este relato no es ciencia ficción “ni futurología. ¡Forma parte de nuestra realidad desde hace tiempo! Es un brillante documental de nuestra era”. En cuanto a Marx, su papel sería hoy el de Morfeo: “Ofrecernos la pastilla roja, la posibilidad de mirar cara a cara, sin las reconfortantes ilusiones de la ideología burguesa, […] un sistema que provoca crisis y privaciones como parte de su funcionamiento, por diseño”.

Es una tesis de larga tradición filosófica. ¿Cómo estamos seguros de que lo que vemos es lo que vemos, y no lo que unos aviesos magnates quieren que veamos? ¿No son ricos quienes controlan la televisión, la radio, la prensa? ¿No viajan en los mismos yates y aviones que la oligarquía financiera? ¿Por qué iban a tener razón ellos y no Varoufakis?

En Sobre la certeza, Ludwig Wittgenstein se plantea si es posible “que no exista ninguno de los objetos que nos rodean”. El filósofo lo acepta como hipótesis de trabajo, pero “quien quisiera dudar de todo”, advierte, “ni siquiera llegaría a dudar”. Hay ciertas proposiciones que constituyen el “andamiaje de todas nuestras consideraciones”. No podemos cuestionarlas sin cuestionarlo todo. Si alguien asegurara, por ejemplo, que la Tierra existe solo desde hace un siglo, “yo no lo entendería”, dice Wittgenstein, “porque no sabría lo que tal persona estaría dispuesta a admitir como evidencia”. Y añade: “Es algo completamente cierto que los coches no brotan espontáneamente en el campo” y quien piense lo contrario “rechaza todo nuestro sistema de verificación” e inutiliza el “juego del lenguaje”.

Al intentar convencernos de que no somos ciudadanos libres, sino pilas humanas enchufadas a la maquinaria capitalista, Varoufakis nos está diciendo: “Lo que veis no es lo que creéis ver”. Pero una vez despojados de nuestro sistema de verificación, ¿cómo comprobaremos en lo sucesivo que no nos engañan, empezando por el propio Varoufakis? ¿Por qué habríamos de fiarnos de él? O por ponerlo en términos marxistas (de Groucho): “¿A quién va usted creer? ¿A mí o a sus propios ojos?”

La izquierda le dirá que ella obra guiada por las mejores intenciones, mientras que a los magnates de la comunicación los mueve el puro ánimo de lucro. Y en su charla, Varoufakis alertaba contra quienes “fracasaron al cambiar el mundo y triunfaron a la hora de mejorar su circunstancia personal”. Pero, como observa el periodista Alberto Mingardi, “ese ha sido exactamente el resultado de su breve paso por el Gobierno griego”.

Yo no esperaría menos de nuestros muchachos de Podemos.

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