El miedo del voto

“La democracia está bien, si no fuera por las elecciones”, dice Monroe Stahr.

Reconozco que Salvatore me da miedo, y no soy el único en el Claridge. Tiene ese aspecto que invita a cambiar de acera cuando te lo encuentras por la calle, pero el atrezo neonazi (la cazadora de cuero, los piercings, el brazalete de púas) es lo de menos en un local donde, como diría Gil y Gil, el que no tiene un hermano drogadicto tiene una hija puta. Es su falta de control, la forma en que te mira mientras acaricia la caña de la bota derecha, donde todo el mundo sabe que guarda el machete.

Cuando nos conocimos trabajaba de administrativo en una empresa de limpieza y contaba divertido que el gerente le pedía que se desenroscara alguna tornillería para no espantar a la clientela. Era un empleo tedioso, pero con un horario cómodo, que le permitía pasar bastante tiempo en el Claridge. En aquella época yo estaba en el paro y muchas tardes éramos los únicos parroquianos, así que fuimos intimando. Solía hacerme preguntas de economía, una disciplina que consideraba tan abstrusa como la cábala, y a cambio me contaba algunas de sus andanzas. La que más me impresionó involucraba a su hermano mayor, por el que sentía veneración. Había muerto muy joven, de una esclerosis lateral amiotrófica, y cuando la enfermedad aún no lo había paralizado del todo solían acudir a conciertos de Celtiberia, Estirpe Imperial y grupos por el estilo. “Una noche entro en un antro con él cogido del brazo, avanzando penosamente entre las mesas con la cabeza ladeada y la punta de la lengua fuera, y de repente un idiota suelta una carcajada. Mira”, contaba Salvatore poniendo los ojos en blanco, “me dio tanta rabia que, con la mano libre, agarré una botella y le di así en toda la jeta”. Y describía un amplio semicírculo con el brazo, a cámara lenta, como una película de Peckinpah. “Tenías que ver cómo sangraba”.

“Pero Salvatore”, le dije, “¿estás seguro de que se reía de tu hermano? Igual le acababan de contar un chiste”.

Salvatore me miró repentinamente perplejo, apuró su copa y se alejó dándole vueltas al asunto.

Aunque sus historias eran a menudo violentas y ponían siempre de manifiesto un temperamento explosivo e impredecible, transmitían también una sensación de ternura y orfandad. Salvatore llevaba toda su vida buscando certezas en un mundo incomprensible y hostil, donde el fuerte abusaba del débil y la enfermedad podía arrebatarte cruelmente a tus seres queridos. En el fondo de su corazón, ansiaba que alguien diera con un arreglo que nos permitiera salir del estado de naturaleza hobbesiano (él no lo llamaba así, por supuesto) en el que estábamos sumidos, pero entre tanto había elegido el lado de los que dan los botellazos, no el de los que los reciben. Si el hombre era un lobo para el hombre, él prefería inspirar miedo que sufrirlo.

Mi compañía lo tranquilizaba porque, a diferencia de esos intelectuales que consideran de buen tono quejarse de lo mal que va todo, yo sostengo que la humanidad nunca ha estado mejor. Disfrutamos de la era más pacífica y próspera de la historia. Es verdad que millones de personas experimentan todavía los horrores de la miseria y la guerra, pero la “existencia es hoy mejor que en prácticamente cualquier otro momento”, como escribe el Nobel Angus Deaton en el prólogo de La gran evasión. “Hay más ricos y menos gente padece pobreza severa. La esperanza de vida es mayor y los padres no deben presenciar cómo se les muere uno de cada cuatro hijos”.

Salvatore me escuchaba al principio escandalizado, pero tampoco encontraba argumentos para rebatirme y empezó a comprobar que en los círculos que frecuentaba tampoco los encontraban. Mi reputación como analista se disparó y durante un tiempo fue contando por ahí que yo era el tipo más sabio que había conocido. Luego el Globe me fichó y me mandó a Pittsburgh y, durante dos años, perdimos todo contacto.

Cuando nos reencontramos en el Claridge se alegró mucho de verme, pero poco a poco ha dejado de atender mis explicaciones, incluso se levanta a mitad de alguna con ostentoso gesto de fastidio. El punto de ruptura fue una conversación con Monroe Stahr (no puedo llamarla discusión, porque nadie discute con Stahr).

Stahr tiene un ideario confuso, a caballo entre la Falange y la socialdemocracia, pero dominado por la presunción excesiva de que la política no es distinta de otras disciplinas y que en todo momento está claro lo que hay que hacer. Sus exposiciones están trufadas de afirmaciones como “Lo que este país necesita es tal” o “No entiendo cómo el Gobierno no hace cual”. Otra de sus citas memorables (inspirada en la reflexión de un asesor de Yeltsin) es: “La democracia está bien, si no fuera por las elecciones”.

Últimamente insiste mucho en que los españoles nos hemos equivocado, que el 20D ha generado una situación ingobernable y que deberíamos volver a pasar por las urnas. Salvatore está de acuerdo y no sé por qué llegó a la conclusión de que yo opinaría lo mismo. Es verdad que un Congreso atomizado como el actual imposibilita la agenda de reformas que la economía demanda y la experiencia europea revela que, si se repiten los comicios un número suficiente de veces, la ciudadanía acaba votando lo que debe.

Pero la agenda de reformas no me preocupa tanto como preservar el proceso de deliberación que la hace posible. La democracia consiste en un debate implacable, en el que todo se cuestiona sin tregua. Pienso, como Stuart Mill, que la humanidad ya ha proclamado en demasiadas ocasiones que había alcanzado la culminación de los tiempos, para entregarse a renglón seguido a una guerra religiosa o a una pesadilla totalitaria, y desconfío de cualquier solución final.

“No podemos asegurar que sabemos dónde están la verdad y la felicidad”, le dije a Stahr aquella tarde. “Los problemas políticos no son como los matemáticos, en los que la respuesta a cada cuestión es una y solo una. No existe una fórmula ideal que permita armonizar los valores que apreciamos (la igualdad, la libertad, la seguridad, la prosperidad), porque no son totalmente compatibles: la igualdad socava la libertad, la libertad obstaculiza la seguridad, la seguridad limita la prosperidad, la prosperidad reduce la igualdad… Hay quien prefiere la libertad a la igualdad, y viceversa, y ninguna combinación es mejor que otra. Decir que la gente se equivoca al optar por un partido es como decir que es un error preferir Beethoven a Mozart o Velázquez a Monet”.

“Pero tú mismo has condenado el programa de Podemos porque compromete el crecimiento”, objetó Stahr.

“Y lo mantengo”, le dije, “pero para muchos votantes la prioridad no es crecer”.

“¡Ya!”, repuso con sarcasmo. “Se han tragado la demagogia de Iglesias, y ese es el problema: si permites que cada cual prometa lo que le dé en gana, habrá líderes sin escrúpulos que aprovechen la democracia para asaltar el poder y acabar con ella”.

“Sin duda”, admití, “pero, ¿cuál es el remedio? ¿Imponer tú otra dictadura? Hay que confiar en la gente, y no estoy realizando una exhortación a la buena voluntad, sino una manifestación de impotencia: no nos queda más remedio que confiar en la gente”.

“¡Tonterías!”, estalló entonces Salvatore. Tenía los ojos inyectados en sangre y los labios firmemente apretados. Podía palpar su ira. “¿Para qué te sirve tanta lectura”, parecía reprocharme, “si luego no haces nada? ¿De qué vale la verdad si no se puede imponer?” De repente, comprendí que lo había devuelto a la casilla de salida, al mundo incomprensible y hostil en el que no había certezas y las diferencias se zanjaban a botellazos. El miedo animal que con tanto esfuerzo había ahuyentado de su existencia volvía a merodear como un lobo en su mirada.

Durante un instante pensé que iba a lanzarse sobre mí, y vigilaba con aprensión la caña de su bota derecha, pero Stahr lo disuadió. Arrellanado en su butaca, con la copa balón en lo alto de la mano y los párpados entornados, me observó con profundo desprecio. A continuación chasqueó la lengua, giró el rostro hacia Salvatore y le indicó con un leve cabeceo que no merecía la pena.

Estoy sinceramente convencido de que eso me salvó la vida.

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