El chico de ayer

“Solo hay dos tragedias en la vida: una es no alcanzar lo que se desea; la otra es alcanzarlo”. Oscar Wilde.

En 1994, el mismo año que me despidieron de Gaceta Universitaria, Antonio Vega editaba Océano de sol y la revista El Gran Musical le dedicó una portada. No he podido encontrar el reportaje en internet y he olvidado casi todo lo que contaba, salvo que Antonio acababa de comprarse una casa y que la tenía llena de gente. Sí recuerdo que, hundido en el sillón de la biblioteca pública donde pasaba mis tardes de parado, envidié su existencia de artista consagrado: las canciones, la piscina, el alegre caos.

Luego resultó que el caos era demasiado alegre. Como explicaría después con su desesperante indolencia, aquella casa “se quemó”. No sabemos si durante una juerga, como el yate de Osgood Fielding III en Con faldas y a lo loco, pero se quemó.

“Antonio no es una persona normal y corriente”, escribe su biógrafo Juan Bosco, “no lleva una vida normal y corriente y no se le puede medir con el mismo rasero con el que se mediría a una persona normal y corriente”. Seguramente no le falta razón, pero yo no tenía ni idea. Lo traté mucho en el Liceo Francés, donde fuimos compañeros tres cursos: cuarto, quinto y sexto de bachillerato. Era un tipo magnífico. Durante la adolescencia, la complejidad social queda reducida a dos categorías: los que molan y los que no molan. Antonio era de los que molaban. Yo no. Yo había nacido en noviembre de 1958 y, al juntarme con los de la primera mitad del año, no salía muy favorecido. En las fotos de clase soy el segundo más enclenque.

Antonio era de diciembre, pero del 57, y una diferencia de 11 meses a los 14 años puede ser enorme. Tenía mucho éxito con las chicas (y con el cura de Religión), pero no se hacía el chulito por ello. Muchos recreos los pasaba con Alejandro, Rafa, Pablo, Caba y conmigo, recostados al sol contra la pared que daba al aula de dibujo, haciendo chistes malos. Una de sus gracias consistía en cambiar de género al interlocutor. Nos llamaba Micaela, Alejandra, Rafaela… Era un juego absurdo, pero que tendría consecuencias impensadas para la historia del pop español, porque bromeando con su primo Nacho daría lugar a una marca mítica: Nacha Pop.

En Tu voz entre otras mil, el magnífico documental de Paloma Concejero, otro compañero de colegio, Luis Morales, dice que Antonio se subió un día al auditorio del Liceo y dejó a todos anonadados con su genio. Yo desde luego no me enteré, pero si de verdad tenía ya aquella reputación, resulta doblemente encantador, porque jamás alardeó de ella. Al contrario. Hablaba de sí mismo sin el menor respeto. “Mira”, me dijo una vez mostrándome la caja agrietada de su guitarra. Por lo visto, sus padres le habían pedido que tocara para una visita. “Yo no quería al principio”, me contaba Antonio, “pero insistieron tanto que canté una canción, y luego otra, y otra más… Me emocioné, tío, y a la novena o la décima mi padre me hace una seña y me dice sonriendo: ‘Antonio, hijo, ¿te importa acompañarme, por favor?’ Salimos del salón, cerró la puerta, me quitó la guitarra, la agarró por el mástil y me la estampó contra la cabeza”.

Antonio relataba el incidente sin rencor, partido de la risa. A sus padres no les entusiasmaba su vocación artística. La madre se coló disfrazada en un concierto de Nacha Pop y salió horrorizada. “Todos con unas pintas como no te puedes imaginar”, rememora en Tu voz… “Me fui de allí tan deprimida, y me dije: ¿esto es lo que quiere?”

La mujer se arrepentiría luego de no haber valorado antes el talento de su hijo y a mí me pasó un poco lo mismo. Empecé a disfrutar de sus canciones muy tarde, con Ese chico triste y solitario, el disco homenaje que le dedicaron sus colegas en 1993, cuando por Madrid se extendió el bulo de que estaba muriéndose de sida. Antonio atribuyó aquel trabajo a “una maniobra de [el productor musical] Paco Martín que no me gustó nada”, pero tuvo la modesta virtud de engancharme a su obra.

A aquellas alturas ya no teníamos ningún trato. Después del Liceo coincidimos en tres ocasiones. La primera fue en 1980, en Radio Juventud. Yo tuve allí un (efímero) programa de humor y había acudido a una entrega de premios cuando alguien me tocó en el hombro. Me di la vuelta y era Antonio. “¿Qué haces aquí?”, pregunté. “¡Somos el grupo revelación del año!”, respondió. Tampoco me había enterado.

Se le veía exultante. Nos pusimos rápidamente al día. Había intentado estudiar arquitectura, pero lo había dejado, porque lo suyo era la música y le daba igual todo lo demás. También me contó que durante un tiempo había trabajado en una imprenta de la calle Francisco Remiro. “Eso queda cerca de tu casa, ¿no?”, me dijo, como si aquella proximidad hiciera nuestra relación especial.

Tardamos meses en volver a vernos. Nacha Pop había sacado un nuevo álbum y habían ido a celebrarlo a Casa Gades. Yo estaba allí cenando por casualidad y, cuando me acerqué a saludarlo a su mesa, no se levantó. No recuerdo de qué hablamos, pero sí que dijo algo que suscitó la hilaridad de sus acompañantes y me hizo sentirme muy incómodo.

El tercer y último encuentro fue en Malasaña, bien entrados los 80. Yo salía de la plaza del Dos de Mayo y él entraba. Antonio no fue nunca corpulento, pero ya tenía esa delgadez mórbida que no lo abandonaría. Le invité a una cerveza, pero llevaba prisa. “No, no, no”, murmujeó mientras lanzaba rápidas miradas a derecha e izquierda. Luego reanudó su camino, cabizbajo y oscuro.

El documental de Concejero plantea quién metió a Antonio en aquella espiral autodestructiva. Hay varios sospechosos: una novia, el hermano de la novia, la vocalista de un grupo… Antonio exculpa a todos. “En el momento [en] que yo subí al escenario”, dice, “[en] que tuve la oportunidad de subir arriba y de empezar a vivir aquel mundo de magia, de fantasía que yo me había dibujado desde abajo […] fue como descubrir las puertas del cielo”. Entonces, ante el hallazgo “tan acojonante de que la obra hecha por tus propias manos te lleva a situarte en lo más alto”, pensó: “Si yo esto lo adorno […] con tal sustancia, entonces va a ser […] lo más”.

Ignoraba (todos lo ignoramos) que eso era todo, que no había más. “La gente de a pie no hace un clásico en su primer disco ni se convierte en un mito antes de cumplir los 30 años”, escribe Bosco. Parece una bendición, pero es una catástrofe, porque ya nada te contenta. Te has quedado sin objetivos. Oscar Wilde decía que “solo hay dos tragedias en la vida: una es no alcanzar lo que se desea; la otra es alcanzarlo. La segunda”, añadía, “es mucho peor que la primera”.

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4 Respuestas a “El chico de ayer

  1. Joe, Miguel. Fuiste compañero de colegio de Antonio Vega y nunca me lo dijiste. Ya te tengo en alta estima, te puedes imaginar ahora. Me ha encantado tu texto. Un abrazo fuerte.

  2. Cuánta verdad, cuánta razón. La de horas que hemos echado reflexionando sobre el riesgo que supone dejarlo todo por buscar un sueño, porque si el sueño al final no se alcanza, viene la frustración; pero si se alcanza, la cosa puede ser mucho peor.
    Magnífico texto, Miguel, da mucho que pensar.

  3. Muchas gracias por el consejo, Miguel. Buscaré en mi vida un objetivo inalcanzable. Y espero vivir mucho tiempo.

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