Mi guerra de las galaxias

Los años 70 fueron una era de promesas rotas y el universo limpio y ordenado de Lucas, con sus héroes y sus villanos, trajo (de verdad) una nueva esperanza.

A las tres semanas de estrenarse, El despertar de la Fuerza llevaba recaudados 1.500 millones de dólares. No está mal, habida cuenta de que ha costado 350 millones producirla, según el New York Times. Solo en su primer fin de semana en Estados Unidos facturó 238 millones. Para que se hagan una idea, el récord anterior eran los 87,5 millones de El Hobbit. La acogida del público también ha sido positiva: al 90% de los usuarios de Rotten Tomatoes les ha gustado y, de acuerdo con su tomamómetro, es una de las 20 mejores películas de ciencia ficción de la historia.

A pesar de ello, Mark Hammill, el actor que encarnó a Luke Skywalker en 1977, reconoce que “no va a ser como entonces”. Y algún crítico ha ido más lejos. David Roberts considera que El despertar… es “una derrota” respecto de la trilogía original. “Era probablemente inevitable que Disney [convirtiera la saga] en una fuente fiable de cintas comerciales que complazcan a la gran audiencia, sin asumir muchos riesgos. Pero me esperaba algo más”.

Tienen razón todos. Roberts al esperar algo más, Disney al complacer a la gran audiencia y Hammill al advertir que las cosas nunca son como antes. Mi suegro solía contar que la mejor naranja de su vida la había tomado en una oscura tasca de una recóndita carretera del Cantábrico. La vaguedad de las referencias hacía imposible contrastar una afirmación tan categórica y yo siempre consideré la anécdota una variación gastronómica de su recurrente letanía sobre la imparable decadencia de Occidente. “Ya no quedan naranjas como aquella”, decía con un chasquido de fatalidad.

Andando los años comprendí, sin embargo, que el hombre era sincero. No me refiero a que aquella fuera la mejor pieza de fruta jamás cultivada. Si un botánico viajara en el tiempo y obtuviera un gajo, probablemente no hallaría nada de particular en él. Pero el éxito no depende solo del artista, sino del público, y mi suegro tenía aquel día la disposición perfecta para apreciar aquella humilde naranja.

“No es nunca el autor el que hace la obra maestra”, escribió Paul Valéry. “La obra maestra se debe a los lectores”. En este blog he contado que Francia ha alumbrado cantantes mejores que Edith Piaf, pero nadie superará su veneración porque en las horas de desaliento de la posguerra sus compatriotas necesitaban el ejemplo de superación de aquella niña criada en un burdel.

La guerra de las galaxias también se estrenó en un momento complicado. Los años 70 fueron una década de promesas rotas. No se trataba solo de la profunda recesión desatada por la subida del petróleo. El festival hippy dejó tras de sí una resaca de adicciones y miseria. Muchos jóvenes que peregrinaron al Nepal en busca del paraíso descrito en Horizontes perdidos acabaron muertos de sobredosis o de hambre en alguna siniestra pensión de Katmandú. El Watergate puso al descubierto las vergüenzas de la democracia americana, mientras Solzhenitsyn denunciaba el horror del gulag soviético y Mayo del 68 degeneraba en una miríada de grupúsculos violentos: el Grapo y el FRAP en España, las Brigadas Rojas en Italia, la Baader-Meinhof en Alemania…

Este pesimismo se reflejaba en el arte. El cine de la época es sombrío: Perros de paja, Chinatown, El justiciero de la ciudad, El Padrino, Harry el Sucio, Alguien voló sobre el nido del cuco, La naranja mecánica, Taxi Driver… “Hasta un grado que resulta difícil apreciar hoy”, escribe Christian Caryl en la New York Review of Books, “aquella fue la primera gran era del antihéroe. El Harry Callahan de Clint Eastwood reaccionaba ante la fractura social haciéndose aún más violento que los delincuentes que perseguía. Charles Bronson llevó […] la figura del vigilante a niveles repulsivos. Y el Travis Bickle que encarna Robert de Niro [en Taxi Driver] pierde el juicio tratando de hacer lo correcto en un mundo tan desquiciado que uno llega a preguntarse si quedaba de verdad bondad en el mundo”.

El mismo año que en España se estrenaba La guerra de las galaxias, Hollywood concedía el Oscar a El cazador. La crítica comentó que Estados Unidos se atrevía al fin a reflejar en toda su crudeza el horror de la guerra, y era verdad, pero Michael Cimino no se limitó a pintar con tintas tenebrosas el conflicto. Todo es sórdido en aquella cinta: el protagonista es un sujeto borracho y pendenciero, que intenta levantarle la novia a su mejor amigo durante la boda de un tercero, que se está casando de penalti con una chica embarazada por otro antes de perder las dos piernas y un brazo en Vietnam…

En medio de este panorama tétrico, el universo limpio y ordenado de George Lucas, con sus héroes y sus villanos y, sobre todo, con su confianza en la posibilidad del bien, supuso un alivio. La ficción recuperaba, además, su papel de evasión. La cultura pop estaba dominada por mandarines como Susan Sontag que consideraban que se rebajaba el arte al hacerlo no ya entretenido, sino inteligible. La interpretación, decía, “es el homenaje que la mediocridad rinde al genio”. Había que sentarse delante de la pantalla y sufrir con resignación lo que su creador hubiera tenido a bien realizar, aunque muchas veces ni él mismo supiera de qué iba. “Algunas películas de [Ingmar] Bergman […] están por encima de las pretenciosas intenciones de su director”.

Igual que mi suegro paladeó aquella naranja mítica, yo disfruté de La guerra de las galaxias como no lo había hecho de una historia en muchos años. Aquel placer fue producto, sin embargo, de un entorno muy concreto. Es por ello irrepetible, y casi mejor que sea así, porque la alegría de la Fuerza es inseparable de la Estrella de la Muerte y no se puede tener la una sin su reverso tenebroso, joven padawan.

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