Lo que de verdad importa

“Hoy en día no eres nadie si no tienes un club de fútbol”, dice Monroe Stahr.

El domingo, mientras los militantes de la CUP se aprestaban a decidir el futuro de Cataluña, la prensa dedicaba extensos reportajes a los preparativos del tradicional concierto de Fin de Año. Parece una frivolidad, pero dentro de dos legislaturas nadie se acordará de la CUP y mi tía seguirá sentándose delante del televisor a dar palmas al compás de la Marcha Radetzky junto a una taza de café humeante.

A los seres humanos nos divierten los juegos de la razón (la política, la ciencia, la filosofía), pero lo que de verdad nos fascina es lo que no comprendemos. Por eso apreciamos a quienes nos descifran los pactos poselectorales o los agujeros negros, pero veneramos a Whitney Houston y a Messi. Forman el Olimpo del siglo XXI, y la única delicia comparable a ser uno de ellos es poseerlos.

“Hoy en día no eres nadie si no tienes un club de fútbol”, dice Monroe Stahr. Alguna vez me he referido aquí a este magnate y a su fortuna de origen misterioso. Le encanta sentarse en el jardín de su absurda (por lo grande) residencia de La Moraleja y pasear la mirada alrededor mientras murmujea: “¿Quién se hubiera imaginado que un paleto de Calamocos llegaría alguna vez a vivir en un sitio semejante?”

Monroe se deja caer por el Claridge un par de veces al mes. Pide un gin tonic en copa balón e imparte a los muchachos enseñanzas dispersas sobre el arte de hacerse rico. Lo hace desinteresadamente, incluso invita a una ronda. Es su manera de devolver a la sociedad lo que le ha dado, porque el pago de impuestos le parece nocivo. “No tiene sentido quitarle dinero al que lo gana esforzadamente para repartirlo entre los vagos”.

Últimamente Monroe anda muy entretenido con los apuros del presidente de un equipo de la capital, cuyo nombre omite. (Monroe nunca da nombres: se lo aconsejaron sus abogados a raíz de un incidente con la Interpol). “El problema de F.”, dice, “es que el club no es suyo”. Y añade: “No es más que un cargo electo”, masticando mucho las palabras cargo y electo.

Es verdad que F. ha reformado los estatutos para que sea virtualmente imposible echarlo. También sabe manejar a los medios. “Yo mismo he presenciado cómo le ordenaba a su jefe de comunicación que llamara al director del Globe para que echase a un redactor que le disgustaba”, comenta con sincera admiración.

Pero al final la suerte de F. depende de los resultados. “Un par de derrotas y ya está temblando. El presidente del Chelsea jamás se siente amenazado. Se enfada cuando pierde, pero no se angustia. Cambia al entrenador y punto. Para eso está”. Hace una pausa para exhalar una larga bocanada de apestoso humo. Monroe siempre exhala una larga bocanada antes de introducir una observación que considera sagaz. “El entrenador es como el piloto del avión. Todo el mundo sabe que el avión puede volar solo, pero a la compañía le interesa que haya alguien en la cabina para responsabilizarle en caso de accidente”. Golpea suavemente su cigarro contra el borde de la copa vacía y un cilindro de ceniza oscura y compacta queda aprisionado entre los restos de hielo y limón.

“¿Y le compensa a F. tanto sufrimiento?”, le pregunta Tommy. Nadie sabe muy bien a qué se dedica Tommy; únicamente que se pasa la vida en el Claridge y que nunca se le ha visto rechazar una bebida gratis.

“Por supuesto”, le responde Monroe acomodando la corbata sobre su prominente barriga y sacudiéndose luego una inexistente mota de la solapa de su traje. “Por rico que seas, hay una barrera invisible que jamás traspasarás, muchacho. A la gente bien no le importa asociarse contigo en un negocio, incluso te pueden tolerar en sus saraos, pero no te hagas ilusiones, porque tarde o temprano te darán a entender que no eres uno de los suyos. Quizás sea un comentario fugaz o un gesto imperceptible, como echar a un lado la chaqueta para mostrar una diminuta corona bordada en la pechera de la camisa”.

Monroe entrecierra los ojos con un punto de dolor, como si esa experiencia no le fuera del todo ajena. Es, sin embargo, un instante de debilidad. En seguida recupera su expresión de lobo. “Pero hay algo que es superior a sus fuerzas”, sonríe. “Una semifinal de la Champions. Mientras estés en disposición de ofrecerles eso, te respetarán”.

“Es la ley del mundo”, concluye pomposamente mientras se levanta y empieza a ponerse un elegante abrigo con el cuello de terciopelo negro, como de tesorero del PP. “Nos gusta pensar que vamos a inundar el universo con la luz de nuestro intelecto, pero ni siquiera entendemos las fuerzas que nos gobiernan. Si queréis saber por qué alguien se comporta como lo hace, buscad respuestas en su fondo animal. Las motivaciones más poderosas son las irracionales, las que apelan a nuestra fisiología: el amor, la música, el fútbol”.

Luego, Monroe abandona el Claridge saludando a izquierda y derecha como un torero. Sobre su mesa ha quedado abandonado un ejemplar del Globe y es difícil no deducir de su portada (el Concierto de Año Nuevo, la entrega de los Soccer Awards en Dubai, los esfuerzos patéticos de la CUP para someter Cataluña a la lógica de la lucha de clases) que la razón, con toda su arrogancia, es una esclava de las pasiones.

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