Mi Carrera de las Empresas

“La verdadera victoria es la interior”. Sun Tzu, por lo menos.

Un clásico de la Carrera de las Empresas es el tipo que está en la boca del metro de Nuevos Ministerios hablando por teléfono con el que tenía que traer los dorsales. “¿Dónde estás, tío?” Pausa. “¿Cómo que no encuentras aparcamiento? ¡Te dije que no vinieras en coche, que es imposible aparcar!” Pausa. “¡Pues haber salido antes! ¿A qué hora te acostaste? Seguro que estuviste de farra”.

Ese es otro clásico: los tíos que se toman la prueba como si puntuara para el Mundial de Atletismo. En todos los equipos del trabajo (fulbito, pádel, bolos) hay uno. Reserva el campo, decide las alineaciones, diseña las tácticas y, básicamente, da mucho la brasa. Está invariablemente bebiendo un Aquarius en la máquina del café, mientras lanza miradas reprobatorias a los que se sacan a escondidas un Kit-Kat. “¿Sabes cuántas calorías tiene eso?”

En general, se le hace un caso relativo, aunque esta mañana no le falta razón. Entre las dos pruebas (6.000 y 10.000 metros) nos hemos juntado más de 14.000 corredores y he tenido que dejar el coche en el Santiago Bernabéu, a un kilómetro de la salida. Pero no hay mal que por bien no venga: bajo hasta la plaza de San Juan de la Cruz a trote ligero y así voy calentando.

Más clásicos: el que empieza a poner excusas antes incluso de salir. “Demasiados participantes, no voy a poder bajar de 35 minutos”, comenta afectando preocupación. Lleva mallas biónicas, gafas polarizadas, GPS, pulsómetro, reloj sumergible. A su lado hay dos tipos más bien rollizos. Otro clásico. Van embutidos en unas camisetas varias tallas inferiores a las que debieran, con un lema que dice: “Nasío para correr” y el dorsal flotándoles sobre la panza. Miran al de las mallas biónicas, se miran entre sí y echan unas risitas. Este humor festivo no les dura mucho. A los 500 metros resuellan penosamente y presentan un color rojizo tirando a cárdeno. Las bromas se han acabado. Solo se oye el retumbar de las pisadas sobre el asfalto de la Castellana.

Otro clásico: los que escupen. No son muchos, pero qué asco.

Otro clásico: el que corre empujando la sillita con el bebé. En todas las ediciones me adelanta. Lleva las pantorrillas depiladas y parece que se ha metido dentro dos bolas de petanca. Hoy no lo he visto. Quizás le han prohibido participar, para que no nos machaque la moral a los demás.

Una reflexión final para la gestión de la autoestima. La clasificación oficial dice que he llegado en el puesto 2.828. No suena brillante, lo sé, pero es un dato bruto, que hay que depurar, como la intención directa de voto. En primer lugar, los que han ganado son atletas de élite y no cuentan. A la altura del Bernabéu, cuando tú aún subes hacia la plaza de Castilla, ellos ya enfilan Colón. ¡Y cómo lo enfilan! Van a toda pastilla, como si fuera una prueba de velocidad, no de fondo.

En segundo lugar, los jóvenes tampoco cuentan. Tú compites con los de tu edad.

Tercero. ¿Y todos los que ni siquiera han participado? Son el 98% de la población. ¡Qué dices! El 99,9%.

Total, en tu categoría (ciudadanos que corren sin ser atletas y que ya van teniendo cierta edad) has quedado como poco entre los 10 primeros. Enhorabuena.

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