Bendito consumismo

No hay nada malo en el dinero. El problema es el apego al dinero.

Cuando Alejandro Magno se plantó ante Diógenes y le dijo: “¿Qué quieres de mí?”, el filósofo le contestó: “Que te apartes un poco y no me quites el sol”. La anécdota ilustra lo poco que hace falta para vivir y nos insta desde el fondo de los tiempos a cultivar la sobriedad. Ni siquiera el rey macedonio escapó a su seducción. “De no ser Alejandro”, cuentan que dijo, “habría querido ser Diógenes”.

La idea rebrota cada víspera de Navidad y me ha llegado ahora bajo la forma de este vídeo en el que el escritor José Mújica alerta de que nos hemos inventado “una montaña de consumo superfluo” que compramos “gastando tiempo de vida”, sin darnos cuenta de que este se agota y “es miserable” cambiarlo por libertad.

No está claro qué nos impulsa a ignorar la sabiduría de los cínicos o de Mújica. El economista John Layard cree que al acumular posesiones no buscamos meramente seguridad, sino estatus. Es un instinto jerárquico que compartimos con otros primates, y que nos da literalmente vida. “Quienes ocupan los escaños superiores [de una organización]”, escribe Layard, “viven cuatro años y medio más” que sus subordinados.

El afán de ser más que el prójimo plantea un dilema insoluble. La provisión de bienes materiales puede ampliarse, pero la cantidad de estatus es fija. Solo hay un primero y, si uno triunfa, otro debe fracasar. Por mucho que suban tus ingresos, si los de tu grupo de referencia (vecinos, amigos, cuñados) lo hacen más deprisa, tu satisfacción caerá, aunque objetivamente estés mejor. La renta per cápita de los alemanes del Este se disparó tras la unificación, pero su felicidad se hundió porque pasaron de la aristocracia del bloque soviético al pelotón de los torpes de Occidente.

Esta lucha por el estatus absorbe una energía considerable sin que la sociedad experimente una ganancia neta de felicidad. Layard pone el ejemplo del espectador que salta de su asiento durante un partido y obliga a los que están detrás a levantarse. Al final, el estadio entero acaba de pie y la perspectiva no mejora, pero todos están más incómodos. Del mismo modo, el afán por acompasar nuestro patrimonio al del vecino nos lleva a jornadas de trabajo extenuantes, que nos roban tiempo de la familia y los amigos. ¿No hacemos un negocio miserable, como dice Mújica?

Quizás no tanto.

Arthur Brooks, el presidente del American Enterprise Institute, un think tank conservador, cuenta que durante un viaje a la India tropezó con una especie de monje (suami, técnicamente) llamado Gnanmunidas. Para su sorpresa, lo acogió con un castizo “¡Qué pasa, tío!”. Se había criado en Houston, en el seno de una familia de ingenieros indios, y tras licenciarse por la Universidad de Texas y obtener un MBA, había hecho rápidamente fortuna. “Pero entonces experimentó un despertar”, escribe Brooks. “A los 26 años se preguntó: ¿esto es todo lo que hay? La respuesta lo llevó a la India, donde renunció a todo e ingresó en un seminario hindú”.

“Como economista”, sigue Brooks, “recelaba de lo que pudiera enseñarme este renegado del capitalismo, pero le pregunté de todos modos: ‘Suami, ¿es la prosperidad buena o mala?’ ‘Es buena’, respondió, ‘ha librado del hambre a millones de personas en mi país’. No era lo que esperaba. ‘Pero tú no posees nada’, le apremié, ‘pensé que ibas a decirme que el dinero corrompe’. Se rio de mi ingenuidad. ‘No hay nada malo en el dinero, tío. El problema es el apego al dinero”.

La mayoría de las filosofías condenan a quienes defienden que la única felicidad procede de los objetos materiales, pero eso no significa que haya que prescindir de ellos. ¿Qué pasaría si todos nos encerráramos en una tinaja, como Diógenes? Quizás sea un escenario extremo, pero supongamos que limitamos nuestras compras de vestuario a lo estrictamente indispensable. La facturación de Inditex y El Corte Inglés caería y alguna gente perdería su empleo, lo que reduciría aún más la demanda agregada, forzando otra ronda de despidos… No sufriría exclusivamente el sector privado. La recaudación fiscal también se acabaría resintiendo y, con ella, todos esos servicios (sanidad, educación, transporte) que consideramos una conquista irrenunciable, pero que solo son sostenibles en una sociedad de consumo de masas.

Tendemos a pensar que el dispendio de nuestras economías capitalistas es una lacra de la opulencia, pero es su premisa. No consumimos mucho porque seamos ricos, somos ricos porque consumimos mucho. En lugar de criticar a quienes echan la casa por la ventana en Navidades, deberíamos estarles agradecidos. Los genes de primate que nos impelen a ser más que el prójimo benefician a la especie, al desatar la competencia que ha hecho posible la actual abundancia.

Eso no significa que debamos dejarnos esclavizar por ella. Disfrutemos de las comodidades que nos dispensa, pero sin obsesionarnos. Ni para bien ni para mal. Hay quien alardea de ascetismo como si se tratara de uno de esos artículos de moda que tanto demoniza, pero el gobierno de los sentidos que Alejandro admiraba en Diógenes es en sí mismo valioso. Por eso merece la pena practicarlo.

“No les he contado cómo finalizó mi encuentro con Gnanmunidas”, concluye su artículo Brooks. “Antes de separarnos, compartimos una comida ligera a base de sopa y pan. Le conté que pensaba publicar un artículo con nuestra charla y que iba a hacerlo famoso en América. Consideró la idea unos instantes y respondió: ‘¿Qué te parece la sopa, tío? Pica…”

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s