¿Garantiza el crecimiento el fin del terrorismo?

La respuesta corta es que no. La respuesta larga es que depende del crecimiento y depende del terrorismo.

“Los conflictos y el terrorismo […] nacen de la pobreza y la frustración”, ha asegurado el papa en Kenia. Sin rayar a la altura lírica de José Luis Rodríguez Zapatero, es la misma tesis que el presidente español sostuvo hace unos años ante las Naciones Unidas. “La simiente del mal”, afirmó, “se malogra cuando cae en la roca de la justicia, del bienestar, de la libertad”. Incluso el infausto George W. Bush coincide: “Luchamos contra la pobreza porque la esperanza es una respuesta al terror”.

Atribuir la violencia a la miseria suena de entrada muy lógico, pero ¿qué dicen los hechos? ¿Garantiza el crecimiento el fin del terrorismo?

En los últimos años, numerosos investigadores han explorado esta relación. Un importante grupo comparte grosso modo el punto de vista del papa, Zapatero y Bush, pero la primera objeción que debe superar este planteamiento es que si la miseria fuese la causa de las revoluciones, el mundo ardería por los cuatro costados.

Una explicación es que la insurgencia, como cualquier otra actividad, está limitada por los recursos disponibles. “Los candidatos a terrorista de los países más pobres”, razonan Walter Enders, Gary Hoover y Todd Sandler, “no disponen de medios para llevar a cabo sus ataques”. Hace falta un nivel mínimo de desarrollo para que una subversión se organice debidamente, y por eso las sociedades más pobres no son particularmente turbulentas. Solo con la mejora de las condiciones se facilita el acceso a las armas y, con ellas, la comisión de atentados. El ciclo se cerraría al rebasarse un determinado umbral de bienestar, que haría la insurrección innecesaria.

De acuerdo con esta teoría de las oportunidades económicas, el crecimiento desincentiva a la larga el terrorismo al suministrar a la población desesperada modos pacíficos de ganarse la vida. Pero tampoco falta evidencia que avale la tesis contraria. Alemania, Italia y España experimentaron un avance espectacular entre 1950 y 2004, y eso no las libró de las plagas de la Baader-Meinhof, las Brigadas Rojas o ETA. Y la sanguinaria ofensiva salafista ha coincidido con un auténtico estallido de prosperidad. Como recuerda Juan Ramón Rallo, en los últimos 25 años han escapado de la pobreza 3.300 millones de personas, más que en toda la historia previa a 1990.

Cabe la posibilidad de que el desarrollo que genera la globalización no sea el adecuado. Es lo que sostiene otra teoría, la de la ruptura social. El capitalismo es un juego asimétrico, que produce ganadores y perdedores, y estos son tanto más numerosos cuanto mayor es el progreso. En consecuencia, el crecimiento aumenta la violencia.

El problema de esta tesis es, una vez más, la ausencia de evidencia concluyente. “La experiencia enseña que fuertes diferencias de ingresos […] no siempre conducen a la rebelión”, escribe Rens Willems. No basta con que haya ganadores y perdedores, como sucede en nuestras democracias. Según Gudrun Ostby, debe darse además una discriminación persistente y sistemática contra un colectivo concreto. Esta “desigualdad horizontal”, que afecta a grupos religiosos, étnicos y regionales enteros, reforzaría “la sensación de agravio y la cohesión entre los expoliados” y precipitaría el conflicto.

¿Carece, entonces, el terror de toda vinculación con la economía? Tampoco. Seung-Whan Choi, un politólogo de la Universidad de Illinois, cree que la contradicción observada es consecuencia de que metemos en una única categoría formas de violencia que no tienen nada que ver. No es igual una guerrilla autóctona, que obra movida por las penas de este valle de lágrimas, que una franquicia yihadista, que responde a móviles ultraterrenos. Del mismo modo, conviene distinguir entre las acciones puntuales contra “objetivos militares” y los hombres bomba que intentan causar la máxima devastación.

¿Cómo interacciona el crecimiento con estas diferentes amenazas? Empecemos con el terrorismo autóctono. Aunque sus dirigentes sean disparatados en los fines, son muy racionales en las tácticas. Saben que dependen del apoyo local. Como decía Mao, los revolucionarios deben moverse entre el pueblo como el pez en el agua: si no conectan con algún sector de la sociedad, se asfixian. De ahí que centren la agresión en símbolos de la autoridad, cuyo homicidio sustenta su relato maniqueo de opresores y oprimidos.

Esta violencia local remite, según Choi, ante un tipo específico de crecimiento: el industrial. “En general”, escribe, “una población empleada primordialmente en tareas agrícolas se mantiene pobre”. Por el contrario, la instalación de fábricas proporciona a los desheredados modos pacíficos de subsistencia (lo que reduce la cantera de militantes) y procura al Estado más fondos para defenderse. Si la insurgencia quiere mantenerse activa deberá atentar contra víctimas inocentes, lo que inevitablemente socavará su popularidad.

Pero ¿qué le importa a un integrista suní que Occidente lo aborrezca? El apoyo que busca es el de los elementos radicales de la comunidad de creyentes, para quienes la matanza de infieles es una proeza. Naturalmente, como la mayoría de los estrategas, los comandantes de Al Qaeada preferirían golpear la capacidad militar del adversario, pero si esto no es factible matan civiles. Es lo que postula la teoría de los objetivos duros: a medida que se refuerza la seguridad en las instalaciones oficiales, decae el terrorismo convencional y aumenta el suicida. Los Gobiernos de Estados Unidos, España y Francia han sido muy diligentes en la protección de sus dependencias diplomáticas, políticas y militares, pero justamente por ello están más expuestos a horrores como el 11S, el 11M o el 13N.

“No son hallazgos optimistas”, admite Choi, “porque revelan que una economía de mercado bien engrasada y que disfruta de un crecimiento vigoroso no es un remedio infalible contra la amenaza terrorista”; incluso “en algunos casos podría alimentarla”.

Eso no significa, por supuesto, que podamos desentendernos de las ignominias del planeta. El papa, Zapatero y Bush tienen razón cuando insisten en que debemos atajarlas, pero relacionarlas con las masacres de Madrid, París o Nueva York es injusto y peligroso. Injusto porque Occidente no es el culpable de la postración musulmana. Y peligroso porque, como escriben Alan Krueger y Jitka Malechkova, “podría inducir a algunos elementos a involucrarse en operaciones terroristas para aumentar la posibilidad de recibir ayudas”.

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