Enemigos ardientes

Cómo las tertulias contribuyen al progreso de la civilización occidental.

A menudo oigo a la gente quejarse de que los tertulianos de la radio somos unos impresentables. En un documental francés nos llamaban “expertos”, pero con mucho retintín, y daban a entender que nos equivocábamos siempre. Esto no es verdad, y ahí radica el problema. Si nos equivocáramos siempre, bastaría con hacer lo contrario de lo que decimos. Pero a veces acertamos.

En nuestro descargo diré que no lo hacemos a propósito. Nos fuerza la dinámica de roles. Me explicaré.

Habrán observado que los tertulianos discutimos mucho, hay incluso quien sospecha que está todo organizado. Recuerdo que mi entrañable Mariano Guindal y el diputado popular Vicente Martínez-Pujalte tenían unas agarradas tremendas delante de las cámaras, pero luego se tomaban una cerveza tan contentos. Las agarradas eran tan tremendas y se tomaban la cerveza tan contentos, que un espectador que los sorprendió charlando alegremente en un bar se les quedó mirando con los ojos como platos y les espetó indignado: “O sea, que ¡es todo mentira!”

Pero no lo era. Se apreciaban de verdad. Discutían acaloradamente porque cada uno había asumido un rol. En su caso concreto, Guindal ejercía de rojo y Martínez Pujalte de facha, pero el reparto de papeles no tiene por qué verificarse a lo largo del eje ideológico. Puede ser funcional. Yo intervine durante una temporada en una tertulia generalista y ahí era “el que sabía de economía”. Cada vez que salía el paro o la balanza comercial, el presentador me daba paso como “nuestro experto” (sin retintín) y yo pontificaba sobre lo bueno o lo malo que era el dato.

Luego me ficharon en Intereconomía y allí no tardé en darme cuenta de que ese hueco ya estaba cogido. La directora de El balance, Pilar García de la Granja, nos sentaba en semicírculo y el primero en tomar la palabra era el catedrático Juan Iranzo. Pilar le preguntaba, por ejemplo: “¿Qué te ha parecido el IPC, Juan?”, y Juan procedía a desmenuzarlo minuciosa y delicadamente. Lo limpiaba como si fuera un rodaballo y nos pasaba luego las raspas.

El siguiente en hablar era yo y la primera vez no supe qué decir. Me limité a balbucir unos elogios, pero no te llevan a la televisión para balbucir elogios. Comprendí que tenía que buscarme otro nicho y me especialicé en los comentarios jocosos. Cada semana preparaba algún chiste (algo que les aseguro que no es fácil cuando se trata de macroeconomía), y así logré ir sobreviviendo.

Esta asignación de roles no es un invento de la industria del espectáculo. Se remonta probablemente a cuando nos dedicábamos a masticar raíces en el valle del Rift. Era un modo de indicar al grupo: “Oye, que yo cumplo un cometido, no me abandonéis en la sabana con los leones”. Pero hoy en día se manifiesta en entornos para los que no ha sido diseñada, como las juntas de vecinos. Usted hace una propuesta perfectamente sensata para pintar la escalera de blanco marfil y el del Primero D se considera obligado a matizarla. Seguramente ni él mismo sabe por qué ha saltado. Es un acto reflejo y, si en ese momento le escanearan el cerebro, se apreciaría que la región activada no es el hemisferio derecho, donde se localizan las habilidades visuoespaciales y artísticas, sino la amígdala, que regula las respuestas defensivas. No está comparando colores. Siente su estatus amenazado y está pensando: “Se cree muy listo con su blanco marfil”.

Esta reacción es positiva para la especie, porque rara vez lo primero que se nos ocurre es lo acertado. Además, no hay mirada más rigurosa que la impulsada por el rencor. Como explica Plutarco, el amor es ciego, mientras que el odio es penetrante. A nuestros adversarios no se les escapa ningún detalle desfavorable. Están constantemente al acecho, examinando nuestros puntos débiles, obligándonos (muy a nuestro pesar) a llevar una existencia intachable. Ninguna civilización puede sobrevivir sin esta generosa dosis de insana envidia. “Los que quieren salvarse”, decía Antístenes, un discípulo de Sócrates, “necesitan amigos auténticos o enemigos ardientes”.

La misma dinámica implacable de los roles gobierna las tertulias. El afán de emulación hace que los participantes se refuten y contraríen y acaben espontáneamente distribuidos a lo largo de todo el espectro posible de opiniones, por disparatadas que puedan resultar (incluso para el propio experto que las sostiene). Eso garantiza que alguno acierte.

Lo difícil es averiguar quién.

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