Por qué nos matan

El propósito último de un terrorista no es el asesinato, sino el espectáculo. Es una forma salvaje de marketing.

Los 10 yihadistas detenidos en Cataluña el pasado mes de abril planeaban secuestrar a un policía, ponerle un mono naranja y degollarlo delante de una cámara para divulgar luego la grabación. El propósito último de un terrorista no es el asesinato, sino el espectáculo. “Si no hubiera medios de comunicación de masas no se producirían estas acciones destinadas a ser noticia”, dice el semiólogo Umberto Eco. Difundir por internet imágenes de cuerpos mutilados es, desde luego, un modo efectivo de inspirar miedo, pero lo cierto es que rara vez llegan al público general. Sus destinatarios últimos son otros. Los mismos que compraban vídeos de decapitaciones en los bazares de Bagdad durante la guerra de Irak. Los mismos que hoy celebran las masacres de París. Los cachorros de la yihad.

El politólogo Gilles Kepel cuenta en Fitna que la comunidad musulmana lleva décadas sumida en una guerra civil. En un bando se encuentran los regímenes surgidos de la descolonización; en el otro, los devotos partidarios de restaurar el califato. Es una batalla aparentemente desigual. La ventaja material de los primeros es abrumadora. Disponen del Estado y toda su maquinaria: impuestos, leyes, jueces, policías… Pero los segundos cuentan con el arma más poderosa: su convicción religiosa.

Este enfrentamiento entre autócratas decadentes y predicadores exaltados es un fenómeno recurrente en el mundo árabe. En los casi ocho siglos que controlaron la península Ibérica, se vivieron dos grandes episodios: la invasión de los almorávides y la de los almohades. Ibn Jaldún, un historiador tunecino, teorizó a finales del siglo XIV que el auge y ocaso de las civilizaciones estaba gobernado por este conflicto central entre la ciudad y el desierto. En sus arenas, decía, se incubaban periódicamente corrientes que postulaban el regreso a los valores tradicionales. Sus promotores iban ganando adeptos hasta que asaltaban la capital y derrocaban a los dirigentes corruptos. Luego, la molicie de la vida urbana seducía a los nuevos líderes y preparaba así el terreno para el siguiente cambio de ciclo.

Esta interpretación de la historia puede parecer ingenua, pero los que se la creen a pies juntillas son los padres de la yihad contemporánea. Tanto Sayed Kutb como Osama Bin Laden o Abú Bakr al-Bagdadí comparten la necesidad imperiosa de purgar su sociedad de la impía influencia occidental. Ese es el origen de la fitna o división que sacude al Islam.

Durante décadas, esta lucha tuvo un carácter doméstico. Los musulmanes se mataban entre sí, y todavía “en los 90”, dice Kepel, “los yihadistas […] practicaban la guerra de guerrillas que los había conducido al triunfo en Afganistán. Pero tras los fracasos sucesivos de las campañas de Argelia, Egipto y Bosnia, Aymán al-Zawahiri [el entonces número dos de Al Qaeda] se volvió hacia los acciones de martirio, o sea, el terrorismo”.

El blanco de los atentados no podía ser, sin embargo, el “enemigo cercano”, cuya cruel matanza estaba hundiendo al integrismo en el descrédito. Para recuperar el apoyo de las masas, tenían que ampliar el teatro de operaciones al “enemigo lejano”: Estados Unidos y sus aliados, a quienes muchos árabes (religiosos y laicos) culpan de su infortunio. Dicen que a los occidentales nos preocupa que vuelvan a reunirse bajo el califato y que hemos urdido una estrategia que combina la coerción militar, el soborno de las élites y la difusión del hedonismo para devolverlos a la época de ignorancia y desunión previa al Profeta, cuando solo eran un hatajo irreconciliable de tribus.

Este relato no es exclusivo de Al Qaeda, pero sus caudillos han sabido cultivarlo con esmero para articular un discurso del odio capaz de justificar las peores atrocidades. Su propaganda ha ido moldeando las mentes y endureciendo los corazones y el 11 de septiembre, mientras veían desplomarse las Torres Gemelas, miles de árabes pudieron desentenderse de la tragedia humana e interpretar el ataque como un merecido castigo a la arrogancia americana.

La previsión de Al-Zawahiri se cumplió con creces. La yihad recobró su aura romántica y la afluencia a las mezquitas se disparó. Como le comentaba un Bin Laden exultante a una visita en su refugio paquistaní, “en Holanda el número de personas que se han convertido al islam en los dos días siguientes a las operaciones ha sido mayor que en los últimos 11 años”.

La carnicería perpetrada el viernes en París y, sobre todo, la presteza con que el Dáesh ha asumido la autoría revelan que este marketing salvaje continúa atrayendo cachorros a sus filas. Mientras la fitna persista y Oriente Próximo no se estabilice, tendremos que habituarnos a convivir con su amenaza.

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Una respuesta a “Por qué nos matan

  1. El marketing que se marcan los grupos terroristas con sus actuaciones tiene una caducidad muy corta. Y es que nuestra memoria es muy corta. Como se dice: memoria de pez.
    Además funciona un poco como con las gacelas en la sabana. No se alarman si ven al león en posición de “paseo’. Quiero decir si no muestra actitud de estar cazando.
    Así, un tema importante, dura pocos días en primera página. Casi se puede decir que nos aburre, nos acostumbrarnos pronto a todo lo bueno y lo malo. Así pasó, recientemente, con el tema catalán, el tema de los yihadistas, y casi cualquier tema que de nos ocurra.
    Y es que no podemos renunciar a nuestro pasado, parte del cual lo pasamos en la sabana. Hemos sido presa y predador, y de ambos noss queda algo.

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