El buen trabajo de Amancio Ortega

Los marxistas siempre han sostenido que uno se hacía millonario a base de empeorar el mundo, pero es justo al revés.

A cierta izquierda no le ha sentado nada bien que Amancio Ortega se convirtiera efímeramente en la primera fortuna del planeta. Las redes sociales echaban humo el día que se hizo el anuncio. “Ese capitalista […] se ha hecho más rico a costa de la vida de los trabajadores”, comentaba un tuitero. “Solo existe una forma de hacerse millonario”, pontificaban en Facebook, y enumeraban: pagando “salarios miserables”, “maltratando al personal”, “sangrándolo”… “Siempre es así, de verdad”, enfatizaba un internauta: “dime cuánto tienes y te diré a cuántos has dejado sin comer”. “El éxito de uno es la desgracia de miles”, sentenciaba otro.

El capitalismo es, de acuerdo con esta visión, una jungla salvaje que personajes como Ortega hacen cada día más inhóspita. Pero, ¿de verdad está arruinando Inditex la vida de la gente? ¿Cómo estaban antes esos desgraciados que presuntamente explota? La mayoría estarían parados y unos pocos, desempeñando alguna otra actividad. Los primeros difícilmente habrán empeorado y los segundos hay que suponer que no son del todo idiotas y, si dejaron su empleo anterior, será porque les convenía.

“Ya”, me replicarán, “pero ¿qué me dice de esos operarios asiáticos que cosen los modelitos de Zara? Ortega es un desalmado que ha levantado un imperio deslocalizando producción a lugares donde las leyes son permisivas, no existen derechos laborales y se pagan sueldos de hambre”.

La respuesta a esta objeción la dio hace décadas en la revista Slate un Nobel de Economía, y no me refiero a Milton Friedman o Gary Becker. Hablo de Paul Krugman. El artículo se llamaba “Elogio del trabajo barato” y en él defendía que, “aunque los peces gordos se aprovechan de la globalización, sus mayores beneficiarios son los habitantes del Tercer Mundo”.

La miseria asiática, decía Krugman, no es un invento de las multinacionales. Ya estaba allí antes de que ellas llegaran. Países como Bangladés o Indonesia tenían una industria pequeña y atrasada. Su principal exportación eran los productos agrícolas y la presión demográfica había forzado “a los desesperados campesinos a cultivar parcelas de tierra cada vez más marginales”.

Dado este panorama, Yakarta y Manila estaban atestadas de mujeres y hombres dispuestos a trabajar a cambio de lo que fuera, pero nadie los explotaba, porque para hacerse rico no basta con ser un desalmado, pagar salarios miserables y sangrar al personal. El capital busca siempre la máxima productividad y difícilmente podía brindársela la mano de obra semianalfabeta de un archipiélago remoto, que carecía de carreteras, seguridad jurídica y estabilidad política. Por baratos que fueran sus servicios, no podían compensar las enormes ventajas que presentaban Norteamérica y Europa en materia de tecnología, educación, infraestructuras, instituciones o proximidad al cliente.

“Entonces”, dice Krugman, “algo cambió”. La construcción de enormes puertos para contenedores a lo largo de las costas del Pacífico y el Índico (concebida para apoyar el despliegue militar en Corea y Vietnam) hundió el coste del transporte. Asia ya no quedaba tan lejos. Además, las reformas promercado acometidas en Corea del Sur, Taiwan, China e India proporcionaron más garantías a los inversores. Luego, la creación de la Organización Mundial del Comercio impulsó un desarme arancelario, el progreso de las comunicaciones redujo a un clic la transferencia de capitales, la liberalización aérea abarató los vuelos… Esta combinación de factores neutralizó los inconvenientes de fabricar en los países pobres y contribuyó a que muchos de ellos pasaran de vender yute o café a coser camisetas y zapatillas.

Naturalmente, en esos talleres no se cobraba mucho y las condiciones eran duras, pero allí donde se establecieron “se ha verificado un progreso apreciable del bienestar”. La razón es que los patronos deben ofrecer remuneraciones atractivas para captar candidatos y, una vez que arrojas al estanque esa piedra, sus efectos se transmiten como una onda por todo el sistema. En el campo, el éxodo alivia la presión sobre la tierra cultivable y permite que los jornales suban y, en la ciudad, la competencia entre las firmas por quedarse con los trabajadores más capaces obliga a las primeras a pagar más e incentiva a los segundos a invertir en formación.

Esto no es una hipótesis. Branko Milanovic, otro economista nada sospechoso de neoliberal, calcula que en las tres últimas décadas 200 millones de chinos, 90 millones de indios y cerca de 90 millones de indonesios, brasileños y egipcios han experimentado un aumento de sus ingresos de entre el 70% y el 80%.

Inditex no es, de todos modos, la multinacional que más deslocaliza. A Ortega le obsesiona la velocidad de respuesta. Ahí radica su revolución. Las cadenas tradicionales preparan sus colecciones con meses de antelación. En otoño deciden qué modelos se llevarán en verano y encargan su elaboración donde les indica el departamento financiero. Una cazadora, por ejemplo, pasa por media docena de lugares antes de acabar en una boutique. La tela procede de Corea, el relleno de China, el forro de Taiwan, las cremalleras de Japón y las gomas y la etiqueta de Hong Kong. Se tiñe en Corea, se ensambla en China, se embala en Hong Kong y finalmente se despacha a una red de franquicias que probablemente también subcontrate el marketing y la publicidad.

Esta logística responde a la fuerza imperiosa del control de costes, pero impide adaptarse a los cambios de humor de la calle. Ortega empezó haciendo encargos para terceros y en seguida observó que la ropa que le pedían no era la que él luego veía puesta a la gente. Comprendió que ahí había una oportunidad: una tienda que escuchara al consumidor. Para ello debía ir a contracorriente. En un sector en el que la fabricación se desintegraba y alejaba, él empezó a integrar y acercar. Salía todo más caro, pero también estaba más a mano cuando hacía falta. Covadonga O’Shea recuerda que en septiembre de 2001 los creadores habían llenado Manhattan de propuestas “con un aire renovado de mucho color”, cuya venta truncó el atentado de las Torres Gemelas. Fue una temporada ruinosa para todas las grandes marcas, salvo Zara, que antes de Navidad exhibía en sus escaparates “tonos sombríos, adecuados a la tragedia que se vivía”.

¿A quién ha perjudicado Ortega (aparte de a sus competidores)? Ha enriquecido a sus accionistas y directivos, sus empleados no están peor y los clientes disponen de una moda más próxima. ¿Dónde está el problema? Los marxistas siempre han sostenido que uno se hacía millonario a base de empeorar el mundo, de arrebatarle algo, pero el éxito de uno no tiene por qué suponer la desgracia de miles. La fortuna de Ortega (como la de Gates, como la de Jobs) es, de hecho, consecuencia de que ofrece al mundo algo que antes no tenía y que lo hace mejor.

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2 Respuestas a “El buen trabajo de Amancio Ortega

  1. Acertado como siempre , estimado Miguel . Pero por desgracia , la objetividad y el sentido común no son frecuentes en una sociedad que se aleja de ellos . La envidia , el único pecado capital que no reporta placer alguno al que la sufre , al parecer es el único sentido que mueve a las mentes limitadas , pretenden que la igualdad entre las personas ha de ser en la miseria , no en una sociedad que estimule el esfuerzo , la cultura y la iniciativa .
    Saludos .

  2. Completamente de acuerdo. Muchas gracias.

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