Los cuñados, ¿son de alguna utilidad?

¿Por qué las crisis son más frecuentes e intensas en el sur que en el norte de Europa? Mi teoría es que la culpa es de la familia política.

Nos gusta hacer lecturas morales de la economía. La crisis, se oye a menudo, escindió Europa en dos: un sur católico y pecador, y un norte luterano y virtuoso. Italia, España y sobre todo Grecia pagaron las consecuencias de su naturaleza derrochadora e indolente, mientras Alemania surcaba la tormenta sin despeinarse gracias a su probidad.

Hoy sabemos que no es así. Los alemanes han podido tener una recesión más suave, pero no por su superior catadura. El caso de Volkswagen revela que también ellos hacen trampas cuando nadie los mira.

El desmoronamiento del relato moral ha dejado a muchos analistas perplejos. Si al otro lado del Rin son igual de fulleros, ¿por qué nuestras crisis son más frecuentes e intensas? Mi teoría es que la culpa es de la familia política.

La familia en general nunca ha suscitado la simpatía de los economistas. Está ampliamente documentado que el nepotismo es contrario a los principios de capacidad y mérito que deben informar la designación de los cargos públicos y privados, restando eficacia a las organizaciones. Rafael Azcona expuso asimismo otros inconvenientes menos tratados por la literatura académica en su artículo “¿Son de alguna utilidad los cuñados?” (La Codorniz, 1957). Su conclusión era claramente negativa: los consideraba un lujo de la civilización. “Creo sinceramente”, opinaba, “que los cuñados estorban”. Y argumentaba: “Un señor contrae matrimonio con una señorita. Esta tiene unos hermanos. Como consecuencia, el señor, además de tener esposa, tiene cuñados. Si se los encuentra por la calle, ha de detenerse a saludarlos, interesarse por sus problemas, animarlos en las amarguras y congratularse en sus alegrías. Esto representa únicamente un gasto de tiempo, sin que se derive de tal pérdida ninguna ventaja”.

Su sugerencia era que el servicio militar se nutriera exclusivamente de cuñados, lo que los mantendría recluidos en los cuarteles en tiempos de paz y, en caso de guerra, “podían desaparecer todos”. Se trata de un remedio radical, que no obstante parece haberse puesto en práctica de forma aislada. Hace poco me llegaba por WhatsApp el siguiente titular de prensa: “El yihadista de Madrid envió a cinco cuñados a Siria”. Debajo, mi remitente había añadido: “No sabía nada el yihadista”.

Pero me estoy desviando. Mi propósito no es práctico, sino especulativo. Solo pretendo subrayar la disfunción que introduce en una economía el trasiego constante de parientes. Aparte del gasto de tiempo que denuncia Azcona, distorsiona la asignación de recursos. ¿A cuántos de ustedes no les han propuesto una inversión millonaria en un bautizo? El primo de tu mujer se te planta delante, con las piernas abiertas como un compás, las manos en los bolsillos y la cabeza ladeada, y te dice: “¿Tú tienes idea de lo que vale un sello?” O: “Estoy metido en un negocio de lombrices que es la caña”. O: “Se llaman preferentes, tío. ¿Cómo vas a perder?”

Y así una celebración tras otra: bodas, bautizos y comuniones, cenas de fin de año y navidad, santos y cumpleaños. El calendario mediterráneo de ferias y festejos es una yincana interminable y es difícil cuantificar el impacto agregado de millones de parientes planteándose mutuamente inversiones descabelladas, pero basta repasar el historial reciente de burbujas y escándalos financieros para comprobar que no estamos ante un asunto menor.

La familia política nos cuesta tiempo y dinero. ¿Cuál es su lógica económica? ¿Qué sentido evolutivo tiene? ¿Por qué la mantenemos? La única justificación que se me ocurre es lo que nos hace disfrutar. En el fondo, nos encantan nuestros cuñados. Yo se lo digo todo el rato a mi mujer.

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