El origen de la pobreza de Cuba

La Casa Blanca va a aparcar su política de hostigamiento contra los Castro. ¿Respirará al fin la isla? En realidad, la falta de oxígeno no era consecuencia del embargo.

Tiene razón Barack Obama cuando asegura que la estrategia de aislamiento ha tenido un efecto “prácticamente nulo”: Cuba “sigue gobernada por los hermanos Castro […], igual que en 1961”.

Pero resulta más dudoso que la normalización de relaciones vaya a abrir “una nueva era”. Y es una absoluta falsedad que la postración del régimen se deba al “bloqueo económico y financiero” dirigido desde Washington, como denuncia Raúl Castro. Nunca hubo ningún bloqueo. Más de 140 países han comerciado con la isla y, a pesar de todas las limitaciones que deben sortear los estadounidenses, suyas son la mayor parte de las remesas que suponen la principal fuente de ingresos de Cuba.

El exministro socialista Carlos Solchaga escribía hace unos años en Actualidad Económica que, “aunque el embargo hubiera sido mucho más leve o incluso no hubiese existido, la planificación central y la orientación de la economía cubana dentro del bloque socialista hubieran acabado representando los mismos problemas para el desarrollo”.

“El embargo ha sido solo un estorbo”, me ratificó también Fernando Eguidazu, director general de Relaciones Económicas Internacionales del Ministerio de Asuntos Exteriores. Solchaga, Eguidazu y el economista José Juan Ruiz trabajaron a mediados de los 90 en un programa de asesoramiento al Gobierno cubano. Era algo informal. Solchaga acababa de cesar como ministro y Felipe González le ofreció a La Habana la posibilidad de que le echara una mano. Castro accedió y se celebraron varios encuentros. En la fase de diagnóstico hubo una gran coincidencia y las primeras propuestas se aceptaron con muy buen ánimo. Pero el entusiasmo inicial fue poco a poco decayendo. “Cuanto más veían lo que pasaba, menos les gustaba”, recordaría Eguidazu.

Las visitas se espaciaron, el talante de los interlocutores se enfrió y, a finales de 1997, el asesoramiento se había extinguido. La situación de la isla no era ya tan desesperada. Tras la feroz crisis que provocó el hundimiento del bloque soviético, el PIB había empezado a recuperarse. Castro llegó a la conclusión de que podía muy bien prescindir de esos incómodos asesores españoles, que no hacían más que hablar de libertad, y reanudar en solitario su titánica lucha contra la lógica económica.

El punto de partida

A menudo se defiende a Castro alegando que Cuba no padece ni la miseria ni las desigualdades de otros países de la región, pero se trata de un argumento muy pobre, porque los referentes de Cuba nunca fueron Haití o Guatemala, sino Argentina y Francia. En vísperas de la Revolución, la isla se situaba “entre los primeros dos o tres lugares en términos de desarrollo económico y social”, escribe Carmelo Mesa-Lago en Breve historia económica de la Cuba socialista. A ningún político argentino se le ocurriría hoy justificar la situación de su país diciendo que peor están en Paraguay. Con Cuba, sin embargo, se hace sistemáticamente.

Esto no significa que a finales de los años 50 no hubiera problemas en la isla. La dependencia del azúcar era grande y las fluctuaciones de su precio, frente a las que La Habana no podía hacer nada, generaban inestabilidad. El sector estaba además estancado, lo que había provocado un aumento del paro que la expansión del comercio, la industria y la construcción había sido incapaz de absorber.

El movimiento sindical era vigoroso y había logrado que la participación de los salarios en la renta nacional fuera del 65%, la más alta de la región, pero persistían enormes desigualdades. En La Habana miles de inmigrantes rurales se hacinaban en chabolas y malvivían como mendigos, empleados domésticos o vendedores ambulantes.

Según los sectores críticos, la economía cubana había ido deslizándose hacia una subordinación absoluta de Estados Unidos, a quien le convenía perpetuar su vinculación a la industria azucarera y obstruir su industrialización. Otros opinaban, por el contrario, que las pequeñas dimensiones de la isla y su proximidad a la primera potencia mundial hacían inevitable la integración, y que las inversiones y las transferencias de tecnología yanquis, lejos de perjudicarla, le habían proporcionado un nivel de desarrollo relativo considerable.

El debate se zanjó en la Nochevieja de 1958, cuando Fulgencio Batista abandonó precipitadamente La Habana y dejó el país en manos de los barbudos de Sierra Maestra.

Los primeros pasos

La Revolución carecía entonces de ideología explícita. Castro y sus compañeros eran abogados y no tenían conocimientos económicos, pero abrigaban una honda desconfianza hacia los técnicos y los burócratas. Habían visto lo que poco que daba de sí el ejército profesional de Batista ante la embestida de un puñado de jóvenes decididos y pensaban aplicar al desarrollo cubano ese mismo voluntarismo. Destituyeron a los pocos economistas que aún ocupaban cargos gubernamentales y pusieron en su lugar a revolucionarios entusiastas. Ernesto Che Guevara, un médico, fue sucesivamente director del Instituto Nacional de Reforma Agraria, gobernador del Banco Nacional y ministro de Industria.

El análisis de los barbudos coincidía en grandes líneas con el de los sectores críticos: los males cubanos se debían a la dependencia del azúcar y de Estados Unidos. Su estrategia inicial de desarrollo se apoyó en dos ejes: por un lado, la diversificación de la agricultura y de los destinos de exportación y, por otro, una rápida industrialización.

En lo que se refiere a la dependencia de Estados Unidos, el éxito fue total. A mediados de los años 60, China y el bloque soviético habían pasado a comprarle todo el azúcar.

Con la diversificación de la agricultura no les fue tan bien. La colectivización redujo la producción per cápita de alimentos, que en 1963 había caído 38 puntos por debajo de los niveles de 1961. Pero el peor fracaso se dio en el frente industrial. La mayoría de las fábricas cubanas eran estadounidenses y el giro prosoviético las dejó sin piezas de recambio ni técnicos. La Revolución se vio obligada a reconvertir todo su parque industrial. En lugar de ponerse a la cabeza de la producción manufacturera del continente, la isla se encontró metida en una recesión.

Salto al comunismo

En 1964 Castro anunció que el azúcar volvía a ser el motor del desarrollo, pero de forma provisional, solo para financiar la industrialización, pagar las deudas y mejorar las condiciones de vida. El rumbo definitivo de la Revolución aún debía dilucidarse.

La cúpula estaba dividida. Por una parte, los guevaristas defendían la supresión total del mercado, la erradicación gradual del dinero y la reducción de los incentivos materiales. El Che creía que no había que esperar a que la transformación de las relaciones de producción alumbrara a ese hombre nuevo que, contrariamente al homo oeconomicus capitalista, no estaría movido por la codicia, sino por el patriotismo y la solidaridad. La Revolución podía, a base de educación, desarrollar a ese ser igualitario y frugal para que, a su vez, cambiase el aparato productivo y permitiera a Cuba ahorrarse la fase socialista y saltar directamente del capitalismo al comunismo.

Por su parte, los libermanistas (del economista ruso E. G. Liberman) pretendían aplicar las políticas más pragmáticas que estaban teniendo tanto éxito en la URSS de Nikita Krushov. Apoyaban la planificación central, pero con elementos de mercado.

Durante tres años, Castro se abstuvo de participar abiertamente en la polémica. Luego, en el verano de 1966, anunció las nuevas directrices. Consistían básicamente en la adopción del modelo guevarista.

Las nacionalizaciones se reanudaron con brío. En marzo de 1968, la Ofensiva Revolucionaria confiscó más de 58.000 pequeños negocios (restaurantes, bares, tiendas de comestibles, puestos callejeros…) y los puso en manos de amas de casa que eran miembros del Comité de Defensa de la Revolución.

Simultáneamente, se lanzó un ambicioso programa de inversión agrícola. Sin efectuar ningún estudio técnico previo, Castro fijó en 10 millones de toneladas la producción de azúcar para 1970. Aquel objetivo colosal se convirtió en una prueba de fuego, pero todo pareció confabularse en su contra: faltaban cortadores de caña profesionales, las cosechadoras soviéticas eran demasiado pesadas y se averiaban con facilidad, no había carreteras y ferrocarriles…

Las medidas de concienciación guevaristas se revelaron, además, bastante menos eficaces que los estímulos materiales. Los cubanos preferían quedarse en casa porque, aún sin trabajar, podían seguir comprando los escasos artículos disponibles. Dado que el Estado les proporcionaba de forma gratuita el resto de los servicios (educación, sanidad, pensiones, vivienda…), el dinero se había hecho virtualmente innecesario antes incluso de lo que el Che había imaginado. El absentismo se disparó, la productividad se hundió y hubo que promulgar duras medidas contra la vagancia.

Finalmente, la eliminación de los estímulos del mercado hizo que las fábricas cubanas produjeran artículos que nadie demandaba, con el consiguiente derroche de capital, mano de obra y almacenaje.

En 1970 Castro realizó un sombrío balance. Aunque se habían registrado logros innegables, como la erradicación del analfabetismo y la universalización de la seguridad social, el estancamiento ponía en peligro su consolidación. El guevarismo no había traído el hombre nuevo, sino el viejo caos, y los dirigentes se vieron forzados a buscar otro modelo de desarrollo.

Las posibilidades no eran muchas. Las relaciones con Estados Unidos y Europa estaban rotas, y tampoco cabía esperar grandes cosas de China. Solo la Unión Soviética parecía dispuesta a prestar ayuda y La Habana se arrojó en sus brazos.

Futuro inmediato

Los años que van de 1970 a 1986 son probablemente los más brillantes de la Revolución. Mientras el resto de Latinoamérica sufría los efectos demoledores de la crisis de la deuda, Cuba disfrutó de un crecimiento sostenido. La oferta de artículos mejoró y se lograron impresionantes realizaciones en educación, sanidad y vivienda.

El problema es que este paraíso socialista era un poblado Potemkin que se mantenía en pie gracias a la ayuda soviética. La llegada de Mijail Gorbachov acabó abruptamente con la ficción. En 1991 Moscú anunció que la ayuda cesaría en un “futuro inmediato” y que, en lo sucesivo, la relación se limitaría a “un comercio mutuamente provechoso”.

El futuro fue efectivamente inmediato. A comienzos de 1992 había cesado toda transferencia. La isla entró en una brutal recesión. Entre 1989 y 1993 el PIB se contrajo cerca del 40%. Por todas partes florecieron mercados negros en los que se especulaba ferozmente con bienes de primera necesidad y la gente dejó de acudir a las fábricas. Después de todo, ¿para qué ir a trabajar cuando mediante una sola transacción en la economía informal podía ganarse mucho más? Además, el peso ya no tenía valor, ni dentro ni fuera de la isla. El Estado emitía billetes con los que no se podía pagar nada. Este “exceso de circulante” era fruto de la respuesta inicial de las autoridades a la crisis, inspirada, como cuenta Solchaga, por “consideraciones de solidaridad, pero con escaso sentido práctico”. Aunque las fábricas se habían paralizado o incluso cerrado, se decidió que los trabajadores seguirían cobrando.

Los primeros brotes inflacionistas dejaron claro que ese no era el camino. Había que cerrar las empresas públicas ineficientes, pero Castro no podía limitarse sin más a poner a la gente en la calle. Debía permitir el surgimiento de un sector privado en el que los ciudadanos pudieran emplearse.

La Habana se enfrentaba a un terrible dilema: o liquidaba la Revolución para consolidar las conquistas sociales o la Revolución liquidaba las conquistas sociales. Optó por un término medio. Durante la primera mitad de los años 90, se autorizaron reformas impensables una década atrás. Las empresas públicas despidieron a decenas de miles de empleados y el Estado dejó de financiar ilimitadamente sus pasivos. También se liberalizó el ejercicio de una serie de profesiones y se promulgó una ley de inversión que permitió el despegue del turismo.

El resultado fue espectacular. En la Nochebuena de 1996, el ministro de Economía anunció a la Asamblea Nacional que el PIB cubano crecería ese año el 7,8%. Se hablaba incluso de un milagro económico similar al milagro neoliberal chileno.

Pero, como dice Fernando Eguidazu, “la libertad no es fragmentable”. El propio Solchaga había anticipado en 1994 que las reformas debían desembocar en una transición a la democracia, porque “los procesos de liberación económica siempre traen consigo mayores cotas de libertad política”.

Esto se hizo evidente desde fecha tan temprana como 1994 y, en noviembre del año siguiente, cuando Solchaga realizó su último viaje de asesoramiento a la isla, Castro ya había paralizado las reformas.

Vértigo de la libertad

Los Castro tomaron el poder para acabar con la dependencia del azúcar y de Estados Unidos y dejar de ser un destino vacacional. Ellos hablan siempre de “la Revolución”, como si hubiera habido una trayectoria única, clara y distinta, pero ha sido más bien un proceso zigzagueante, lleno de saltos adelante y autocríticas. La liquidación del capitalismo dio paso en 1961 a la planificación estalinista. Luego vendrían el experimento guevarista, el modelo soviético, la Rectificación, el Periodo Especial… Y después de todas estas idas y venidas, ¿cuáles son las principales partidas de ingreso de la isla? El turismo, las remesas de Estados Unidos y el azúcar. Podría alegarse que entre medias se ha construido un potente Estado del bienestar, pero sus prestaciones no son muy brillantes.

El único éxito indiscutible de Cuba ha sido la (incomprensible) buena reputación que ha logrado labrarse entre la izquierda planetaria. Su potente marca le ha permitido atraerse a generosos patrocinadores, como la Unión Soviética, primero, y Venezuela, después, que han financiado de buena gana todos sus disparatados experimentos.

Pero se trata de un modelo insostenible. Igual que le pasó a Moscú en los años 90, Caracas tiene hoy problemas para alimentar el tren de vida de su mantenida.

Eso explica la disposición de Raúl Castro a aceptar un acercamiento a Estados Unidos. Quizás se anime también a introducir alguna reformita, pero, como su hermano, no tardará en experimentar el vértigo de la libertad y la “nueva era” se habrá acabado.

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2 Respuestas a “El origen de la pobreza de Cuba

  1. Espectacular y creo que bastante objetivo y documentado análisis. Enhorabuena!

  2. Y, por qué Cuba no toma como modelo el caso de China, comunismo férreo en lo social y político, y capitalismo en lo económico?? O no es así? Un saludo, Miguel.

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