Libertad y redes sociales

En una democracia, el debate precede siempre a la votación, pero es típico de los populismos invertir los términos y sofocar el debate en el nombre de la mayoría.

Mi sobrina está convencida de que hacer un vídeo viral es sencillo. “Basta con grabar un episodio divertido de la vida real y subirlo a YouTube”, dice, y me pone el ejemplo de esta chica que sufre un accidente practicando el twerking, ese obsceno contoneo de caderas inventado por Miley Cirus:

El problema de este episodio es que es divertido, pero no real, como se aclara en este otro vídeo:

Muchos creen que las redes sociales están alumbrando un nuevo amanecer democrático. Han logrado que el pueblo soberano se sume a la creación artística y al debate público sin la intermediación ni la distorsión de la industria de la comunicación y sus inconfesables intereses. Ya no hace falta el carné de prensa para opinar. Internet ha empoderado al ciudadano de a pie y, como dicen en Podemos, va a “dar voz a las bases”.

Mi impresión es que, ciertamente, Facebook o Twitter proporcionan un modo rápido y eficaz de instrumentar demandas. La esterilizante idea de que “mi voto no cambia nada” ha pasado a la historia. A partir de propuestas anónimas lanzadas desde la seguridad del hogar, se crean tendencias que acaban concretándose en sólidas mayorías.

Desafortunadamente, las redes sociales no son inmunes a la manipulación. Lo que triunfa no es siempre lo genuino. Millones de internautas tomaron por la ocurrencia de una pánfila lo que resultó un montaje para promocionar un programa de televisión. Y cualquiera que frecuente las webs de citas no tarda en descubrir que internet no solo no ha acabado con el engaño, sino que lo ha elevado a la categoría de arte.

Incluso cuando la propuesta que respalda la mayoría no es una invención, eso no la hace necesariamente sagrada. La democracia no consiste solo en “dar voz a las bases” y determinar cuál es la opinión dominante. Eso ya lo resolvieron los griegos hace 2.500 años. La diferencia entre un sistema autoritario y otro democrático no radica en que el primero ignore a las mayorías. Al contrario, suelen estar mucho más presentes y ser más activas en los regímenes totalitarios, como se aprecia en cualquier documental sobre el Tercer Reich.

Más que la mayoría en sí, lo relevante es (1) cómo se obtiene y (2) cómo se usa.

Respecto del punto (1), en una democracia la mayoría es el resultado de una deliberación colectiva. Las redes sociales permiten que la deliberación sea todavía más colectiva, y bienvenidas sean por ello. Pero esta superior participación no las exime de respetar el orden debido. La masa es tan vulnerable como el individuo a los brotes de irracionalidad y, si queremos un gobierno de calidad, el debate debe preceder siempre a la votación. Es muy típico de los populismos invertir los términos y sofocar el debate en el nombre de la mayoría. Como decía Mussolini, “los hombres están hartos de libertad”. Quieren soluciones y, si “el pueblo” o “la gente decente” se siente en posesión de ellas, ¿por qué perder el tiempo en estériles disputas?

Lo que nos lleva al punto (2): el uso de la mayoría. Es indudable que la opinión dominante debe orientar la gestión de gobierno, pero no al extremo de convertirse en un dogma ante el que deba plegarse cualquier otra consideración. En ese caso, simplemente pasaríamos de una dictadura basada en el juicio de uno a otra basada en el juicio de muchos. Como advierte Alexis de Tocqueville, una mayoría puede convertirse en el peor de los tiranos. “Nada hay tan irresistible como un poder que manda en nombre del pueblo, porque estando revestido de la autoridad moral que emana de la voluntad general, obra al mismo tiempo con la decisión, la prontitud y la tenacidad de un solo hombre”, escribe en La democracia en América.

Ninguna de estas dos complicaciones se ha resuelto con la llegada de las redes sociales. Podrían incluso agudizarse. Por eso es esencial que se usen de modo adecuado. ¿Es lo que hace Podemos? De puertas adentro no puedo opinar, aunque todo indica que sus niveles de transparencia y rendición de cuentas son muy superiores a los de los opacos y oligárquicos partidos tradicionales. Pero de puertas afuera me inquieta lo que estoy viendo. Permítanme que les cuente mi experiencia.

Seguramente sabrán que en Actualidad Económica entrevistamos en septiembre a Pablo Iglesias. Como somos conscientes de que extractar, editar y titular un diálogo está sujeto a sesgos y no nos gusta que nos acusen de manipuladores, decidimos colgar la charla íntegra en la red, para que cada cual sacara la conclusión que le apeteciera.

En la entrevista había distintos momentos. No me importa admitir que en buena parte de ella Iglesias nos tuvo corriendo detrás del balón, pero también hubo fases en las que lo arrinconamos. ¿Cuál fue el balance final? Depende. Habrá quien considere que su crítica del régimen aconseja “abrir el candado del 78”, y habrá quien estime que carece de alternativas fiables para acometer una reforma de semejante calado. Lo democrático es exponer todos los argumentos antes de adoptar una decisión. El debate precede a la votación.

Pero Podemos sabe que en los foros sociales no triunfan los discursos complejos y matizados. (No sé quién me dijo una vez que “Twitter es como un patio de vecinos: la gente grita mucho”). Sus colaboradores escogieron un breve corte en el que Iglesias aparecía bajo una luz favorable y lo subieron a Facebook. Como pasó con la adolescente del twerking, se hizo rápidamente viral y, durante una semana, fuimos el vídeo más visto de España, por delante incluso del tráiler de Torrente V.

Mediante la emisión de este mensaje conciso y contundente titulado “Entrevista-encerrona: el tiro por la culata”, Iglesias ayudaba a sus bases a interpretar correctamente la entrevista, cuya versión original era peligrosamente opinable. A juzgar por la saña con que nos sacudían a Miguel Ángel Belloso y a mí algunos comentaristas, tampoco tenía por qué preocuparse tanto. Pero en lugar de dejar que la discusión siguiera su curso, prefirió sepultarnos bajo el clamor de sus partidarios. Lo importante no era lo que decíamos, sino lo que éramos: unos fachas, dos lacayos de la casta, los enemigos del pueblo. Un uso similar hicieron de la radio y el cine los regímenes antiliberales de entreguerras. No se sirvieron de ellos para alentar el debate, sino para hacer propaganda y fomentar el culto a la personalidad.

¿Cabe la posibilidad de que Iglesias sea una víctima de sus agresivos estrategas de comunicación? Tras entrevistarlo, me quedó la impresión de que era un tipo honesto. Confío en que no me engañara, como la chica del twerking. 

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