El misterio de Caja Madrid

¿Por qué no se limitó Blesa a subirse el sueldo unos miles de euros, en vez de usar un tosco sistema de tarjetas?

“Uno de los misterios del escándalo de las tarjetas opacas es la falta de proporción entre el riesgo asumido y el beneficio obtenido”, comentó Giuseppe. “Si os fijáis, la cantidad defraudada no es tan grande. Miguel Blesa podría perfectamente haberse subido otros 100.000 o 200.000 euros el sueldo y haber cobrado 3,7 millones en vez de 3,5 al año. Nadie habría dicho nada. ¿Por qué se expuso a un posible delito de administración desleal encubriendo los pagos como errores del servidor informático?”

Giuseppe es un individuo frío, casi vulcaniano. Nadie en el Claridge juega al ajedrez como él, ni posee su capacidad analítica. Su mente poderosa diluye cualquier cuestión en un ácido de silogismos implacables y la descompone en sus partes elementales, igual que un niño arranca metódicamente las patas a una araña. Hay quien envidia esta inteligencia, pero pocos placeres sobreviven a tan extrema racionalidad. Desconfía de todo lo que no puede medirse y eso le impide creer no ya en Dios, sino en Cristiano Ronaldo.

Aunque a veces da un poco de miedo, me gustó su modo desapasionado de abordar el asunto de Caja Madrid. En el resto del país, la gente se ha dejado arrastrar por una indignación improductiva, pero en el Claridge nadie pierde el tiempo en condenas morales. Todos comparten una fe limitada en la condición humana. Saben que, de haber tenido la oportunidad, no figurarían en el selecto grupo de consejeros (tres de 86) que no utilizaron la tarjeta. Lo resisten todo menos la tentación y no pretenden lo contrario, como los tertulianos de la tele o los líderes de Podemos.

Les intrigan más los aspectos técnicos. A Monroe Stahr, por ejemplo, le he oído comentar con desprecio que “hasta al último patán de la Familia se le habría ocurrido un sistema más elaborado de distraer fondos”, para añadir a continuación que “una chapuza semejante no habría superado ni la fase de la trattoria”, refiriéndose al think tank donde ha urdido alguno de sus golpes memorables.

Me dirán: hombre, subirse los sueldos no habría sido prudente estando la entidad como estaba, pero las black son anteriores a la crisis. Podrían remontarse a 1994, antes de que Blesa y Rato llegaran a la entidad. Ellos en todo caso las mantuvieron. ¿Por qué?

La pregunta quedó flotando en el aire hasta que Barnie Big Nose Nelson se dejó caer por el Claridge. Barnie es un sujeto decididamente feo, pero no tiene una nariz desmesurada. Debe el apodo a su olfato excepcional, que compite en penetración con el cerebro de Giuseppe. De hecho, ambos mantienen una sorda rivalidad que, a pesar de su absoluta falta de educación formal, gana Barnie en el cómputo global.

Barnie es detective. Su oficio le ha permitido sumergirse en los abismos de maldad de que es capaz nuestra especie y pocos individuos logran darle el pego. Su reputación ni siquiera se vio empañada tras la aventura con Renée.

—Barnie nunca ha sido rico, pero lo poco que tenía lo puso a disposición de ella —me contó una noche Nelson Galliano, el sabueso del Financial Daily—. Una mañana se despertó y descubrió que Renée lo había abandonado. Sin previo aviso, sin una mala nota. En aquel momento no era suya ni la silla de la que tenía colgado el traje. Lo había empeñado todo: los muebles, los cuadros, la trilogía de El Padrino… Se quedó fumando en el apartamento vacío hasta que a mediodía se presentó la comisión judicial para desahuciarlo.

—Es increíble que no viera venir a esa zorra —le dije a Galliano.

—El caso es que la vio venir —respondió—, pero debió de pensar que dejarse robar era el único modo de que un tipo como él disfrutara de una chica como Renée.

Este conocimiento de las miserias del corazón hizo que Barnie dejara hace años de asombrarse por nada. Desde luego, los sueldos estratosféricos que se había asignado la cúpula de Caja Madrid no lo asombraban. “El punto de partida era bajo”, dijo. “Los ejecutivos de las cajas estaban relativamente mal pagados y algún pelota no tardaría en sugerir: ‘Deberíamos averiguar lo que cobran por ahí los gestores de empresas con un balance similar al nuestro’, en medio de la ovación cerrada del resto del consejo”.

Luego vendrían los esquemas de incentivos, las dietas, las aportaciones a los fondos de pensiones… “Parecía un buen plan y se habrían salido con la suya si alguien no hubiera dicho: ‘Oye, he visto que en tal sitio tienen una tarjeta alucinante”.

Barnie guardó silencio unos instantes. Todos los contertulios lo miraban expectantes. Disfrutó especialmente del imperceptible velo de rencor que empañaba la mirada de Giuseppe, poco habituado a verse desplazado del centro de interés.

—No es avaricia —dijo finalmente Barnie—. Es la erótica del gratis total.

—Explícate mejor —repuso Monroe con sincera curiosidad. A Giuseppe el párpado izquierdo se le contrajo en un tic levísimo. Le pasa también cuando alguien hace una jugada inesperada en ajedrez.

—Lo gratis nos lleva a tomar decisiones equivocadas —continuó Barnie—. No sé si habéis oído hablar de Dan Ariely. Es un psicólogo americano. Estos tipos no parecen duros, pero, muchacho, saben dónde apretar para sacarte hasta la última gota de información. —Se quedó con la mirada brevemente perdida en el vacío. Se llevó la copa balón a los labios. Dijo—: Usan experimentos.

Un murmullo de admiración recorrió el grupo antes de que Barnie continuara con su explicación.

—Dispuso una mesa en la Universidad de Toronto y ofreció a los estudiantes dos clases de golosinas: trufas de Lindt y besos de Hershey. Las primeras son bombones suizos, las segundas chocolate industrial. Cobró 27 centavos por las trufas y solo dos por los besos. Los alumnos debían optar entre uno u otro y, tras sopesar coste y calidad, el 73% se inclinó por Lindt y el 27% por Hershey.

A continuación, Ariely rebajó un centavo cada producto y, como era de esperar, los alumnos siguieron inclinándose masivamente por las trufas, y en una proporción similar. Pero, ¿qué sucedió cuando, a la tercera rebaja, el beso pasó a valer cero?

—Cualquier economista que siga la teoría estándar —explicó Barney— habría predicho que, dado que la diferencia relativa de precios era la misma, el cálculo de coste-beneficio no variaba y tampoco debían hacerlo las preferencias. Pero no fue así. La demanda de besos se disparó hasta el 69%.

Barney paseó la mirada en derredor, para valorar el impacto que había causado su revelación.

—Lo gratis nos rompe los esquemas —siguió—. Los condenados comerciantes lo saben. Entras en un gran almacén a comprarte un par de esos elegantes calcetines de rayas y sales con dos de rombos, que no son en absoluto los que querías, solo porque te daban uno de regalo. —Cabeceó con desaprobación. Dio otro trago—. ¿Por qué nos fascina lo gratis? Según Ariely, todas las transacciones tienen un pro y un contra. Deseamos algo, pero al mismo tiempo no queremos desprendernos de nuestro dinero. Tenemos aversión a las pérdidas. Nos duele deshacernos de algo nuestro, por insignificante que sea. Y cualquier compra comporta una renuncia. —Hizo una pausa—. Salvo que tengas una de esas tarjetas opacas. —Remató el gin-tonic de un cabezazo y apoyó la copa en la mesa con un golpe seco, como si cantara las 40—. Ese plástico permite gastar sin dolor. No hay contras, todo son pros. Ni los millonarios se pueden permitir algo semejante. Es el placer definitivo. ¿Merecía o no la pena arriesgarse?

Monroe examinó su bourbon girándolo lentamente en la mano. Luego levantó la vista hacia Giuseppe y comentó con una media sonrisa:

—Este Ariely tiene su miga.

—¿A alguien le apetece un ajedrez? —respondió Giuseppe poniéndose en pie. El párpado izquierdo le temblaba sin control.

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2 Respuestas a “El misterio de Caja Madrid

  1. Soy una estudiante de Derecho, y me ha encantado ver resumido de una forma tan simple el misterio de las tarjetas opacas. Estoy impresionada con este relato corto.

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