La paz empieza nunca

El pasado 17 de julio, intervine en el Madrid Symposium on Peace Building & Peace Resolution. Tenía que hablar de Economía y resolución de conflictos. Esta es la charla que llevaba preparada.

Buenos días.

Si me lo permiten, me gustaría a empezar por una experiencia personal que, en el ámbito de la política, vino a ser un poco como mi madalena de Proust.

Debíamos de estar en 1976. Yo acababa de cumplir 18 años y era el primer mitin al que acudía. En realidad, fue más bien el mitin el que acudió a mí. Yo solo pasaba por el vestíbulo de la facultad de Filosofía y Letras y me encontré con aquel tipo barbudo, corpulento, con camisa de leñador. Se había encaramado a lo alto de un balcón que había sobre la puerta principal y nos instaba puño en alto a solidarizarnos con los obreros de la Pegaso. No recuerdo sus palabras exactas, pero sí la seguridad con que las pronunció. En medio del caos que la Transición suponía para un adolescente como yo, aquel sujeto parecía tener todas las respuestas.

Decidí que yo quería ser como él. Yo quería aquella seguridad, y durante años me dediqué a buscar esas ideas capaces de disolver hasta la última duda.

Debo decir que no las encontré. Soy liberal por puro descarte, porque no he podido ser otra cosa.

Mi escepticismo no me hizo muy popular entre mis compañeros de facultad, que mayoritariamente compartían la fe maciza de aquel barbudo en uno de los grandes mitos de la Ilustración, la idea de que hay un modo científico de organizar la sociedad, un modo que permite armonizar todos los valores que apreciamos y anhelamos: la libertad, la igualdad, la seguridad, la prosperidad…

Para el marqués de Condorcet, los problemas morales y políticos no eran de una naturaleza distinta a los matemáticos o los físicos, en los que la respuesta correcta a cada cuestión era una y solo una. Como la mayor parte de los philosophes, él no veía motivos para que la humanidad no pudiera avanzar hacia esa sociedad perfecta guiada por expertos en la ciencia del hombre, igual que expertos en la ciencia de los astros como Isaac Newton nos habían introducido en la sala de máquinas del universo.

Condorcet saludó la caída de Luis XVI y la llegada de la República como el alba de una nueva era de “verdad, felicidad y virtud”, que él consideraba ligadas por “una cadena irrompible”. Pero la única cadena irrompible que tuvo ocasión de conocer fue la que le echaron en la prisión de Bourg-la-Reine (entonces Bourg-Égalité), donde falleció en 1794, devorado por la Revolución que tanto había contribuido a alumbrar.

Aquella muerte fue un modo bastante brutal de refutar sus tesis. Resultó que los problemas políticos, a diferencia de los físicos, sí podían tener soluciones distintas, y las de Condorcet en concreto no solo no coincidían con las de Robespierre, sino que lo irritaban profundamente.

Esta discrepancia está en la base de la política, y significa lisa y llanamente que siempre va a haber conflictos. Los valores que he mencionado antes (la libertad, la igualdad, la seguridad, la prosperidad) no son perfectamente compatibles. La igualdad socava la libertad, la libertad reduce la seguridad, la seguridad limita la prosperidad… No hay una fórmula que hermane todas estas virtudes en una combinación definitiva y universalmente aceptada. Cada uno de nosotros tiene su propia receta personal y prefiere unas a otras.

Es más, la ilusión de que se pueden armonizar en una ideología o una religión es probablemente una de las peores ideas en la larga historia de las malas ideas. Piensen en todas las atrocidades perpetradas en el nombre de alguna verdad incontestable, todas las cruzadas que hemos armado, todos los gulags que hemos levantado, todas las empresas civilizadoras que hemos acometido a sangre y fuego en África, en América, en Asia…

Lo sorprendente no es, por tanto, que haya conflictos. Lo sorprendente es que, estando como están inscritos en la naturaleza misma de la humanidad, no solo no haya más, sino que haya cada vez menos.

Porque según el último Informe de Seguridad que elabora el Human Security Report Project, un centro de estudios para la paz dependiente de la Universidad Simon Fraser de Canadá, “los conflictos de alta intensidad se han reducido a menos de la mitad desde el final de la Guerra Fría”. Y lo mismo ha sucedido con los atentados terroristas, los genocidios y los homicidios.

No se trata, además, de un fenómeno reciente. Vivimos lo que el psicólogo Steve Pinker ha calificado en su libro Los ángeles que llevamos dentro como “la era más pacífica de la historia”.

Esto es algo contraintuitivo. La mayoría de la gente está convencida de que la Tierra es hoy “más peligrosa que nunca”, como proclamó el general Martin Dempsey, jefe del Estado Mayor Conjunto de los Estados Unidos, en febrero de 2012. Pero lo cierto es que ese año el número de conflictos armados pasó de 37 a 32.

El propio Pinker también se sorprendió cuando, durante una de sus indagaciones psicológicas, tropezó con las series de homicidios que el politólogo Ted Robert Gurr había recopilado buceando en los registros judiciales. Por lo visto, entre el siglo XIV y el XX, la tasa de homicidios pasó en algunas regiones de Inglaterra de más de 100 por cada 100.000 habitantes a menos de uno. De más de 100 a menos de uno.

Estudios posteriores confirmaron descensos de magnitud similar en Holanda, en Alemania, en Suiza, en Italia, en Escandinavia… ¿Por qué el general Dempsey y tantos otros están convencidos de que nuestro mundo es más inseguro?

Pinker lo atribuye a varios factores. El primero es político: nadie ha movilizado nunca grandes masas invocando lo bien que va todo. Si quieres que te voten, tienes que asustar, tienes que indignar.

El alarmismo también nos va bien a los medios. No sé dónde leí una vez la historia de un empresario que montó un diario que solo daba buenas noticias y que tuvo que cerrar al poco tiempo. Las grandes audiencias se logran con sangre. Como dicen los ingleses, “if it bleeds, it leads”. Y claro, si cada vez que vas a un mitin o pones la radio lo único que oyes son desgracias, tiendes a pensar que es que la realidad es así.

Peor aún. Nuestro cerebro sufre un sesgo cognitivo. Funciona de modo que asignamos probabilidades superiores a los sucesos que más fácilmente imaginamos. Nos inquietan mucho los accidentes aéreos o los ataques de tiburones porque se nos quedan grabados a fuego, pero causan muchas menos muertes que las piscinas o los mosquitos, que son de lejos los animales más peligrosos de la naturaleza.

Impresionados por los espantos que ocasionalmente sacuden la vida moderna, olvidamos las constantes atrocidades que soportaban nuestros ancestros. Pinker cuenta que durante su carrera académica ha leído miles de artículos sobre los asuntos más peregrinos, pero que el más raro que ha caído en sus manos se titulaba Narices y honor en las ciudades de la Baja Edad Media. El autor enumeraba los motivos oficiales por los que podían mutilarte el apéndice nasal (herejía, prostitución, sodomía, traición), y los no oficiales por los que aún más a menudo los particulares se lo rebanaban entre sí.

Esta lesión era tan habitual, que los manuales de medicina le consagraban un apartado especial, e incluso dio lugar a un interesante debate sobre si la nariz volvía a crecer una vez arrancada, una cuestión a la que el prestigioso médico de la corte francesa Henry de Mondeville respondió en su famosa obra Cirugía con un categórico: “No”.

Así era la vida en la Edad Media en Europa, aunque nosotros guardemos de ella esa visión idealizada de caballeros galantes y princesas virginales que nos han legado las novelas de Walter Scott y las películas de Disney.

Todo este horror empezará, sin embargo, a templarse en el siglo XV. Se produce un cambio de sensibilidad. La gente rechaza no ya la violencia física, sino la brusquedad en el trato, y de pronto se ponen de moda en toda Europa libros de etiqueta en los que se imparten consejos, desde mi punto de vista, bastante acertados como:

  • “No ofrezcas un trozo de comida que ya hayas mordido”.
  • “No te soples las narices con el mantel”.
  • “Antes de escupir gira la cabeza, para que el salivazo no le dé en toda la cara a tu interlocutor”.

¿Qué misteriosa fuerza impulsa esta aversión combinada al asesinato y la mala educación?

La respuesta la proporciona la economía. Y no me refiero a la prosperidad, aunque lo primero que a uno se le ocurre cuando relaciona economía y conflictos es que estos deberían caer a medida que un país se enriquece. Es lógico. Si hay menos gente desesperada y menos abusos, habrá menos robos y menos agresiones.

Pero si la miseria y la injusticia fueran la causa de la violencia, el mundo ardería por los cuatro costados. Además, la caída de los homicidios arranca en el siglo XIV y los niveles de vida en Europa no mejorarían hasta el XIX, con la Revolución Industrial.

No. Es más bien al revés: la prosperidad no trae la paz; es la paz la que trae la prosperidad.

De modo que cuando digo que la explicación la tiene la economía, me refiero a la teoría de juegos. Lo que a los habitantes europeos les ocurre a finales de la Edad Media es que experimentan un cambio radical de incentivos y cambian en consecuencia también radicalmente la respuesta que dan a lo que Pinker llama “el dilema del pacifista”.

Supongamos que es usted el señor feudal de una pequeña comunidad que vive de la agricultura. Y supongamos que empieza a merodear por su vecindad otro señor feudal, con el propósito oculto o declarado de apropiarse de algunos de sus recursos. Quizás pase hambre o quizás se aburra. Usted no lo sabe, pero debe tomar una decisión. Puede adoptar una estrategia pacífica o puede adoptar una estrategia violenta.

Si adopta la pacífica y el otro señor feudal es también pacífico, podrán negociar cómo compartir los recursos.

Pero, bien pensado, ¿por qué va a compartir usted nada? Si el otro es pacífico, lo más sensato es aplastarlo y quedarse con todos los recursos.

Y si es violento, razón de más para serlo también, porque yendo de bueno corres el riesgo de perderlo todo.

Así que en el virtual estado de naturaleza que era la Alta Edad Media, lo racional era ser violento, y esa rudeza se trasladaba a todos los ámbitos de la vida.

Pero a lo largo del siglo XV irán emergiendo reyes con una capacidad disuasoria muy superior a la de los barones tradicionales. La base de su poder son enormes ejércitos, provistos de caras y sofisticadas armas de fuego, que mantienen gracias a los tributos que imponen a sus súbditos.

Para estos reyes, las peleas entre barones son un incordio. Lo que les interesa es que la gente se dedique a trabajar, no a guerrear, y empiezan a castigar a todo el que anda por ahí montando jaleo.

Esto altera los postulados del dilema del pacifista. La estrategia violenta deja de ser tan rentable. Antes tu beneficio era lo que le arrebatabas al rival menos el coste de arrebatárselo. Ahora a ese coste hay que añadir la sanción del rey.

Pero es que además al rey le interesa que la gente sea lo más productiva posible, porque así le extrae más impuestos para pagar más soldados y más armas. ¿Y cómo sube la productividad? Lo explica Adam Smith con su ejemplo de la fábrica de alfileres: mediante la especialización. Si uno se dedica a hacer ropa, otro a hacer calzado y otro a cultivar, producirán más ropa, más calzado y más alimentos que si cada uno de ellos se encarga de hacerlo todo por sí mismo. Y el modo de fomentar la especialización es habilitar mercados donde la gente pueda intercambiar lo que fabrica, es decir, favorecer el comercio, lo que exige mejorar las comunicaciones y, sobre todo, mantener la paz.

Así que la aparición del Estado y el comercio hicieron que la estrategia pacífica pasara a ser preponderante. Los barones dejaron de preocuparse por las artes marciales y se dedicaron a cultivar la cortesía, es decir, las reglas que gobernaban la vida en la corte, que era donde se decidían ahora las fortunas.

Hasta aquí he realizado un recuento necesariamente esquemático del declive de la violencia desde la Edad Media. ¿Podemos esperar caídas adicionales?

En principio, gran parte de los conflictos siguen dándose en zonas que aún viven sumidas en el virtual estado de naturaleza hobbesiano que dominó Occidente hasta el Renacimiento. Cabe esperar, por tanto, que a medida que adopten las instituciones adecuadas, los incentivos cambien y las estrategias cooperadoras se hagan también preponderantes.

Más cuestionable es, sin embargo, que algún día llegue a reinar la paz perpetua.

Algunos expertos, como Thomas Schelling, creen que cooperar es siempre lo más racional y que la guerra persiste porque a algunos contendientes les cuesta evaluar la destrucción que comporta. Para inducirles a firmar la paz bastaría con hacerles ver las consecuencias de sus actos, lo que el teórico del juego Robert Axelrod llamó “la sombra del futuro”.

Pero otros economistas no están tan seguros. Stergios Skaperdas sostiene que la Primera Guerra Mundial se cita a menudo como ejemplo de conflicto que estalla por la incapacidad de los líderes para anticipar su desolador resultado. Esto quizás fuera así en el verano de 1914, pero a los pocos meses los frentes se estabilizaron y nadie pudo llamarse a engaño. Con el horror de las trincheras, dice Skaperdas, cualquier velo de ignorancia se disipó y los costes se hicieron evidentes.

Pero el combate prosiguió.

Lo mismo sucedió con la Segunda Guerra Mundial. ¿Por qué no aceptó Harry Truman las ventajosas condiciones de paz que Japón le ofrecía? Tampoco él desconocía la sombra del futuro: el enorme sufrimiento que suponía reconquistar el Pacífico isla por isla, y no digamos ya arrojar las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki.

La explicación de Skaperdas es que la estrategia cooperadora no siempre es la más racional. Igual que muchos abogados optan por ir juicio, a pesar de que siempre se puede negociar, muchos gobernantes guerrean porque no se fían de su interlocutor y no tienen modo de controlar sus compromisos, como le pasó a Bush con Sadam. O porque buscan la destrucción total del rival, como hicieron las potencias aliadas con Alemania y Japón, cuya mera existencia constituía una amenaza intolerable.

La propia generalización de la paz incentiva la hostilidad. Como teorizó Hyman Minsky, la estabilidad genera inestabilidad. En las fases de bonanza la gente se confía, adopta decisiones arriesgadas y acaba inflando burbujas cuyo estallido devasta la economía. Es una descripción bastante precisa de la crisis actual.

Del mismo modo, cuando todos nos volvemos ciudadanos modelo, no tarda en aparecer un listo dispuesto a aprovecharse. A mi sobrino Juan, por ejemplo, le dio una temporada por colarse en el metro. Prefería gastarse el dinero que le daba su madre en chucherías. Naturalmente, acabaron cogiéndolo, y lo peor no fue la multa, sino los sermones que tuvo que aguantar. Yo mismo le solté uno. Le dije: “¿No te das cuenta, Juan, de que si todo el mundo se colara, el metro no podría funcionar?”

Mi sobrino se encogió de hombros y respondió: “Ya, pero todo el mundo no se cuela”.

Esa es la razón por la que, a pesar de todo lo que hemos progresado, siempre deberemos mantenernos vigilantes y nunca llegaremos a vivir en ese espejismo idílico que las palabras del barbudo me hicieron vislumbrar brevemente en la facultad de Filosofía y Letras, aquel ya remoto otoño de 1976.

Muchas gracias.

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2 Respuestas a “La paz empieza nunca

  1. Espectacular, Miguel. Consigues defender magistralmente argumentos como que la miseria y la injusticia no generan violencia (por lo que para qué vamos a buscar un nuevo mix libertad/igualdad/paz/seguridad/prosperidad) ¡¡y encima te queda bien!! Luego nos cuelas que Bush no invade Irak para poner un gobierno títere y asegurar su posición en el mercado petrolífero sino porque no se fiaba de Saddam ¡¡y encima te queda bien!! Y terminas, como empiezas, dejando al pobre barbudo (por no decir coletas) en el territorio de la utopía irrealizable frente al escepticismo certero del liberal por excelencia. O sea, tú. Qué Crack…

  2. Lo de la miseria y la guerra es puro empirismo: la correlación es débil, por no decir inexistente, lo que no significa que la miseria no justifique en ocasiones la revolución.
    El comentario sobre Bush no pretende agotar el elenco de razones por las que Bush invadió Irak. No obstante, te recomiendo que te leas el libro de Kenneth Pollack ‘The case for invading Iraq’; Pollack fue un asesor… de Clinton.
    Y lo del “escepticismo certero” me lo apunto. Es una bonita aporía. No se me había ocurrido que se pudiera ser fanático de no ser fanático.
    Perdona que no te haya respondido antes, por cierto.

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