¿Desea la guapa la suerte de la fea?

Desengáñense. Belleza, riqueza y felicidad se retroalimentan en una espiral virtuosa. Ser feo es una faena.

—La modelo de la nueva campaña de Desigual es espectacular —le digo a mi mujer por entretener el rato mientras la acerco en coche a no sé dónde.

—Ya —me responde—, pero seguro que no es tan feliz.

Lo dice un poco por incordiar, porque llegamos tarde. Pero también mi madre repetía a menudo que la suerte de la fea la guapa la desea, una misteriosa frase que nunca he acabado de entender. ¿Por qué va a ser más desgraciada Adriana Lima, la imponente señora del anuncio, que, pongamos por caso, mi descomunal vecina de sombrilla en la playa?

Aprovechando que ahora llevamos en el móvil más información que en la biblioteca de Alejandría, como decía el otro, he realizado una pequeña búsqueda. En Yahoo! un internauta apunta que las chicas que son demasiado atractivas asustan a los posibles pretendientes, que piensan: “No tengo la menor posibilidad”, y estoy de acuerdo en que el cerebro de algunos hombres funciona así, pero no el de la mayoría. Si en algo coinciden los psicólogos es en que sobrevaloramos nuestras competencias en materia de finanzas, conducción deportiva y sexo.

Más convincente parece el post de un bloguero que responde al interesante mote de The Happy Hermit (el ermitaño feliz) y que titula “Por qué las tías buenas son tontas” (con posts como éste va a seguir siendo ermitaño mucho tiempo). Razona que están sujetas a “lo que los economistas llaman la maldición de los recursos”. Igual que algunos países exportadores de petróleo (Nigeria, Guinea, Venezuela) abandonan el impulso de otras actividades productivas aturdidos por el dinero fácil, las chicas guapas descuidan el cultivo de las destrezas sociales que al resto de los mortales nos resultan indispensables para establecer y conservar relaciones. O sea, dejan de ser amables (se vuelven “tontas”, como dice Hermit) y acaban tristes y solas.

Frente a esta ingeniosa hipótesis está, sin embargo, la sospecha fundada de que a ejemplares como Adriana Lima no les van a faltar los contratos jugosos, ni las invitaciones a lugares exóticos, ni los buenos mozos dispuestos a hacerles la pelota y a decirles que sí a todo. Y no se trata únicamente de las modelos. Diversos estudios han certificado que las personas guapas cobran sueldos más altos, obtienen mejores empleos y tienden a ser más de derechas. La cuestión es si eso las hace más dichosas o, por el contrario, las aboca a una espiral de promiscuidad, desengaños sentimentales y politoxicomanía.

Daniel Hamermesh, un economista de Texas, lleva años analizando sondeos de Estados Unidos, Canadá, Reino Unido y Alemania para averiguar si existe relación entre el aspecto físico y el nivel de satisfacción. Ahora ha editado el libro Beauty pays (La belleza es rentable) y, como indica su título, concluye efectivamente que aumenta la felicidad.

Hamermesh admite que determinar si alguien es o no atractivo es un ejercicio subjetivo, pero solo relativamente. Aunque pueden darse discrepancias puntuales que expliquen por qué alguien como Mickey Rooney se casó ocho veces, una de ellas con Ava Gardner, en general los cánones se mantienen razonablemente estables, tanto a lo largo del espacio como del tiempo. “Eche un vistazo a las fotos del siglo XIX y verá como no le resulta difícil distinguir a los guapos de los feos”, asegura con buen criterio en el blog Freakonomics.

Tampoco ignora el argumento de Hermit: la belleza es un arma de doble filo y si tienes buena planta “puedes olvidar el desarrollo de otras facetas”; pero también facilita las relaciones personales y, por tanto, la oportunidad de desarrollar habilidades sociales.

¿Y por qué son más felices los guapos? En opinión de Hamermesh, no existe una conexión directa. El impacto se canaliza a través de la economía. La hermosura afecta a factores que mejoran el bienestar, como el acceso a parejas más agradables, mejores oportunidades profesionales y mayores ingresos.

Es verdad que todos los expertos sostienen que la capacidad de la riqueza para generar satisfacción está sujeta a rendimientos decrecientes. Llega un punto en que el incremento de los ingresos no nos hace más dichosos, pero parece que ese punto está bastante alejado. Lo decía Richard Branson, el fundador de Virgin: “Una vez que rebasas el primer millón de libras, ya no hay mucha diferencia”.

Así que lo siento. Belleza, riqueza y felicidad se retroalimentan en una especie de espiral virtuosa. Y ningún designio divino se encarga, como creía mi madre, de compensar las desigualdades con que venimos al mundo: tú vas a tener una nariz bulbosa, pero correrás grandes distancias, y a ti te doy un cuerpo de vértigo, pero tu marido te va a engañar.

No hay nada de eso. Ser feo es una faena, aunque Hamermesh (que es él mismo un cuadro de hombre) tampoco lo considera un obstáculo insalvable. El que los guapos partan con ventaja no significa que el éxito nos esté vedado a los demás. ¿Han visto una foto de Bill Gates últimamente? ¿Y qué me dicen de Warren Buffett o de Woody Allen? Ni siquiera hace falta el físico de Daniel Craig para triunfar en Hollywood.

En el fondo, son las cartas que nos da la vida. Hay que jugarlas y disfrutar, porque, como aprendió Viktor Frankl en Auschwitz, te lo pueden quitar todo menos la actitud con que afrontas tu destino. Esa facultad forma parte de la equipación de serie de todo ser humano, desde Adriana Lima hasta mi vecina de sombrilla, y explica por qué la gente aún sonríe en los suburbios de Calcuta.

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