Libertad de prensa en el mejor sentido

Prueba de agudeza visual: ¿A quién atribuiría la frase “No puede admitirse que el periodismo siga viviendo al margen del Estado”?

Pablo Iglesias quiere establecer mecanismos de control público de los medios de comunicación para garantizar “la libertad de prensa, sin condicionantes de las empresas privadas o la voluntad de partidos políticos”. “¿Por qué no va a existir una regulación que garantice la libertad de prensa en el mejor sentido del término?”, se pregunta el líder de Podemos en la larga entrevista que le ha hecho el periodista Jacobo Rivero. “La sociedad civil tiene que verse reflejada con independencia y veracidad en los medios de comunicación”.

Como la buena demagogia, suena muy plausible. ¿No consiste la democracia en el gobierno de la voluntad popular? ¿Y no son los poderes públicos los depositarios de esa voluntad popular? Si uno da por buenas estas premisas, la necesidad de una Ley Orgánica de Comunicación como la que acaba de aprobar Ecuador se desprende como una conclusión lógica e irrefutable.

El problema es que estas premisas no son buenas.

Para empezar, la democracia no consiste sin más en el gobierno de la voluntad popular. Alexis de Tocqueville ya advertía en La democracia en América que la peor amenaza de Estados Unidos era “la omnipotencia de la mayoría”, y recogía una larga cita de James Madison en El Federalista: “Es de gran importancia en las repúblicas no solo defender a la sociedad contra la opresión de quienes la gobiernan, sino también garantizar a una parte de la sociedad contra la injusticia de la otra. […] Si existiera una sociedad en la cual el partido más poderoso estuviera en condiciones de reunir fácilmente sus fuerzas y oprimir al más débil, se podría considerar que la anarquía reina […] tanto como en el estado de naturaleza, donde el individuo más débil no tiene ninguna garantía contra la violencia del más fuerte”.

Esto es lo que había sucedido con la Revolución Francesa. Se había sustituido el despotismo borbónico por el terror jacobino. El principio de soberanía popular se había convertido en el pretexto para conculcar la libertad. En Estados Unidos, por el contrario, Tocqueville observa que “nadie ha osado proponer esta máxima: todo está permitido en el nombre del interés de la sociedad”.

La soberanía popular tiene unos límites, y esos límites son justamente los que la hacen posible. Aunque los populistas hablan de ella como de un ente con existencia objetiva, la soberanía popular no se descubre, sino que se construye. Es un artificio, el resultado de agregar voluntades individuales. A lo más que podemos aspirar es a pactar un procedimiento sensato para determinarla. En eso consisten las elecciones. Y una regla fundamental de cualquier sufragio democrático es que los votantes dispongan de los elementos necesarios para formarse un juicio. Deben respetarse, por ejemplo, el derecho de reunión, la libertad de pensamiento y, por supuesto, la capacidad de recibir y producir información.

Por ello la libertad de expresión, en general, y la de prensa, en particular, se consideran condiciones previas a la democracia. Delimitan el marco en el que se celebra el debate del que emerge la voluntad popular.

Este papel decisivo de los medios no significa que su funcionamiento no deba estar sujeto a ningún control. Cualquier ciudadano que se sienta perjudicado por una noticia puede recurrir a los tribunales, aunque es verdad que su funcionamiento garantista e inevitablemente lento no hace de ellos el instrumento ideal para solucionar ciertas diferencias. Muchas veces, para cuando el juez se pronuncia, han pasado no ya meses, sino años. Por ello países como el Reino Unido han creado un Comité de Quejas que resuelve este tipo de contenciosos en días. Quizás se refería a esto Pablo Iglesias, en cuyo caso debo manifestar mi acuerdo de principio con él.

Pero me temo que va mucho más allá. Su crítica afecta a la propia naturaleza de los medios. “La gestión de la información no puede depender únicamente de hombres de negocios”, dice. Y alerta: “El problema de la privatización de los medios es que la lógica de funcionamiento es el beneficio, no el interés social ni la calidad ni la utilidad social”. Si se dejan los periódicos “en manos de multimillonarios”, ¿no se sentirán estos tentados de imponer la visión de la realidad que más se acomode a sus intereses?

Es lo que sugiere el sentido común y el último ganador de la medalla John Clark Bates, el economista Matthew Gentzkow, ha intentado contrastar esta hipótesis en Estados Unidos, analizando el efecto que la entrada y salida de periódicos había ejercido en la política entre 1869 y 2004. Su conclusión es que “no hay evidencia de que los diarios partidistas afecten a las cuotas electorales” de las distintas formaciones. Los magnates de la comunicación son sujetos racionales que procuran maximizar su utilidad. No acallan las corrientes de opinión, al contrario, promueven medios afines a esas corrientes para aprovecharlas y forrarse. El propio Iglesias ha podido comprobarlo con la Sexta o Cuatro, que lo han lanzado al estrellato aunque sus presidentes (José Manuel Lara y Silvio Berlusconi) no son precisamente sospechosos de izquierdismo.

Así que, a pesar de su desconfianza, cuando “la lógica de funcionamiento es el beneficio”, hay pluralismo. ¿Y qué sucede cuando lo son el interés o la utilidad social? Lo sabemos bien en España, porque fue una vieja aspiración falangista, como expone en este trabajo Francisco Sevillano Calero. El preámbulo del decreto por el que se creaba la Delegación del Estado para Prensa y Propaganda defendía la necesidad de “reglamentar los medios de difusión […] a fin de que se restablezca el imperio de la verdad”.

Y la Ley de Prensa de 1938 le habría encantado a Iglesias. Como él, razonaba que los medios son decisivos “en la formación de la cultura popular y, sobre todo, en la creación de la conciencia colectiva” y, por tanto, “no podía admitirse que el periodismo continuara viviendo al margen del Estado”. Es más, “redimido el periodismo de la servidumbre capitalista”, proclamaba, “es hoy cuando auténtica y solemnemente puede declararse la libertad de prensa”.

Y a continuación desgranaba la minuciosa regulación que hizo del franquismo el paraíso democrático que todos recordamos.

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Una respuesta a “Libertad de prensa en el mejor sentido

  1. Es curioso como Iglesias afirma que los multimillonarios propietarios de las televisiones se deben sentir tentados de imponer la visión de la realidad que más se le interesa, cuando hemos tenido Pablo Iglesias hasta la saciedad en la televisión, cuyas propuestas no creo que favoreciesen mucho a los “multimillonarios”:

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