Para qué sirve un lobista

“Si la gente no pudiera organizarse para influir en el Gobierno”, escribe el columnista Robert Samuelson, “la democracia estaría muerta”

Durante años, en Estados Unidos estuvo vigente una ley que consideraba fresca la carne de ave conservada a cero grados. Era una disposición absurda, porque con un pollo congelado se puede clavar una alcayata en la pared, pero para la industria tenía todo el sentido: prolongaba la vida comercial del producto y le permitía cobrar cuatro dólares más por kilo.

Como explicaba la revista Time en un artículo titulado “El gran fraude del pollo”, la normativa había sido obra de un Departamento de Agricultura bisoño y “demasiado complaciente con las empresas a las que debía supervisar”. Pero una vez asumido el error, tampoco había habido modo de corregirlo. En 1988, los distribuidores de carne fresca protestaron y “unos animosos funcionarios intentaron enderezar el entuerto”, pero el Consejo Avícola Nacional (CAN), una asociación dominada por la multinacional Tyson Foods, “desató un verdadero infierno” y hubo que volver “a la estúpida regla de los cero grados […] casi al instante”.

Luego, la Asamblea de California quiso derogarla, pero el CAN la llevó a juicio y ganó. Las normas nacionales, declaró la Corte de Apelación, deben prevalecer sobre las estatales. “Proclamamos este absurdo”, escribieron los magistrados. “El Parlamento ha otorgado a los burócratas la prerrogativa de ordenar que los pollos congelados se etiqueten como frescos”.

Finalmente, en el verano de 1994 el congresista Gary Condit y la senadora Barbara Boxer registraron la Ley para la Verdad en el Etiquetado de la Carne de Ave, cuyo único artículo exigía al Departamento de Agricultura que prohibiera la venta de pollo congelado como si fuera fresco. La Casa Blanca dio en principio su respaldo a la iniciativa, pero el CAN movilizó a 19 senadores de la zona del Misisipi, que empezaron a alertar de las catastróficas consecuencias que la aprobación de la norma tendría en el empleo, y Bill Clinton, que debía afrontar la reelección un año después, empezó a arrastrar los pies.

“Dada la fuerza de la industria avícola”, se lamentaba Time, “las posibilidades de éxito [de la reforma] son mínimas”.

Mal rollo. El gran fraude del pollo ilustra la idea que todos tenemos de los lobistas:unos individuos oscuros y anónimos, que adulteran el interés general (e incluso el sentido común) para beneficiar a sus poderosos clientes.

Pero si algo no es Tony Podesta (Chicago, 1943) es oscuro y anónimo. Todo el mundo conoce a Tony Podesta. Me refiero a todo el mundo en Washington. Cuando un recado lleva su nombre, los asistentes de los congresistas lo colocan rápidamente a la cabeza de las llamadas a devolver.

Podesta ha trabajado para la petrolera BP, el fabricante de armamento General Dynamics o el dictador egipcio Hosni Mubarak. Le pagan sumas millonarias para que vele por sus asuntos, pero él prefiere describir su ocupación en términos más asépticos. “Lo que nosotros hacemos es recopilar información y ponerla en manos de la gente que toma decisiones”, me dice en la Fundación Rafael del Pino, donde ha venido a hablar de transparencia y responsabilidad. Y añade con un punto de agresividad: “No creo que hagamos nada de lo que debamos avergonzarnos”.

La entrevista, debo decir, no ha arrancado del todo bien. Le he pedido que me contara un poco su vida, pero está claramente a la defensiva y sus respuestas son breves y cortantes.

—Yo trabajaba para una ONG y mi hermano [John] para un senador —me contesta— y, en un momento dado, decidimos montar un negocio juntos.

—Sí, pero ¿por qué un lobby?

Era lo que hacíamos. Lobbying y relaciones públicas.

—Usted había asesorado a varios candidatos demócratas.

—Nunca fue una profesión… Mi hermano y yo queríamos trabajar con alguna ONG. En 1987 empezamos y hasta ahora.

—Ya. —Así concluye el primer capítulo: “Los orígenes de Tony Podesta”. Paso al siguiente apartado.— He leído que su actual pragmatismo oculta una antigua pasión ideológica.

Ahora intercambia una mirada con uno de sus acompañantes, como diciendo: ¿de dónde ha salido este tío?

—No —responde secamente al cabo de unos instantes—. A mí me apasiona lo que hago.

—Pero antes era un demócrata convencido.

—Aún lo soy. Es genético.

—Ya. —Y así acaba el segundo capítulo: “La educación intelectual de Tony Podesta”. Le digo—: Se metió en política hacia 1968. —Y le facilito un pie histórico, por si le apetece explorarlo—: Fue una era turbulenta…

Pero responde escuetamente:

—Sí.

Uf. Insisto, ya algo desesperado:

—¿Fue esa turbulencia la que lo atrajo?

—A mí me interesaba sobre todo la política internacional. Pero también la nacional. Y la economía. En realidad, me interesaba todo.

Y así termina el tercer capítulo: “El mundo en el que creció Tony Podesta”.

Patentes. En unas declaraciones para la publicación online Wired, Podesta se define como “un traductor”. Los legisladores hablan un idioma, los empresarios otro y él los ayuda a entenderse. Por ejemplo, las nuevas tecnologías. El Departamento de Comercio tardaba 20 meses en aprobar un invento, cuando el ciclo comercial de un producto de Silicon Valley no llegaba a los 18. Para cuando al fabricante le concedían la licencia, llevaba ya dos meses fuera del mercado. Podesta simplemente persuadió al Gobierno de que si Estados Unidos no agilizaba los procedimientos administrativos, las compañías más avanzadas del mundo se llevarían los puestos de trabajo a Europa.

Eso es lo que hace Podesta: coge un tema técnico (el registro de patentes) y lo convierte en una cuestión que inquieta a la ciudadanía (el empleo). Lo primero que pide a sus clientes es que resuman su problema en un mensaje preciso y convincente, capaz de movilizar a los votantes, porque ése es el lenguaje que entienden los políticos.

Una vez elaborado ese mensaje, Podesta echa mano de su amplia agenda. Como él mismo confesaba en Wired, “a nadie le hizo nunca daño conocer a mucha gente en Washington”. Sabe perfectamente quién es quién y, más importante aún, qué busca cada cual. “¿Quiere que le diga por qué soy tan bueno en lo que hago? Porque comprendo lo que necesita todo el mundo”.

En ocasiones, las gestiones que debe llevar a cabo no son muy complicadas. Cuando el comandante de la base aérea de Nellis, Nevada, prohibió que una empresa levantara una planta solar a 200 millas de distancia, alegando que interfería con sus radares, Podesta reunió a los senadores del estado y les explicó las fuertes inversiones que había en juego. Los senadores llamaron al secretario de Defensa, que llamó a su vez al jefe de la base de Nellis y “todos concluyeron que la instalación de energía renovable no era tan peligrosa para la seguridad nacional”.

Pero otras veces el rival no es un inofensivo general del ejército del aire, sino una asociación patronal que cuenta con su propio batallón de lobistas y parlamentarios, como el temible Consejo Avícola Nacional. Si alguien podía batirlo, ése era Podesta. Por eso los criadores de pollo fresco acudieron a él.

Podesta convenció a un prestigioso chef, Wolfgang Puck, para que declarara ante la comisión parlamentaria que debatía la Ley para la Verdad en el Etiquetado de la Carne de Ave. Puck se presentó con un pollo congelado en la mano, lo dejó caer con estrépito sobre la mesa y le dijo al congresista que presidía la audiencia: “La verdad, no entiendo cómo he superado los controles de seguridad. Esto se parece mucho más a un arma que a un alimento fresco”.

Y eso no fue todo. Minutos antes de entrar en la sala, Puck había jugado una partida en la bolera que Podesta le había improvisado en un patio del Capitolio. El chef había agarrado con absoluta seriedad un pollo congelado de dos kilos y, después de unos instantes de concentración, había empezado a balancearlo con el brazo derecho mientras avanzaba hacia una imaginaria línea de lanzamiento. Luego, con una elegante flexión de rodillas, había soltado el animal, acompañando su vuelo con la mano en alto. “Tras planear cinco metros”, escribía al día siguiente el Washington Post, “el pájaro de piedra recorrió tres más dando botes, antes de estrellarse con gran destrozo contra la formación de pinos. Solo dos quedaron en pie para la siguiente tirada. Parecía como si Puck hubiera crecido jugando a los bolos con pollos”.

“Nos burlamos de la normativa [de los cero grados] y obtuvimos toda clase de publicidad en prensa y televisión”, recuerda Podesta con regocijo. “Y la otra parte [el Consejo Avícola Nacional] no tuvo más remedio que coger el teléfono y decirme: ¿cómo podemos arreglar esto?”

En agosto de 1995, paralizados los senadores del Misisipi por el miedo al ridículo, el Departamento de Agricultura pudo aprobar con toda paz de espíritu la ley que prohíbe etiquetar como fresca la carne de ave congelada.

Información. Poco a poco, Podesta ha ido entrando en calor. Se siente a gusto y, sin llegar nunca a soltar largas parrafadas, sí se extiende algo más en las respuestas. “Por supuesto que hay lobistas corruptos”, dice, “pero igual que hay políticos corruptos, y funcionarios y periodistas. Hay gente mala en todas las profesiones”.

Quien crea, además, que el cabildeo (ése es el vocablo recomendado por la Real Academia para lobbying, lo siento) quien crea que el cabildeo es un recurso exclusivo de las grandes compañías, está muy equivocado. La mayoría de los grupos de presión registrados en Washington trabajan para ayuntamientos, hospitales o universidades que quieren acogerse a alguna ayuda y no pueden apelar a sus representantes porque están desbordados. “Los congresistas tienen un número limitado de asistentes”, dice Podesta. “Muchos de ellos son además jóvenes sin experiencia, que ignoran las consecuencias de las decisiones políticas. Nosotros les echamos una mano”.

Esto es algo que ni los más feroces críticos de los lobbies se atreven a negar. El militar retirado Douglas Goodman los considera “la mayor amenaza de la democracia americana”, pero admite que “al proporcionar información, llenan un vacío y prestan un valioso servicio. El problema”, añade, “es que [su visión] prevalece sobre la voluntad de los votantes y las necesidades del país”.

¿Es eso lo que está pasando?

Marketing. El argumento de que los lobistas desvirtúan la voluntad popular para favorecer los intereses particulares de los ricos es discutible. Para empezar, ¿qué es la voluntad popular? El columnista Robert Samuelson cree que no somos más que “una colección de intereses particulares”, a menudo enfrentados. La explotación del gas de esquisto es un atentado ecológico para unos y la solución de nuestros males energéticos para otros. La Declaración de Derechos de los Grandes Simios es una cruzada moral para unos y una chaladura para otros. Y en un país civilizado unos y otros deben disponer de libertad para perseguir sus objetivos. “Si la gente no pudiera organizarse para influir en el Gobierno”, escribe Samuelson, “la democracia estaría muerta”.

Samuelson tampoco considera que la actual situación beneficie especialmente a los ricos: en Estados Unidos, dice, el 10% más acomodado aporta el 50% de la recaudación tributaria, y el 60% del presupuesto federal se destina a transferencias que reciben las clases medias y bajas.

“El cabildeo es una forma de marketing”, concluye Samuelson. Pretende que una agenda concreta “se perciba, correcta o incorrectamente, como algo vital” para el bien común.

Y es una forma de marketing a la que recurren cada vez más colectivos.

“No llegaremos muy lejos en el debate sobre el lobbying mientras lo planteemos como un choque entre las aviesas empresas que lo practican y las bienintencionadas asociaciones que no lo practican”, asegura Phil Parvin, profesor de la Universidad de Kent. Hoy en día cabildea todo el mundo: desde el sindicato al partido, pasando por las ONG, las instituciones humanitarias o los colegios profesionales. Hasta los propios ministerios recurren a gabinetes de relaciones públicas para promover sus iniciativas.

“Es muy difícil trazar una distinción nítida entre los lobistas tradicionales y las organizaciones de la sociedad civil”, observa Parvin. Las movilizaciones populares y las grandes manifestaciones han ido perdiendo relevancia en la estrategia de Greenpeace, Amnistía Internacional o Amigos de la Tierra, que “prefieren un acercamiento más profesional para condicionar la política”.

En un estudio realizado para el think tank Hansard Society, Parvin constató que el grueso de las presiones que reciben los diputados británicos procede de ONG, de entidades caritativas y, solo en tercer lugar, de empresas. Y que lo que menos preocupa a los políticos es el poderío financiero del lobby o si tiene o no ánimo de lucro. La clave es el impacto en los votantes: ¿cómo afectará esto a mi reelección?

“A menudo se considera que cabildeo y negocio son sinónimos”, escribe Parvin, “pero los sondeos sugieren que los parlamentarios están menos dispuestos a escuchar a los lobistas del sector privado de lo que se piensa”.

La cuestión medular. De todo lo que Podesta ha hecho a lo largo de su vida, lo que más le enorgullece es la Fundación Buoniconti.

“Nicholas Buoniconti era una estrella del fútbol americano”, me cuenta. “Su hijo Marc recibió un golpe mientras jugaba en el colegio y se quedó paralítico de cuello para abajo. Contactaron conmigo para ver cómo podía echarles una mano”.

En aquel momento, el Estado no invertía ni un centavo en la investigación de lesiones medulares. “Explicamos a los congresistas que era una cuestión que no solo afectaba a los deportistas, sino a las víctimas de accidentes de tráfico o a los veteranos de Irak y Afganistán”, recuerda. “Ahora hay un gran edificio en Miami lleno de médicos buscando remedios, y todo empezó con nuestro modesto esfuerzo”.

“No tenemos buena reputación, pero prestamos un servicio a la sociedad”, sigue Podesta ya completamente embalado. “La democracia es enmarañada y lenta, el acceso a la información es imperfecto y lo que hacemos es llamar la atención a los políticos y decirles: introduzcan estas seis palabras de nada en la ley y se creará un fondo especial para financiar la investigación medular o la gente no tendrá que comer pollo congelado con una etiqueta que dice: fresco”.

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