“Piensa en las generaciones de antaño”

Nuestros jóvenes derrochan el tiempo en placeres y se han olvidado de cultivar las verdaderas virtudes. Como los sumerios.

“¿Tenemos la generación mejor preparada de la historia?”, se preguntaba hace unos meses el escritor Joaquín Pérez Azaústre. “Cada vez que lo oigo miro rápidamente a mi alrededor”, añadía a renglón seguido, y concluía unas líneas más abajo: “Todos los análisis […] nos llevan a pensar lo contrario”. El sociólogo Amando de Miguel también lleva tiempo denunciando que esto de los JASP (jóvenes aunque sobradamente preparados) es “pura fantasía”, “una leyenda urbana”.

Tanto uno como otro invocan el informe PISA, que nos sitúa “a la cola de los países europeos”, pero el grueso de su argumentación se apoya en impresiones personales: “mi experiencia de más de 40 años de profesor”, en el caso del sociólogo, y sus “muchos encuentros con chavales, en colegios e institutos”, en el caso del escritor. Azaústre habla incluso de un proceso de “empobrecimiento paulatino”, que atribuye al “desvergonzado abandono de la cultura del esfuerzo”. De Miguel coincide en que “todo en España respira fiesta”: nuestros adolescentes “son maestros de la holganza” y “ahí está el verdadero fallo que se acrecienta año tras año”.

Esta letanía de la escasa disposición al sacrificio se repite cuando se entrevista a los empresarios. “Tienen los brazos bajados”, decía el director de una multinacional refiriéndose a los jóvenes actuales. “Los hemos acostumbrado a tener las cosas fáciles, están acomodados”.

¿Estamos tan mal de verdad?

Empecemos por PISA. Los resultados son mediocres, pero en absoluto catastróficos. En 2009 España obtuvo 481 puntos en lectura, 483 en matemáticas y 488 en ciencia, levemente por debajo de las medias respectivas (493, 496 y 502). El catedrático de Sociología de la Complutense Julio Carabaña cree que se trata de diferencias pequeñas y que en ocasiones ni siquiera son estadísticamente significativas. “Estamos sin duda lejos de Finlandia o de Corea del Sur [que se mueven entre los 540 y los 550 puntos en todas las competencias]”, dice, “pero entramos en el mismo tiempo que el gran pelotón. Como ponen ustedes los periodistas en las crónicas del Tour, m. t.”

Carabaña fue asesor ejecutivo de José María Maravall, el primer ministro de Educación de Felipe González, y su criterio podría considerarse sesgado, pero su análisis de los datos es compartido por otros expertos que no han ocupado cargos ni con el PSOE ni con el PP.

“Los resultados de PISA no son terribles”, admite Juan Carlos Rodríguez, sociólogo e investigador de Analistas Socio-Políticos. “Son parecidos a los de otros países cuya educación no está tan cuestionada”.

“Nuestra media no es desesperante”, coincide el profesor de Economía de la Carlos III Antonio Cabrales.

El que nuestra media no sea “desesperante” no implica, sin embargo, que no se esté produciendo el “empobrecimiento paulatino” que denuncia Azaústre. Es verdad que estamos ante la generación “que ha disfrutado de un proceso formativo más largo (más años medios de estudio) y que presenta la mayor proporción de titulados superiores”, como escribe el catedrático de Economía de la Universidad de Olavide Antonio Villar. Pero por muy universitarios que sean, si “son maestros en la holganza”, tienen “los brazos bajados” y “están acomodados”, igual no han aprovechado las oportunidades que les hemos brindado y han asimilado menos materia que sus predecesores.

El modo de zanjar la controversia es realizar una comparación intergeneracional. Los franceses la hicieron en los años 90: cogieron a sus alumnos de bachillerato y los sometieron a las pruebas que habían superado a principios de siglo sus abuelos, aquellos temibles exámenes de grado. El veredicto fue que las nuevas generaciones sabían más.

En nuestro país, Villar ha aprovechado que desde el año pasado disponemos del Programa para la Evaluación Internacional de las Competencias de Adultos (PIAAC, en sus siglas inglesas), una especie de PISA para mayores de 16 años, y ha cotejado las calificaciones que las diferentes cohortes obtienen en matemáticas.

Su conclusión es que, en el largo plazo, el progreso es incuestionable. El grupo más joven obtiene valoraciones muy superiores a la generación de Amando de Miguel en todos los grados de formación: obligatoria, secundaria y superior.

Ahora bien, entre los universitarios sí se aprecia últimamente cierto deterioro: los menores de 24 años sacan un 6,43 sobre ocho, una nota “ligeramente” inferior al 6,68 de la cohorte de 25 a 34 años y al 6,76 de la de 35 a 44.

Son 33 centésimas de diferencia que, como sucede con PISA, quizás ni siquiera sean significativas. Pero supongamos que sí lo son. En ese caso quedaría efectivamente probado que nuestros jóvenes no son la generación mejor preparada de la historia. Son la tercera generación mejor preparada.

Puesto así tampoco suena dramático, pero ¿y si resulta que estamos ante el inicio de un declive imparable? No hay que confiarse. Villar apunta, de hecho, varias hipótesis para explicar el empeoramiento, pero son todas bastante técnicas, como que las cohortes recientes se han visto perjudicadas por la reforma universitaria y sufren un efecto Bolonia, etcétera.

Lo que no menciona es el abandono de la cultura del esfuerzo. No me extraña. La queja de que los jóvenes derrochan “el tiempo en placeres” y se han olvidado de cultivar “las verdaderas virtudes” es tan vieja como la humanidad. Literalmente. Figura en las tablillas con caracteres cuneiformes cuya traducción recogió el arqueólogo Samuel Noah Kramer en La historia empieza en Sumer. “¿Crees que llegarás al éxito, tú que te arrastras por los jardines públicos?”, le recrimina el padre al hijo que arrastra sus estudios de escriba. “Piensa en las generaciones de antaño, frecuenta la escuela y sacarás un gran provecho”.

Llevamos, por lo visto, 3.500 años de declive imparable.

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