La materia de la felicidad

De cómo el sueño de la razón de James Mill engendró los monstruos de su hijo John Stuart.

¿Por qué nos cuesta tanto doblegar las emociones? Vamos andando por la calle, pensando en un editorial sobre la unión bancaria, y de repente la amígdala reclama nuestra atención: “Tío, ¿has visto cómo está esa mujer?” O el jefe nos hace alguna observación perfectamente razonable y notamos cómo la sangre nos hierve en las venas: “Sacúdele en toda la cara, hombre”.

Por fortuna, la corteza prefrontal sale al quite, contiene esas pulsiones primitivas y logra que prevalezca la cordura. ¿No podríamos pasarnos, francamente, sin la amígdala y sus intemperancias? “Odiar salvajemente a alguien es poco práctico”, le dije una vez a Ignacio Morgado. Este catedrático de Psicobiología acababa de publicar Emociones e inteligencia social. Con su paciencia infinita de docente me expuso que la evolución era muy conservadora. “El cerebro conserva las estructuras y funciones viejas al lado de las nuevas, no ha dejado nada por el camino”. La aparición de la consciencia no arrinconó las emociones, ni siquiera las puso a sus órdenes. Siguen siendo respuestas reflejas y automáticas, algo necesario para garantizar su eficacia. “La amígdala y el resto del cerebro emocional tienen grabadas las situaciones que en el pasado fueron relevantes y reaccionan en cuanto las perciben, instantáneamente, sin que nos dé tiempo a pensar en lo que pasa”. La corteza cerebral es muy lenta. Si hubiera que esperarla, la mitad de las veces no llegaría. “La emoción nos ha ayudado a sobrevivir”.

—¿Pero no se ha vuelto un estorbo? —le dije—.

—Permítame que le responda con otra pregunta —contestó—. ¿Dónde estaba cuando le dieron la noticia de que las Torres Gemelas habían sido derribadas?

—Caminaba por López de Hoyos. Vi un barullo en un bar y entré. La televisión daba imágenes de la primera torre en llamas y un locutor decía: “Parece que han cerrado el espacio aéreo”. Y…

—Caramba, qué bien se acuerda. ¿Y qué había comido ese día?

—Sé que volvía de un Vips, había estado con unos compañeros.

—Sí, sí, pero ¿qué había comido?

—Supongo que el típico sándwich.

—¡Amigo! ¿Por qué se acuerda tanto de lo de las Torres y no de lo que comió?

—Hombre, soy periodista. ¡Menudo follón tenía cuando volví a la redacción! Hubo que levantar todas las páginas.

—No. Le voy a dar la respuesta. Se acuerda de lo de las Torres y no de lo que comió porque lo de las Torres le emocionó y la comida, no.

—Era el Vips, no creo que le emocione a nadie. Bueno, a mi hijo Carlos quizás.

—Pues fíjese el papel que juegan las emociones en la memoria. Gracias a ellas nos acordamos de las cosas importantes que nos pasan en la vida: el primer beso, el primer lo que tú quieras, el primer hijo…

—En ese orden, además.

—Si no hay emoción, la memoria no se forma con la misma fuerza. Es como si la amígdala nos dijera: “Ese estímulo es peligroso, o beneficioso, toma buena nota de él para prestarle atención en el futuro”. En general, cuanto más se activa la amígdala, mejor es el recuerdo que conservamos. Eso nos ayuda a concentrarnos, pero también a fijar prioridades. A menudo oímos que, para tomar buenas decisiones, hay que hacer un análisis lógico de las posibles alternativas y, sobre todo, mantener al margen los sentimientos. Mentira. Es al revés, justo al revés. ¿Qué es lo que al final nos permite inclinarnos por una opción? La emoción que nos produce. Si ninguna nos entusiasma, nos costará decidirnos, todo nos parecerá plano, uniforme, trivial.

El experimento. Durante siglos, el ideal ético en Occidente fue el dominio de las pasiones. Los sabios de la Antigüedad y los santos cristianos buscaban la apatía, la impasibilidad, la ataraxia, pero nadie llevó tan lejos esta noción como el padre de John Stuart Mill.

Como cuenta Isaiah Berlin, James Mill era discípulo de Jeremy Bentham y creía que el utilitarismo había dominado los rudimentos de la nueva ciencia del hombre. Suministró a su hijo una dieta intelectual cuidadosamente elaborada: muy poca poesía y nada de religión, de metafísica y de todo lo que consideraba fruto de la ignorancia y el oscurantismo.

El experimento tuvo “un éxito aterrador”, según Berlin. A los 12 años, Stuart Mill poseía los conocimientos de un adulto excepcionalmente erudito. Era un individuo puramente racional, al que habían extirpado toda emoción.

Pero lejos de alcanzar la armonía y la paz previstas por su tutor, el joven John Stuart se vio sumido en una profunda depresión. Con los sentimientos se había esfumado también cualquier atisbo de ilusión. Todo le era indiferente, plano, uniforme, trivial.

La razón nos ayuda a construir catedrales que no se desmoronan y aviones que se sustentan en el aire, pero no nos infunde ni la pasión de levantarlas ni el deseo de volar. Al revés. La lógica es corrosiva. Se nutre de la duda y la desconfianza. Funciona dividiendo, disgregando, demoliendo. “Mi educación no me facilitó sentimientos lo bastante fuertes como para resistir la disolvente acción del análisis”, recordaría Stuart Mill. Su padre le cegó “las fuentes de la vanidad y la ambición”, absurdas y reprobables a la luz de la sabiduría clásica y la moral católica, pero sin cuyo concurso nadie se mueve. “Ni los placeres egoístas ni los altruistas eran placeres para mí”.

Stuart Mill se preguntaría muchas veces en aquella época si una existencia semejante merecía la pena, y concluyó “que no podría soportarla más de un año”. Pero un día, leyendo el pasaje de las memorias del músico Antoine François Marmontel en las que éste describe su trágica infancia, rompió a llorar. Se dio cuenta entonces de que su caso no estaba perdido, de que todavía abrigaba emociones. “No era un tronco o una piedra. Tenía, al parecer, algo de la materia de la que […] está hecha la capacidad de ser feliz”.

No hay receta. Bentham y los utilitaristas buscaron obsesivamente la receta de la felicidad y, si hubieran descubierto una píldora que la indujera, habrían batallado por hacer obligatoria su administración.

Stuart Mill pensaba, por el contrario, que la esencia del ser humano es la libertad de elección. En cuanto se nos despoja de ella, aunque sea para imponernos un objetivo superior o la mismísima beatitud, languidecemos. No se puede ser feliz a la fuerza. La ilusión no se prescribe. Surge, no se provoca.

Podemos reconstruir punto por punto el escenario de un gran momento pasado. Una cena, por ejemplo. Reservar el mismo restaurante, elegir el mismo menú, convocar a los mismos comensales. Pero nada garantiza que vuelva a manifestarse la magia y, cuanto más nos obsesionemos por recrearla, menos capacidad tendremos para disfrutarla. La felicidad no resiste el más mínimo análisis. O la piensas o la vives. Como una gacela, el peor modo de atraerla es correr hacia ella, pero se nos cruzará cuando menos lo esperemos: mientras estamos en compañía de alguien, mientras damos un paseo, mientras escuchamos una canción que ni siquiera sabíamos que queríamos escuchar.

Podemos hacernos dignos de la felicidad, pero no controlarla ni comprimirla en una fórmula racional, porque ello esterilizaría la materia sentimental de la que está hecha. Como me explicó Morgado aquel día, las emociones son nuestras amigas, aunque debamos aprender a gestionarlas. O en palabras de David Hume, “la razón es, y solo debe ser, una esclava de las pasiones, y no puede pretender otro oficio que el de servirlas y obedecerlas”.

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