De parados y solteros

El 50% de las parejas se separan al cabo de cinco años. Es verdad que hay gente que no pone ningún cuidado, pero tampoco es tan fácil. Lo raro no es que tantos matrimonios salgan mal. Lo raro es que alguno salga bien.

 “Ahí fuera te espera tu media naranja exacta, el amor de tu vida”, me dijo una noche Monroe Stahr en su pub. “¿Cómo nos las arreglamos para dar con ella?” Apuró el whisky antes de responderse a sí mismo. “Seamos sinceros: lo hacemos fatal. ¿Cómo conociste tú a tu mujer?”

No es una historia muy romántica. “Nos hicimos novios en la universidad”, le contesté. “Siempre dice que se fijó en mí porque iba con un tipo que le llamó la atención”.

Monroe se rio con lo que me pareció desdén, aunque desde que la gente se inyecta bótox es cada vez más arriesgado interpretar los gestos. “¿Qué querías?”, repuse molesto. “¿Que contratara un anuncio en la prensa?”

“Fue más o menos lo que hiciste, ¿no? Colocar tu producto en una serie de éxito”. Volvió a reírse. “No eres tan idiota”. Era raro oír a Monroe emplear el adjetivo idiota en una proposición negativa, así que le oculté que todo había sido una casualidad. Aquel tipo se había perdido buscando el aula. Nunca volvimos a vernos.

“Mi hija Brenda es un desastre”, empezó. Era obvio que pretendía desahogarse. Yo sólo quería tomar una copa mientras escuchaba jazz. Levanté la mano, en una tímida petición de respeto por St. James Infirmary, pero me ignoró como ignora a todo el mundo. “Brenda nunca ha sido gran cosa físicamente, ya la conoces”, continuó. Exageraba. Brenda era un cardo. Y no tenía un carácter precisamente dulce. “Así y todo, no le han faltado pretendientes, alguno incluso digno. Pero disfruta dándoles calabazas, cruelmente a veces”.

Da miedo pensar qué considera cruel un tipo como Monroe, de quien se dice que guarda en formol el páncreas de sus rivales. ¿Por qué el páncreas? Imagino que porque es menos comprometido que colgarse del cinto una cabeza reducida, como los jíbaros.

“Hace un año conoció a Ken. Un tipo educado, buen mozo, con dinero. Está casado y tienen una niña preciosa. Pero no sé qué clase de degenerado es y se está acostando con Brenda”.

Era la típica historia, no quiero aburrirles: chica encuentra a chico casado, chica concibe ilusiones, chico casado no las desalienta…

“¿No se da cuenta de que se está burlando de ella?”, estalló Monroe. “¿Por qué somos tan idiotas? ¿No hay otro método más científico de buscar pareja? Todo debería ser más aséptico, menos apasionado. Como contratar a una camarera”.

“¿Y si lo fuera?”, se me ocurrió. “¿Y si los motivos por los que hay solteros y parados fuesen similares?”

Monroe me miró con alarma, como si de repente cayera en la cuenta de que de verdad no era tan idiota. Luego apartó la mirada, recompuso su habitual expresión de indiferencia y me ordenó: “Averíguame eso, ¿quieres?”

El esmoquin. No me costó dar con los papeles de Gary Becker. Este tipo de Chicago sostiene que el matrimonio es un contrato como cualquier otro. Se cierra cuando las partes consideran que la utilidad de casarse supera a la de permanecer soltero. Hombres y mujeres competimos por seducir a los ejemplares más atractivos. Cada uno nos fijamos unas características mínimas, por debajo de las cuales no nos compensa emparejarnos, pero no son inamovibles. A menudo partimos con una estimación muy optimista de nuestro valor de mercado y, tras un período de exploración infructuosa, debemos rebajarla.

La lógica clásica sostiene que todos los mercados tienden al equilibrio. Cuando hay exceso o escasez de algo, el precio cae o sube hasta que la oferta y la demanda se igualan. Si el ajuste es fluido, no puede haber recursos ociosos mucho tiempo. En este modelo, el celibato y el desempleo son friccionales (cuesta hallar pareja) o voluntarios (algunas personas rechazan los opciones disponibles).

Parece una buena idea, y funciona muy bien con el café o la bauxita. Pero no hay que ser un genio para darse cuenta de que no es lo mismo comprar materias primas que encontrar trabajo o novio. Para lo primero basta consultar el Journal y dar un telefonazo. Para lo segundo hay que hacer una búsqueda, y eso introduce una distorsión radical.

Supongamos que quiere usted hacerse un bonito esmoquin como el de Bogart en Casablanca. Ignora lo que cuesta (ha preguntado a los muchachos y cada uno le ha dado una cifra), pero calcula que podría gastarse uno de los grandes. Ése es su precio de reserva. Se guarda el dinero en la chaqueta y empieza a ir de tienda en tienda.

Cada uno de los sastres que visita sospecha que usted tiene un presupuesto. También se imagina que no quiere eternizarse buscando y que, si le pide una cantidad cercana a la que lleva encima, probablemente cierre la venta. Es decir, procurará cobrarle lo máximo que puede pagar, que es lo que en economía se llama un precio de monopolio.

El inconveniente del precio de monopolio es que es ineficiente, porque reduce la demanda y la oferta. Si los esmóquines son caros, habrá menos muchachos dispuestos a encargar uno. Esto no es una tragedia, aunque lo parezca cuando ves cómo le sienta a alguno el esmoquin de alquiler. Pero en el caso de los mercados laboral y matrimonial, una oferta insuficiente significa niveles de emparejamiento inferiores a los deseables. O sea, más parados. O sea, más solteros.

Taxis. La solución habitual a los problemas de información es el intermediario: una agencia matrimonial o una oficina de empleo. Pero los mercados de búsqueda funcionan mal incluso cuando la transparencia es elevada. El economista Ricardo Lagos lo ilustra con el caso de los taxistas de Nueva York, que hacen cola en el aeropuerto aún a sabiendas de que hay miles de clientes desatendidos en el centro de la ciudad.

Así son también las cosas del corazón. Por mucho que te contonees en el pub de Monroe con el cartel de libre tatuado en la frente, no tienes por qué recibir ofertas. No es que no haya mujeres para ti; es que están todas haciendo cola delante de Ken.

Ken podría liberar a alguna y dejar que los demás se divirtieran. Sé de más de uno que se daría por satisfecho con el peor de sus descartes. Pero a Ken igual le interesa disponer de opciones de recambio, por si le falla la principal. O es un vicioso. El caso es que tontea con Brenda y eso perjudica a otros pretendientes.

Subóptimo. Sé que es duro de roer, pero las decisiones individuales no suelen generar tasas de emparejamiento óptimas, ni en el amor ni en el empleo. Lo dice el personaje de John Nash en Una mente maravillosa: “Adam Smith estaba equivocado”. No sé si recuerdan la escena. Nash y sus amigos están en un bar en el que acaban de entrar seis chicas (una rubia explosiva y cinco morenas) y bromean sobre cómo repartírselas. “Que decida la mano invisible”, sugiere uno. Pero Nash les explica que si todos atacan a la rubia, se estorbarán y ninguno se la llevará. Y cuando se vuelvan a por las morenas, éstas también los rechazarán, porque a nadie le agrada ser plato de segunda mesa. “Adam Smith decía que, para promover el interés general del modo más efectivo, cada uno debe perseguir el suyo propio”, prosigue Nash.

“Sí”, coincide un amigo, “es la base de la moderna teoría económica”.

“Se equivocaba. El mejor modo de promover el interés general es perseguir el suyo propio y [a la vez] el general”.

Los clásicos creían que los mercados tenían un único equilibrio, y que coincidía además con el máximo bienestar social, pero pueden existir varios equilibrios y algunos te dejan atrapado en situaciones como la de la película, con niveles de emparejamiento muy alejados del ideal. ¿Cuál es la solución?

No se puede obligar a nadie a que piense en su interés y a la vez en el general, como dice Nash. Pero sí podemos diseñar mecanismos que nos hagan conscientes de los costes que nuestras decisiones imponen a los demás. Por ejemplo, cuando la sociedad obliga a un licenciado a meterse a albañil, se pierde la inversión que se ha hecho en su educación. Por eso tiene sentido que le paguemos un subsidio de paro que le permita (1) aguantar hasta que surja un puesto a la altura de su formación y (2) dejar libre una vacante de albañil para la que hay pretendientes más adecuados.

Del mismo modo, habría que encontrar el modo de que Ken internalizara el perjuicio que ocasiona tanto a Brenda, reteniéndola para nada, como a los pretendientes para los que Brenda sería una media naranja ideal.

Colgados. A Monroe le encantó lo de obligar a Ken a internalizar los costes. “O sea, que según tus amigos culturetas debería pagarle para que dejara en paz a Brenda”. Giró su pestilente puro dentro de la boca. “¿Y no funcionaría igual la tradicional paliza?”

“No sé. Piensa que además tendrías que convencer a Brenda de que olvidara a Ken”.

“Puedo comprarle otro novio”.

“No es tan fácil. Los economistas clásicos daban por supuesto que los parados saltan a otro sector cuando el suyo se desmorona, pero muchos se han quedado colgados de la siderurgia o la minería, como Brenda de Ken”.

Monroe guardó silencio un instante. “Es un mundo muy grande”, dijo exhalando una bocanada densa y acre. “Lo extraño sería que todos los que hacen buena pareja se encontraran”.

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2 Respuestas a “De parados y solteros

  1. Estimado Miguel , no considero adecuado el término ” cardo ” como definitorio del aspecto externo de una persona . De hecho el cardo es una bella planta cuando esta en flor , a mi me gusta , pero si te acercas a ella e intentas cogerla , aunque sea de forma sutil , verás que te hiere pues clava sus espinas en ti .
    Hace unos días en una caminata con tu maravillosa hermana por el campo , hablamos precisamente de ello , cogíamos setas y ante un cardo el tema surgió .
    Una mujer ” cardo ” es aquella que te atrae por su belleza exterior , pero que cuando te aproximas a ella te das cuenta que no atesora valor alguno y muestra una forma de ser tosca y burda .
    Abrazos.
    P.D. Me gustan mucho tus artículos.

    • Muy justa la precisión. El problema es que, cuando trabajas con palabras, las vas cogiendo de la caja de herramientas irreflexivamente, sin pensar bien en su historia ni sus sentimientos.
      Por lo demás, todos somos un poco cardos y a menudo nos pinchamos sin querer. Schopenhauer lo llamaba el dilema del erizo: cuanto más próxima es nuestra relación con otra persona, más fácil es que nos hagamos daño. Pero cuanto más nos alejamos, más frío pasamos…
      Un fuerte abrazo y muchas gracias.

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