La tierra prometida

En octubre del año pasado visité Tel Aviv. Quería averiguar por qué se ha convertido en el lugar del mundo donde más start-ups surgen después de Silicon Valley. Ésta es la crónica del viaje.

Uno de los objetivos estratégicos de Tel Aviv es “cultivar la mejor vida nocturna del mundo”. Lo dice con estas palabras textuales el alcalde, Ron Huldai. En la recepción que ha organizado en la terraza del Ayuntamiento no nos exhorta a visitar los museos y los monumentos, sino a conocer la ciudad “después de las dos de la madrugada”. Solo le falta añadir: “El que no esté colocado, que se coloque… ¡y al loro!”, aunque a título de sugerencia me permitiría indicar a las autoridades telavivenses que difícilmente se puede uno colocar a base de limonada, que es casi todo lo que queda al cabo de un rato. ¿Qué idea tienen de “la mejor vida nocturna”? Ni siquiera dan croquetas. Está claro que hay que salir de aquí como sea y me apunto a un tour de la ciudad en autobús.

En principio, en el programa que traigo de Madrid no figura ningún tour en autobús, pero los programas en Israel tienen una validez relativa. Lo pone en Start-Up Nation, el libro en el que Dan Senor y Saul Singer desentrañan “el milagro económico de Israel” y que me he venido empollando en el avión. (Bueno, también he visto Resacón en Las Vegas 3.) Dice: “Un poco de caos no solo es bueno, sino fundamental”. Seguir las órdenes al pie de la letra es propio de rosh katan, de personas de “cabeza pequeña”. Hay que “poner la improvisación por delante de la disciplina”.

Así que salto al autobús. El tipo que me ha invitado se llama Eliav Blizowsky, lleva las relaciones internacionales del ayuntamiento y me han dicho que es una autoridad en el tema que me ha traído aquí: cómo logró Israel reconvertir su economía. Hace apenas dos décadas, el país era famoso por sus naranjas. Hoy exporta alta tecnología, tiene 63 empresas cotizando en el Nasdaq (más que toda Europa junta) y, después de Silicon Valley, es la región del planeta donde más start-ups surgen.

Blizowsky me explica que no es culpa suya. “Somos un pueblo pobre, rodeado de desiertos y de vecinos que quieren destruirnos. Si fallamos, acabamos en el mar”. La apuesta por la innovación era cuestión de vida o muerte. “Nuestro enemigo nos supera en número y teníamos que compensar esa inferioridad a fuerza de ingenio”.

Los laboratorios militares han sido un venero inagotable de tecnologías y, con el tiempo, muchas han encontrado aplicaciones civiles. Los creadores de Fraud Sciences, la división de Pay Pal que detecta transacciones online sospechosas, empezaron rastreando terroristas en internet. Y la óptica que guía los misiles es la misma que usa ahora PillCam, una pastilla que emite imágenes desde el interior del cuerpo humano.

“Aquí todo está conectado”, dice Blizowsky. “El Ejército, la ciencia, la industria… Somos mediterráneos, nos gusta compartir ideas, relacionarnos”. Y me señala las terrazas de Tel Aviv, que bullen a pesar de lo avanzado de la hora. “¿Ve a toda esa gente? Aprovechan para hacer brainstorming”.

“Sí”, le digo, “esa parte también se nos da muy bien en España”.

 

Amarás al joven. “En 2009, con motivo del primer centenario de Tel Aviv, decidimos poner la ciudad en el mapa”, dice Hila Oren, directora general de Tel Aviv Global City, una empresa dependiente del Ayuntamiento. “Queremos ser la nueva Berlín, la nueva Barcelona”. (Observen, incidentalmente, que no menciona a Madrid.)

El objetivo es captar turistas, dinero, talento. “¿Y qué hace a un lugar magnético?”, se pregunta retóricamente Caroline Haynes, consultora de estrategia de KPMG. “No es una fórmula complicada. El patrón se ha repetido una y otra vez en España, en Suecia, en Corea del Sur”.

Primero, hay que recuperar el entorno. Bilbao levantó el Museo Guggenheim sobre las ruinas de la Sociedad de Maderas y Alquitranes. Y Malmoe contrató un estudio de arquitectura, demolió sus astilleros y reconstruyó literalmente la ciudad.

Segundo, “hay que atraer a gente joven y dinámica, y para ello debes organizar conciertos, acoger exposiciones, tener una vida cultural activa”. En Changwon regalaron un barrio a los artistas. Les dijeron: “Instalaos aquí. Gratis”.

Finalmente, hay que facilitar los negocios, rebajando impuestos y eliminando barreras al comercio. “Tel Aviv no cierra nunca”, dice Haynes, “es un sitio magnífico para vivir, alegre y ambicioso”.

“Somos una de las ciudades más jóvenes del mundo”, alardea Hila Oren. “El 35% de los habitantes tienen entre 18 y 35 años”. Son la Generación del Milenio, los nativos de internet, los pioneros del nuevo continente digital.

Me encuentro a unos cuantos de ellos en el DLD Festival, una especie de Foro de Davos del ciberespacio que desde 2006 reúne a empresas, inversores y líderes sociales. Empezó en Múnich, pero ha pasado por Nueva York, Londres, Nueva Delhi o Pekín. En Tel Aviv han tomado la antigua estación de ferrocarril. En un hangar han habilitado un auditorio para conferencias y mesas redondas y en otro tienen montada una exhibición con toda clase de cachivaches: una aplicación que te enseña a tocar el piano como si jugaras a los marcianitos, una ducha con karaoke, una mano mecánica bastante denterosa, un dron de papel que se controla desde el iPhone …

Pueden parecer una broma, pero la app de los marcianitos acaba de cerrar una ampliación de 1,5 millones de dólares. Y las grandes empresas se toman muy en serio a estos emprendedores adolescentes. Google les ha consagrado una de las siete plantas que ocupa en la Torre Electra de Tel Aviv. “Les suministramos espacios y medios para que se reúnan”, dice Michal Waltner, responsable de Relaciones con los Desarrolladores. También tienen una biblioteca con todos los modelos de tabletas y smartphones, para que los creadores de apps afinen sus diseños. “No sale barato”, admite Waltner, pero encauza el talento de los desarrolladores hacia Android y ya se sabe que, cuantas más aplicaciones ofrece un sistema operativo, más se vende.

Microsoft, por su parte, patrocina en el DLD Festival un encuentro de citas rápidas para start-ups. Los aspirantes disponen de 15 minutos para exponer su proyecto a inversores o empresarios de primera línea. La sala es un gallinero atronador. “Hay 120 start-ups y decenas de directivos”, explica Zack Weisfeld, director de Estrategia de la multinacional. La iniciativa arrancó en 2012 y “por supuesto” que Microsoft invierte en los candidatos más brillantes. “En los últimos cuatro años ha surgido una compañía de 1.000 millones de dólares cada mes y nadie quiere perderse la siguiente”, dice Weisfeld.

No respetarás ni a tu padre. Yossi Vardi es grueso, desaliñado, multimillonario y muy ácido. Senor y Singer creen que Tel Aviv debería levantarle un monumento. “Su firme decisión de seguir confiando [en las empresas israelíes de internet en 2000] cuando todos daban al sector por perdido contribuyó a su recuperación”, escriben en Start-Up Nation. Pero no se crean que Vardi tiene una teoría muy articulada sobre el éxito del país o, para el caso, el suyo propio.

“¿Que cuál es el secreto de Israel?”, nos dice con su voz aguardentosa a un grupo de periodistas. “Tiene que ver con nuestro sistema de valores. No sé si han oído hablar de la madre judía. Desde los cinco años te está repitiendo: ‘Con todo lo que hemos hecho por ti, lo menos que puedes hacer es ganar un premio Nobel para la familia’. Esto es parte de nuestro ADN. Y luego están las políticas del Gobierno, el Ejército…”

“También habrá ayudado el capital de Estados Unidos”, apunta un compañero.

“Mire”, le responde Vardi, “una empresa no fracasa solo por falta de fondos. Influyen otros factores. La suerte, por ejemplo. Yo he invertido en un montón de proyectos que han sido un éxito y no tengo ni idea de qué es lo que hacen”.

“Pero ganará dinero”, le digo.

“Lo justo para no arruinarme”.

“¿Y por qué lo hace, entonces?”

“Es una buena pregunta para mi psiquiatra. Debe de tratarse de algún desorden genético”.

Y así sucesivamente. Vardi tiene lo que aquí llaman chutzpah. Es un término yiddish cuya traducción fácil sería descaro. Hay un chiste muy ilustrativo. Están un ruso, un americano, un chino y un israelí y un encuestador les dice: “Disculpen, ¿qué opinan de la escasez de carne?” El ruso contesta: “¿Qué es carne?” El americano: “¿Qué es escasez?” El chino: “¿Qué es opinan?” Y el israelí: “¿Qué es disculpen?”

Pero la chutzpah no es solo el desprecio por la etiqueta, que está efectivamente muy presente en la informalidad en el trato y el vestuario, o en la molesta persistencia con que los conductores telavivenses tocan el claxon. Es también una aversión al argumento de autoridad. “Un directivo americano me contaba que en Estados Unidos, cuando daba una instrucción a un subordinado, la cumplía”, dice Fiona Darmon, responsable de Relaciones con los Inversores del fondo de capital riesgo JVP. “Aquí le responden: ‘Muy bien, pero creo que no es el mejor modo de hacerlo”.

Ser jefe no supone ninguna garantía en este país, ni siquiera en el Ejército, donde los soldados pueden votar la destitución de un oficial incompetente. Todo se cuestiona, nada es inconcebible. Cuando en 1994 Hamás inició una campaña de atentados suicidas, muchos expertos en seguridad creyeron que no había defensa posible contra ese tipo de terrorismo. “Tendrías que levantar un muro alrededor del país, registrar a cada turista”, dijeron, y eso es exactamente lo que los israelíes han hecho. En Barajas, antes de abordar el avión, un oficial te somete a un minucioso tercer grado, y da lo mismo que vayas recomendado por el embajador o que seas un anciano valetudinario que viaja a Tierra Santa antes de exhalar su último suspiro.

Santificarás las quiebras. Ya hemos visto que una de las claves del milagro israelí es su industria de defensa. En ella se cuecen avances que sirven luego de base a prósperos negocios particulares. Sin embargo, Singapur y Corea del Sur también viven bajo la amenaza constante de vecinos hostiles y su modelo de Ejército es parecido. ¿Por qué no se da allí la misma transferencia tecnológica ni se generan tantas start-ups?

Senor y Singer creen que el motivo es cultural. En Singapur son demasiado disciplinados: “la iniciativa, el riesgo y la agilidad” son tres conceptos que les resultan “totalmente ajenos”. En cuanto a los coreanos, tienen un miedo patológico al fracaso. “En Israel no importa fallar, casi se fomenta”, dice Fiona Darmon, la directiva de JVP. “Se considera que alguien que lo intenta a pesar de haber sufrido un revés tiene carácter y perseverancia”. Además, difícilmente repetirá los mismos errores.

La propia historia de Israel está llena de descalabros y viajes a ninguna parte. David Ben Gurion, uno de los padres fundadores, admiraba la Revolución Rusa y organizó la agricultura en granjas colectivas (los famosos kibutzim) que renegaban de la propiedad privada. Tampoco tuvo inconveniente en embarcar al Gobierno en todo tipo de aventuras empresariales, como la industria aeronáutica.

Este dirigismo funcionó bastante bien al principio. Dar tractores a los colonos o emplear a los parados en fábricas estatales impulsa la riqueza nacional. Pero llega un momento en que ya no quedan colonos a los que dar tractores ni parados que movilizar, y el crecimiento depende entonces de las mejoras de la productividad. Ese punto se alcanzó en los 70. La falta de competencia en telefonía, distribución o automóviles desincentivaba la elaboración de artículos de calidad, el nivel de vida de los israelíes se fue deteriorando y el estallido de las crisis del petróleo los acabó de empobrecer.

Como en el resto de Occidente, el Gobierno intentó defender la renta real de sus ciudadanos limitando los precios y subiendo los salarios, pero solo logró embalsar una inflación latente que se desbordaría aparatosamente en 1984, cuando el IPC alcanzó el 445%.

La década se cerró con un plan de estabilidad tutelado por el FMI: recortes de servicios, subidas de impuestos, cierres de empresas… Por si esto no bastara, el país se disponía a afrontar la avalancha de inmigrantes judíos (unos 800.000) que estaban aprovechando la caída del Muro de Berlín para regresar a Palestina.

Parecía una catástrofe humanitaria, pero resultó un golpe de suerte.

Codiciarás el riesgo. “Los rusos no pudieron ser más oportunos”, cuentan Senor y Singer. “A mediados de los 90 el boom tecnológico mundial se hallaba en pleno apogeo y el sector privado […] estaba ávido de ingenieros”.

A diferencia de los judíos etíopes, que vivían en chozas de barro y no sabían leer ni escribir, los soviéticos eran médicos, físicos, químicos… Irradiaban erudición. A uno lo colocaron de bedel en un instituto de Tel Aviv. El hombre había sido catedrático de Matemáticas en la URSS y, al ver el lamentable nivel de los alumnos, empezó a impartir clases nocturnas. Hoy Google recluta allí a sus programadores.

“Las autoridades entendieron en seguida que debían hacer algo para explotar el capital intelectual que suponía la inmigración rusa”, dice Fiona Darmon. “Ese fue el origen del programa de incubadoras”.

Su responsable es el jefe de la Oficina Científica del Ministerio de Economía, Avi Hasson. “No movemos mucho dinero”, explica. “450 millones de dólares anuales [333 millones de euros], pero las start-ups no requieren inversiones fuertes. Necesitan que alguien comparta el riesgo y eso es lo que hacemos nosotros”.

Ahora mismo, hay incubándose 2.000 compañías en Israel. Ningún otro país promueve el emprendimiento a semejante escala. “Las claves son dos”, dice Hasson. “Primero, la estabilidad. El programa se ha mantenido a pesar de la alternancia política. Es un objetivo multipartidista”.

“La segunda clave”, continúa, “es el dinamismo. La economía evoluciona muy deprisa. Si el Gobierno tarda dos años en dar soluciones, probablemente resuelva el problema equivocado, o resuelva el problema bueno, pero la empresa haya quebrado. Hace falta diligencia. Si se tiene que cambiar, se cambia”.

El propio programa ha pasado por varias etapas. Al principio, las incubadoras las gestionaba la Administración, pero hoy lo hacen firmas privadas como JVP. “Imagine que me viene alguien con una idea que considero interesante”, explica Fiona Darmon. “Voy al jefe de la Oficina Científica, le presento el proyecto y, si lo aprueba, pone el 80% de la inversión. Yo me hago cargo del 20% restante y monto una estructura alrededor del innovador: le pongo una oficina, le doy servicios…”

El ciclo de la incubación se desarrolla en tres fases. “Durante los seis primeros meses”, dice Darmon, “se forma el equipo, se define el mercado y se desarrolla el producto, que puede ser una tecnología o, como nos pasó hace poco, un mero algoritmo. El segundo semestre se pone en marcha y el tercero debe empezar a cerrar operaciones”. La idea es que, al cabo de año y medio, la start-up esté en disposición de efectuar su “salida”, es decir, de venderse, de fusionarse o de cotizar en bolsa. “En JVP ya hemos sacado 11 sociedades al Nasdaq”, dice Darmon.

Te conectarás. “Si tuviera que quedarme con un elemento, elegiría el talento: gente preparada, inteligente y encantada de trabajar y asumir riesgos. Eso es lo que explica el milagro de Israel”, dice Bjoern Herrmann. Este alemán larguirucho y atildado cuenta con varias empresas a sus espaldas, a pesar de que apenas tiene 28 años. (Claro que, por lo que he visto aquí, a los 28 años ya estás para que la tribu te abandone en la tundra del ciberespacio y te devoren los osos.)

Después de su segundo proyecto, Herrmann empezó a asesorar a otras mentes inquietas y, en un momento dado, se dio cuenta de que podía ayudar a mucha más gente si vertía su experiencia en un informe. Así nació Startup Ecosystem, un catálogo razonado de las 20 ciudades donde es más fácil emprender. La primera es Silicon Valley y la segunda, Tel Aviv.

“Otro aspecto relevante es que aquí todo está conectado”, prosigue Herrmann. “Si se te ocurre una idea, puedes desarrollarla rápidamente, porque estás rodeado de programadores, de diseñadores, de abogados o de expertos en marketing dispuestos a echar una mano. Tel Aviv no es más que talento interconectado”.

El tercer paso consiste en enganchar esta red local al ecosistema global. Muchos Gobiernos pretenden replicar Silicon Valley, pero eso ya está inventado. Hay que hacer algo diferente, o lo mismo, pero más barato, más deprisa, mejor…

 “La buena noticia es que no es una cuestión de dinero”, dice Herrmann. “El Estado no debe volverse loco con inversiones que desestabilizan sus cuentas. Una start-up se pone en marcha con miles de dólares. La mayoría muere a los pocos meses: por eso la iniciativa privada es tan refractaria a entrar. Pero una vez superada la fase crítica, el mundo está lleno de dinero deseoso de apoyar proyectos prometedores”.

“Chile lo ha conseguido”, añade, “y no le costó tanto”. El Gobierno lanzó en 2010 el programa Startup y ha atraído a 482 empresas de 36 países, a las que ofrece 40.000 dólares a fondo perdido para cubrir los costes de vida en Santiago.

“Tenemos que sacudirnos los complejos”, concluye Herrmann. “Los tipos que levantaron Silicon Valley no tenían nada especial. Eran como usted y como yo, solo que un día se les ocurrió una idea y se pusieron manos a la obra”.

No molestarás. Frente a la receta germana de la austeridad y la disciplina, Tel Aviv plantea la alternativa de la cigarra: más fiesta y menos respeto. Si quieres atraer el talento, potencia tu vida nocturna, fomenta el riesgo y, sobre todo, haz contactos dentro y fuera del país. A veces da la impresión de que es más divertido fracasar en Israel que triunfar en Alemania. Y no sale caro. Un programa de incubadoras tampoco exige un gran esfuerzo presupuestario.

Lo complicado, probablemente, no sea tanto lo que hay que hacer como lo que hay que dejar de hacer. “El liderazgo en el mundo actual no consiste en dirigir, sino en dejarse llevar por los líderes de cada ámbito”, filosofa el presidente Simon Peres en unas jornadas sobre cerebro y tecnología. El Estado, dice, debe molestar lo justo. “No nos sobreorganicemos. Somos demasiados para que nos gobierne una sola administración. Y nos gusta mucho la libertad”.

Fuera, Tel Aviv se dispone para el fin de semana. Hace un calor húmedo. Las calles están muy animadas. El tráfico es horroroso y los conductores tocan el claxon constantemente.

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2 Respuestas a “La tierra prometida

  1. Hernando Fernández Calleja

    Es un magnífico reportaje, bien escrito y en el que el síndrome de Estocolmo apenas es perceptible para los críticos más aviesos, como yo.

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