El síndrome de Forrest Gump

 ¿Fue Bernard Madoff un genio de las finanzas o un pobre diablo que se vio arrastrado estúpida y ciegamente por su embuste?

“Existe la convicción de que los grandes estafadores son tipos divertidos y seductores”, dice Diana Henriques, autora de El mago de las mentiras. “Y quizás sea así, pero en ese caso [Bernard] Madoff era una excepción”. En su crónica del fraude, Henriques retrata a un hombre reservado, inseguro, traumatizado por los fiascos empresariales de su padre y con una patológica necesidad de aprobación. ¿Cómo alguien tan poco carismático pudo engañar a miles de inversores?

La clave es justamente esa patológica necesidad de aprobación. Madoff, escribe Liaquat Ahamed, no era “un genio del mal, sino un pobre diablo, sin el cuajo suficiente para decir la verdad en el momento crítico y que se vio arrastrado estúpida y ciegamente” por su embuste.

No está claro cuándo se produjo ese “momento crítico” del que habla Ahamed. Quizás en los 90, quizás antes. No importa. El caso es que Madoff sufrió una mala racha y, en vez de aflorar las pérdidas, optó por amañar los números. Como cualquier tahúr, se convenció a sí mismo de que podría recuperarse en la siguiente jugada, pero se fue hundiendo en un pozo cada vez más hondo. “Al cabo de un tiempo”, cuenta Ahamed, “el desfase entre lo que decía que tenía y lo que de verdad tenía se hizo tan grande, que dejó de operar y se limitó a pagar los rendimientos imaginarios de los clientes antiguos con las aportaciones de los clientes nuevos, el típico esquema de Ponzi”.

Para mantener las apariencias, Madoff instaló una oficina ficticia, como el garito de apuestas de El Golpe: traders ficticios sentados delante de terminales ficticios, que hacen compras y ventas ficticias, y generan voluminosos informes de actividad ficticia.

Nada de esto es insólito. Lo sorprendente de Madoff es lo que duró. Una estafa piramidal necesita crecer continuamente para alimentar los pagos y la menor caída en el ritmo de entradas la desestabiliza. Pero Madoff era muy cauto y ofrecía rentabilidades del 10%, muy inferiores a las de los montajes tradicionales, que prometen un 20% o más (el propio Carlo Ponzi no bajaba del 50%) y colapsan por ello rápidamente.

Además, no estamos ante un vulgar ratero. Madoff tenía un pasado respetable, incluso ejemplar. Era un símbolo viviente del sueño americano. Con 5.000 dólares que había ahorrado trabajando como socorrista e instalador de riegos por aspersión, había fundado a los 22 años una agencia de valores que fue pionera en la contratación por ordenador y que se convertiría en el embrión del primer mercado electrónico de la historia: el Nasdaq. Madoff llegó a presidirlo en sus días de gloria, entre 1990 y 1993.

La Securities and Exchange Commission (SEC) investigó ocho veces a Madoff, pero, como él mismo declararía ya en prisión, sus inspectores “eran como el teniente Colombo: nunca hacían la pregunta adecuada. […] Yo estaba alucinado”.

Su incompetencia la pondría particularmente en evidencia Harry Markopolos. Este “mago de las matemáticas” trabajaba en 1999 para Rampart Investments, una firma de Boston, cuando su jefe le preguntó si podría replicar lo que “un tal Bernie Madoff” estaba haciendo en Nueva York. Era la primera vez que Markopolos oía su nombre y, según él, no necesitó “ni cinco minutos” para darse cuenta de que “era una estafa”.

Madoff había explicado a menudo que su estrategia inversora no encerraba misterios: compraba títulos de grandes compañías y se cubría luego con derivados. Así había conseguido presentar pérdidas únicamente en siete de los últimos 174 meses.

Aquellos números eran inverosímiles. Obtener “rentabilidades negativas el 4% del tiempo” era “definitivamente demasiado bueno para ser verdad”, escribiría en 2005 Markopolos. “Ningún equipo de fútbol ha logrado nunca 96 victorias y cuatro derrotas a lo largo de 100 partidos”. Por no mencionar que cubrir semejante volumen de acciones requeriría más opciones de las que había en el mercado…

Markopolos presentó su primera denuncia ante la SEC en 2001, pero la oficina de Boston se la remitió a la de Nueva York, que era la que tenía competencia sobre Madoff, y nunca más se supo. Cuatro años después elaboraría un informe más didáctico, en el que hacía las comparaciones futbolísticas y que tituló: “El mayor hedge fund del mundo es un fraude”. La SEC volvió a ignorarlo. ¿Por qué?

Como el propio Markopolos señala en su libro Nadie hacía caso (2010), parte del problema era que el criminal era más listo que la policía. “Los quants que han creado estos productos financieros […] programan en un lenguaje que la SEC no habla”.

Pero tampoco hay que olvidar que Markopolos trabajaba para un competidor de Madoff y que podía legítimamente sospecharse que intentaba deshacerse de él. Además, Markopolos no era un tipo fácil. Maltrataba a los inspectores, a quienes consideraba unos ignorantes. Incluso se negó a hablar con los de Boston. Y sobre todo era raro, muy raro. Se creía víctima de un complot en el que participaban la mafia y los cárteles colombianos, que eran naturalmente clientes de Madoff. En un famoso pasaje de su libro, explica las precauciones que adopta ante el inminente asalto de su domicilio por la SEC. “Cargué una escopeta con munición del 12, ajusté seis cargadores más a la culata y colgué del armero una bandolera con otros 20 cartuchos. Luego saqué mi vieja máscara por si usaban gases lacrimógenos”.

Como escribió el Wall Street Journal, “Markopolos arroja en su libro más luz de la que pretende sobre por qué nadie hacía caso”.

La pirámide de Madoff se había tambaleado en 1987, en 1993, en 2000… Cada vez que estallaba una crisis, los partícipes se apresuraban a recuperar su dinero, pero siempre se las arreglaba para encontrar nuevos socios. Hasta que la quiebra de Lehman Brothers desató una avalancha de retiradas que Madoff no pudo reponer.

El 10 de diciembre reunió a la familia en su lujoso apartamento de Manhattan y le confesó que estaba “acabado” y que todo había sido “una gigantesca mentira”. Henriques cuenta que su hijo Mark, que dos años después se suicidaría, estaba “ciego de ira” y que el otro, Andrew, se postró de rodillas y rompió a llorar.

Ellos mismos lo denunciaron esa noche.

En junio de 2009, Madoff fue condenado a 150 años de cárcel, sin posibilidad de remisión. Se calcula que el expolio superó los 60.000 millones de dólares. Entre los damnificados había matrimonios de ancianitos que perdieron los ahorros de su vida, pero también águilas de las finanzas, como Nicola Horlick, la Superwoman de la City, o estrellas de Hollywood, como Steven Spielberg y Eric Roth, el guionista de Forrest Gump. Ninguno sospechó nunca de aquel elegante y reservado caballero.

Verdaderamente, la vida es a veces como una caja de bombones.

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