El dilema de Bob

Todo el dinero que gastamos en lujos, no en necesidades, deberíamos donarlo para aliviar la pobreza mundial. “Si no lo hacemos”, dice Peter Singer, “debemos saber al menos que no estamos viviendo una vida moralmente decente”.

En septiembre de 1999, el filósofo Peter Singer publicó en The New York Times Magazine un artículo en el que planteaba el siguiente dilema:

“Bob ha invertido los ahorros de toda su vida en un valioso Bugatti. Un día sale a dar un paseo en él. Lo aparca en una vía muerta, echa a andar y, cuando está en lo alto de un cerro, observa cómo un tren sin control se dispone a arrollar a un niño. Bob no puede avisar ni al niño ni al maquinista, pero sí puede accionar un cambio de agujas. El problema es que desviará el tren contra su Bugatti. ¿Qué debe hacer?”

Si Bob no cambia las agujas y el niño muere, todos coincidiremos en condenar su conducta. Sin embargo, escribe Singer, “nosotros también tenemos oportunidad de salvar las vidas de los niños” donando dinero a Oxfam o Unicef, y no lo hacemos. Más aún: “Los estadounidenses que viven confortablemente y dan, pongamos, el 10% de sus ingresos a organizaciones con fines benéficos […] deberían hacer mucho más, y no tienen legitimidad para criticar a Bob por no hacer el gran sacrificio de perder su Bugatti”. “En el mundo tal y como es ahora”, prosigue, “no veo forma de escapar a la conclusión de que cada uno de nosotros con riqueza que excede de la precisa para cubrir nuestras necesidades debe dar la mayoría de ella a la gente que sufre de pobreza tan duramente como para ver su vida amenazada.” El imperativo “es simple: todo el dinero que gaste en lujo, no en necesidades, debe donarse”. “Si no lo hacemos”, concluye, “debemos saber al menos que no estamos viviendo una vida moralmente decente”.

En su libro sobre el consumo, Adela Cortina también recuerda que, cuando “algo es bueno en sí mismo y además vulnerable, quien tiene poder para protegerlo, para cuidar de ello, debe hacerlo, debe hacerse responsable de su suerte”. El planteamiento es éticamente irreprochable. Pero, ¿resulta prácticamente viable? ¿Qué sucedería si en Occidente dejáramos de “dar rienda suelta a nuestros caprichos” y cada familia que ingresara 50.000 dólares al año donara 20.000 al Tercer Mundo, como propone Singer?

Para empezar, la transferencia nos sumiría en una espectacular recesión. Ya hemos visto lo que hace el paro cuando el PIB cae un 2%. Imaginen que de repente el consumo se contrajera el 40%.

Por otra parte, la distinción entre artículos esenciales y superfluos es discutible. Una zapatilla deportiva puede ser un lujo para el cliente, pero para el fabricante es su principal fuente de proteínas en la misma medida en que el bisonte lo era para el indio de las praderas. En una economía de subsistencia se puede trazar limpiamente la frontera entre el capricho y la necesidad, pero desde el momento en que se desarrolla un mercado y la gente se especializa, los límites se difuminan.

Finalmente, Singer da por supuesto que en economía rige una especie de principio de Arquímedes en virtud del cual los países pobres experimentarían un empuje hacia arriba igual al volumen de donaciones que desalojara Occidente. Pero la experiencia histórica ni siquiera avala que fuera a darse un leve respingo. A diferencia de Bob, no controlamos las agujas que gobiernan la dirección del tren. Gran parte de los recursos desviados se disiparían en las manos de administraciones corruptas o simplemente incapaces. Argelia, Venezuela y Nigeria han recibido a lo largo de su historia ingentes cantidades de dinero a cambio de su petróleo, pero sus habitantes siguen debatiéndose en la indigencia. A menudo se habla del subdesarrollo como de un círculo vicioso que solo la cooperación puede romper, pero todos los países empezaron siendo pobres. Si la teoría del círculo vicioso fuese cierta, en Europa seguiríamos en la Edad de Piedra.

¿Cuál es el remedio, entonces? Tanto Singer como Cortina desautorizan el crecimiento, pero los lugares que más eficazmente han combatido la pobreza en las últimas décadas han sido precisamente los que más han crecido: Hong Kong, Corea del Sur, Taiwán, Singapur, Chile, China, India… ¿Y cómo lo han logrado? Hay muchos puntos oscuros en el origen de la riqueza de las naciones, pero está claro que el intercambio comercial facilita la especialización y nos hace más productivos. Cuando uno tiene que labrar la tierra que lo alimenta, tejer la ropa que lo cubre y construir la vivienda que lo aloja, a duras penas puede superar el nivel de subsistencia.

Como dice Paul Krugman, la productividad no lo es todo, pero en el largo plazo lo es casi todo. Cada innovación que abarata el cultivo, el transporte o la fabricación de enseres nos hace más ricos, y eso es lo que fomenta un marco institucional adecuado: mercados que asignan los recursos a los agentes más eficientes, tribunales que velan por el cumplimiento de los contratos, administraciones que no derrochan ni asfixian a sus contribuyentes con una carga fiscal desproporcionada…

Tendemos a pensar en la riqueza del mundo como una realidad fija, que existe desde el principio de los tiempos y de la que unos pocos desaprensivos (occidentales) se han apropiado en perjuicio de la mayoría. Si esto fuera cierto, la redistribución que plantea Singer sería una buena idea. Pero la riqueza se parece más bien a un organismo vivo, a una planta que exige una atención constante y viaja mal. No podemos coger un montón de dinero, clavarlo en África como si fuera un esqueje y esperar tranquilamente a que crezca.

Por supuesto que es intolerable no mover un dedo mientras millones de niños padecen hambre o mueren de enfermedades tan absurdas como una diarrea estival. Podemos y debemos aliviar su sufrimiento, pero la prosperidad verdadera es un fenómeno estrictamente local, el resultado de un modo de organizarse y de relacionarse con el entorno. Y no hay palancas que podamos accionar mágicamente desde Occidente para que brote.

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3 Respuestas a “El dilema de Bob

  1. De acuerdo con matices. Me parece que es una cuestión de escala. En escala grande valores fríos, en escala pequeña valores cálidos. No obstante tengo algunas dudas. El caso de una corporación petrolífera que negocia con el dictador Obiang (por poner un caso) la explotación de los recursos energéticos en Guinea sin preocuparle si el beneficio de esa explotación solo beneficia los bolsillos del dictador y su clan y no en mayor medida a la totalidad del país. ¿Podría hacer algo más la corporación? ¿Se le podría exigir otra actitud sin que eso implique atacar el libre mercado, la innovación´, el intercambio y demás? ¿Si lo hiciera, tal vez, viniera otra con menos escrúpulos? Me parece que un poco de transparencia y algo más de ética (lo mínimo exigible) no vendría mal y eso exigiría menos cooperación.
    Un abrazo.

    • Muchas gracias por tu comentario, Emilio. El caso de Obiang se parece en principio al de otras multinacionales y plantea el típico dilema entre los beneficios que aportan sus inversiones (empleo, tecnología) y los inconvenientes que ocasiona (condiciones insalubres, siniestralidad).
      En general, lo que recomienda hacer gente como Rawls es averiguar cómo afecta a los más vulnerables, preguntarnos: “¿Están mejor los que peor estaban?” A la luz de este criterio, en Guinea nos encontramos ante un abuso flagrante, sin ningún género de paliativos.
      Coincido contigo en que la ética y la transparencia no vienen mal. Y coincido también con Singer y Cortina en que tenemos la obligación de ayudar a quienes no pueden valerse por sí mismos. Lo único que digo es que lo hagamos con criterio, porque el que nosotros empeoremos no va a servirles de mucho.
      El arma más eficaz para salir de la miseria es el crecimiento. Podemos (y debemos) aliviar el sufrimiento de los países pobres, pero, hasta donde sabemos, la prosperidad verdadera depende fundamentalmente de ellos.
      Un abrazo.

  2. ¿Un tren que choca contra un coche no mata a nadie, además de aplastar el coche? Más que echarle la culpa a Bob, ¿no hubiera sido más fácil instalar el sistema de autofrenado de los trenes (ése que no se instaló en el tren de Santiago? Es más fácil imponer la culpa por omisión al sufrido ciudadano Bob ¿no? O pedirle el sacrificio de su Bugati. La tesis de Singer se antoja la la de crisis, esa de que consumíamos “por encima de nuestra capacidad”. Soy muy fan de Peter Singer y, en general, de todos los utilitaristas, pero soy más fan de Bob.

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