El arte de la mentira

¿Qué prefieren ustedes: un presidente falso o uno incompetente? Lo trágico sería que fuera falso e incompetente, pero dado que la opción de un presidente eficaz y honesto no está sobre la mesa, la del presidente deshonesto pero eficaz no parece del todo mala. No parece…

Con motivo del segundo aniversario de la victoria del PP, mi amigo Carlos E. Cué ha recordado en El País los “incumplimientos” de Mariano Rajoy, que son variados y “flagrantes”. He aquí algunas de las afirmaciones que el presidente realizó en la oposición: “No subiré los impuestos, los bajaré”. “No daré dinero público para ayudar a los bancos”. “Educación, sanidad y pensiones jamás se verán afectadas por la crisis”. Etcétera.

No parece, sin embargo, que Rajoy muestre la menor traza de arrepentimiento. En su entorno deben de considerar que ha sido una maniobra maestra. El ocultamiento de la agenda real les proporcionó una mayoría más holgada que la que hubieran obtenido de haber explicado abiertamente sus planes y ahora, una vez aplicada la cirugía, aún disponen de dos años para capitalizar cualquier mejoría que el país experimente. ¿Le puede salir bien la jugada?

La economía está efectivamente recuperándose. Algunos expertos creen que el año que viene podríamos encontrarnos con crecimientos superiores al 1%, lo que permitiría reducir el paro. Esto suele beneficiar a los partidos en el poder. Los ciudadanos somos bastante racionales en el sentido de que premiamos o castigamos al Gobierno en función de cómo nos vaya, aunque no somos tan buenos delimitando responsabilidades. Un reciente estudio revelaba que las mujeres que acaban de enviudar son entre un 10% y un 12% más proclives a votar a la oposición. Se sienten mal y necesitan desahogarse.

En sentido inverso, es perfectamente posible que los españoles pasemos por alto los incumplimientos de Rajoy si la mejoría económica se materializa. En el fondo, es comprensible. ¿Qué prefieren ustedes: un presidente mentiroso o uno incompetente? Lo verdaderamente trágico sería que fuera mentiroso e incompetente, pero dado que la opción de un presidente eficaz y honesto no está sobre la mesa, la del presidente deshonesto pero eficaz no parece del todo mala.

Este razonamiento que ahora mismo se hacen muchos compatriotas resulta algo cínico, pero les confesaré que tampoco yo me siento cómodo con quienes van por ahí agitando la bandera de la integridad. El discurso de la honestidad me parece… deshonesto. Hemos visto a demasiados conservadores intransigentes en su defensa de la familia que luego tenían un lío extraconyugal, y a demasiados izquierdistas que clamaban que la propiedad es un robo y que acumulaban pisos protegidos a nombre de sociedades interpuestas.

Y no se trata de un mal exclusivo de los políticos. Pocos de quienes critican a Rajoy superarían una prueba elemental de civismo. Por ejemplo, ¿pagan siempre el IVA? ¿No se han colado nunca en el metro? ¿Y qué harían si se tropezaran con una cartera llena de dólares en la calle? La revista Reader’s Digest hizo la prueba hace unos meses. Abandonó 12 billeteras en varias ciudades. En Helsinki se recuperaron 11, en Nueva York ocho, en Berlín seis y en Madrid dos. Únicamente quedó peor Lisboa, con una billetera devuelta.

“Tendemos a pensar que las personas son honestas o son deshonestas”, escribe el economista conductual Dan Ariely. Y damos por supuesto que “la mayoría son virtuosas y que unas cuantas manzanas podridas [como Bernard Madoff o Kenneth Lay, el presidente de Enron] estropean el cesto”. Pero el asunto no funciona así. “Todo el mundo es capaz de hacer trampas, y casi todo el mundo las hace”, asegura. Y añade a renglón seguido: “Aunque solo un poco”.

Esto no es una mera observación. En un conocido experimento, Ariely y sus colegas Nina Mazar (Universidad de Toronto) y On Amir (California-San Diego) sometieron a unos estudiantes a una batería de ejercicios matemáticos. Se trataba de operaciones sencillas, pero había que completar 20 en cinco minutos, algo materialmente imposible.

A una parte de los alumnos se les asignó un evaluador, pero a los demás se les dejó que se corrigieran a sí mismos e incluso se les facilitó una trituradora de papel, para que destruyeran el examen antes de comunicar su nota. ¿Qué creen que sucedió? Mientras en el grupo de control se resolvió un promedio de cuatro ejercicios, en el de la trituradora se llegó hasta los seis. Los estudiantes resultaron mágicamente un 33% más listos.

Quizás les parezca triste, pero no debería extrañarles. Lo que sí resultó llamativo es que muy pocos alegaran 19 o 20 aciertos sobre 20. Esto cuadra mal con el supuesto de racionalidad clásico, según el cual calculamos los costes y los beneficios de cada decisión y adoptamos la que maximiza nuestro interés. Si de verdad nos guiara la mayor utilidad, ¿por qué renunciaríamos a una ventaja cuando era imposible que nos pillaran? ¿Qué detuvo a los estudiantes en las seis respuestas acertadas?

“Mentimos. Engañamos. Retorcemos las reglas. Las rompemos”, escribe Ariely en su blog. Pero al mismo tiempo “nos gusta sentirnos buena gente”. Los escáneres cerebrales revelan que realizar una buena obra activa la misma región del cerebro que la ingestión de nuestra comida favorita o una ganancia inesperada de dinero.

Nuestra mente es el campo en el que el altruismo y el egoísmo, el bien y el mal libran su eterna batalla. Nos atrae la posibilidad de obtener un beneficio ilícito, pero tampoco queremos arruinar nuestra autoestima. Un modo de neutralizar esta tensión es adaptar nuestra conducta a las normas sociales, pero otro modo igualmente efectivo es adaptar las normas sociales a nuestra conducta, algo que hacemos bastante más a menudo de lo que estamos dispuestos a admitir.

Por ejemplo, un recurso muy socorrido es el oportuno ataque de amnesia. Hundimos las normas en las profundidades de nuestro inconsciente para que su débil voz no nos alcance. Solo cuando esta represión se cortocircuita por algún motivo (nos acordamos de repente de lo que pensaría nuestra madre si nos viera, o nuestra pareja comenta: “¿Se puede hacer este giro aquí?”), recuperamos la honestidad. Ariely, Mazar y Amir lo comprobaron dividiendo a los alumnos de la trituradora en dos subgrupos: a unos les pidieron que, antes de resolver sus matrices, anotaran 10 libros que hubieran leído en el bachillerato; a otros, que escribieran los 10 mandamientos. Estos últimos resolvieron las mismas operaciones que el grupo de control, o sea, no hicieron trampa.

Otro modo bastante eficaz de sortear reglas es desnaturalizar el acto deshonesto. Ariely cita el caso de una mujer que cuenta a su terapeuta cómo una vez vio a alguien abandonar negligentemente el bolso medio abierto encima de un lavabo y decidió darle una lección. No estaba robando a su víctima. Estaba enseñándole, haciéndole favor. Era por su bien.

Un ejemplo que seguramente encontrarán más próximo es la típica rapiña de material de oficina: llevarse a casa unos cuadernos y unos rotuladores no es lo mismo que robar. Sin embargo, si sacáramos el importe equivalente directamente de la caja de administración tendríamos más problemas para justificarlo.

Esa es la razón por la que la mayoría de los alumnos se detienen en los seis aciertos. Hacer un poco de trampa no deteriora la imagen de buena gente que tienen de sí mismos. También explica por qué los estudiantes a los que Ariely ofrecía cinco dólares por operación correcta resolvían menos que los que recibían 25 centavos. Era mucho dinero y se parecía demasiado a robar.

La existencia de estas barreras naturales a la deshonestidad desmonta en cierto modo la hipótesis de la pendiente resbaladiza, que con tanto ingenio expresaba Thomas de Quincey en El crimen considerado como una de las bellas artes: “Si uno empieza por permitirse un asesinato, pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor y acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente”.

No es cierto que una vez que uno comienza a deslizarse cuesta abajo ya no pueda detenerse. Por mucho que Rajoy mienta y por lamentable que sea su ejemplo, tenemos nuestros principios y, aunque ofrecen cierta holgura, no son completamente elásticos y no vamos a sumirnos en la degeneración y el colapso moral.

Lo que sucede es que no hace falta que la moral colapse para que la economía lo haga. Basta un determinado cúmulo de modestas deshonestidades para hacer inviable el capitalismo. Piensen en los griegos. No son unos degenerados absolutos (digan lo que digan los alemanes), hasta nos caen simpáticos. Pero a base de pequeños abusos han echado a perder su país.

Estafas como la de Madoff suscitan una gran alarma, pero son infrecuentes y tienen un impacto muy inferior al de esa picaresca cotidiana que a menudo miramos con condescendencia. En Estados Unidos los hurtos de los empleados causan unas pérdidas anuales de 500.000 millones de euros, la mitad del PIB español. Del mismo modo, en el experimento de Ariely eran excepcionales quienes aseguraban haber resuelto los 20 ejercicios y exigían el premio correspondiente. “Perdimos unos cientos de dólares por su culpa”, escribe. “Por el contrario, tuvimos muchos alumnos que falsearon unas pocas operaciones, pero eran tantos que nos ocasionaron un gasto de miles de dólares”.

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