¿Funciona la ayuda contra la pobreza?

Durante el último medio siglo, Occidente ha destinado 2,3 billones de dólares a combatir la miseria, pero cerca de 3.000 millones de personas, la mitad del planeta, malviven con 2,5 dólares diarios.

No puede decirse que Dean Karlan esté gordito. En absoluto. No es Matthew McConaughey, pero no puede decirse que esté gordito. Entiéndanme: no es que someta a mis entrevistados a un control de masa corporal, pero en el caso de Karlan tiene cierta relevancia científica. Karlan es uno de esos economistas conductuales que están tan de moda. Aunque tiene un posgrado en Empresariales por la Universidad de Chicago, la meca de la escuela neoclásica, no cree que el ser humano sea un maximizador de utilidad, una especie de vulcaniano hiperracional que adopta sus decisiones tras efectuar un frío cálculo de costes-beneficios.

“A veces tenemos prioridades distintas”, escribe en ¡No basta con buenas intenciones! “Otras veces nos distraemos o nos dejamos llevar por el impulso del momento. O simplemente echamos mal las cuentas. Y más a menudo de lo que nos gusta admitir, somos sorprendentemente inconsistentes”.

Karlan, concretamente, tenía el problema de que quería adelgazar, pero iba por ahí comiendo chocolatinas a escondidas. Sabía que no debía, pero era más fuerte que él. Esas condenadas snickers lo tentaban desde los escaparates y las máquinas de vending y, en palabras del Economist, se había puesto “rechoncho”.

¿Por qué nos empeñamos en obrar contra nuestros propios intereses? No es un problema de desinformación. Las cajetillas de tabaco llevan ahora unas desagradables imágenes de tumores de garganta y de dientes podridos y, sin embargo, muchas personas siguen extrayendo los cigarrillos y fumándoselos con toda paz de espíritu.

La explicación de los economistas conductuales es que los humanos somos muy malos descontando las consecuencias remotas de nuestras decisiones. El yo actual no valora las cosas que preocuparán al yo futuro. Como proclama el Burlador de Sevilla cuando le advierten que algún día deberá rendir cuentas a Dios: “¡Largo me lo fiais!”

La solución es acercar el futuro, sentir la mano de piedra del Comendador en la muñeca. O en términos menos líricos, incrementar el coste a corto plazo que comporta ignorar los efectos a largo plazo. Eso es lo que hizo Karlan. Se comprometió a pagar a un colega 10.000 dólares si no había perdido 17 kilos en un plazo determinado.

El invento funcionó tan bien, que decidió convertirlo en un negocio. Así nació StickK, una web en la que la gente suscribe contratos para dejar de fumar o adelgazar. Un árbitro independiente supervisa el proceso y, en caso de incumplimiento, se puede elegir entre una panoplia de sanciones de severidad variable: desde la mera reprensión pública hasta la donación de importantes sumas a la entidad que se quiera (o, mejor aún, que se aborrezca).

Unos años después, StickK mueve 15,6 millones de dólares en contratos y tiene cientos de clientes, “muchos de ellos empresas deseosas de reducir las bajas que les ocasiona el tabaquismo”, dice Karlan.

Y él, ya les digo, no está gordito.

StickK no es, sin embargo, su principal ocupación. Karlan es un experto en pobreza, pero no crean que se trata de asuntos tan alejados. Después de años de trabajo como investigador y cooperante, Karlan descubrió que muchos programas de ayuda fracasaban porque dábamos por supuesto que tampoco los pobres obraban nunca contra sus intereses. Creíamos que, si les facilitábamos financiación, la aprovecharían para mejorar sus cultivos. O que, si les construíamos escuelas, las llenarían de niños.

Pero, como los fumadores, los pobres no siempre tienen en cuenta los efectos a largo plazo. Se gastan el dinero de la cosecha y, cuando llega la siembra, no tienen para fertilizante. O explotan a sus hijos sin pensar en las ventajas de una buena educación.

¿Cómo podemos ayudarles?

Un gesto conmovedor. ¡No basta con buenas intenciones! arranca en el puerto de Marina del Rey, al norte de Los Ángeles. Karlan describe cómo, cada 15 días, un grupo de monjes budistas compra a unos pocos pescadores sus capturas y las devuelve al mar. Es “un gesto conmovedor”, con el que quieren reducir el sufrimiento del mundo, pero ¿no podían ser más eficaces? “Si su objetivo es salvar a los peces de la muerte, ¿por qué no pagan a los marineros para que no salgan a faenar?”

Los monjes actúan animados por las mejores intenciones, pero obviamente no han dado con la solución más práctica. Nos hace gracia su ingenuidad y, sin embargo, a nosotros nos ocurre con la pobreza lo mismo que a ellos con los pececitos: grandes propósitos y modestos resultados.

Durante el último medio siglo, Occidente ha destinado 2,3 billones de dólares a combatir la miseria, pero cerca de 3.000 millones de personas, la mitad del planeta, malviven con 2,5 dólares diarios.

Este insatisfactorio balance ha dado pie a un animado debate. Un bando dice que el esfuerzo ha sido ineficaz porque se ha quedado corto y propone multiplicarlo. El otro sostiene que la ayuda no funciona y que incluso resulta contraproducente, porque genera incentivos perversos: algunos gobernantes poco escrupulosos se han especializado en la captación de donaciones y no sólo no se esfuerzan para que sus compatriotas prosperen, sino que los mantienen en la miseria deliberadamente, para estimular la generosidad de la comunidad internacional.

“Es un debate estéril”, opina Karlan. “La cuestión crítica no es si la ayuda funciona, sino qué ayuda funciona”. En vez de seguir con la pelea, plantea ir a lo práctico. “Elijamos un problema que aflija a los pobres, formulemos una solución y veamos qué pasa. Y si vale, generalicémosla, para que más gente pueda beneficiarse”.

Contrastación. Karlan cree en el mercado y cree en el crecimiento. “Si éste no es desigual y genera empleo”, dice, “acaba elevando los ingresos de la población general”. China e India han sacado de la miseria a millones de personas en apenas 20 años. Crecer beneficia a la larga a la mayoría.

Ahora bien, “eso no significa que no haya que hacer nada más”. Los grandes principios económicos nos permiten levantar el marco institucional, pero no predecir cómo va a actuar dentro de él cada agente. Por eso, dice Karlan, “los economistas conductuales construyen sus modelos viendo cómo la gente toma sus decisiones en la vida real”.

Esto es tan obvio que casi no merecería la pena mencionarlo. Igual que la necesidad de contrastación empírica. “Usted pensará que las ONG realizan controles regulares y detallados de sus iniciativas, para asegurarse de que están haciéndolo lo mejor que pueden”, escribe. “Pues no debería…”

Hasta hace dos décadas, nadie medía con exactitud la eficacia real de la ayuda. Hoy eso sería impensable. No es que nos hayamos vuelto más listos de repente; es que antes no se podía. “No era cuestión de dinero, sino de tecnología”, dice Karlan. “En 1995 no había ordenadores capaces de supervisar una prueba en 18 países. Ahora sí, y podemos determinar si un programa funciona comparando la situación de sus beneficiarios con la de otros grupos de control. Es como un ensayo clínico”.

Este tipo de evaluación “ha cambiado la idea que teníamos de un montón de realidades”. Por ejemplo, las microfinanzas.

Microcrédito y microahorro. Cuando Mohamed Yunus y el Grameen Bank recibieron el Nobel de la Paz en 2006, pocos discutieron que el acceso a la financiación promovería el crecimiento y combatiría la pobreza. La popularidad de los microcréditos se basaba, sin embargo, en argumentos puramente especulativos y en alguna evidencia anecdótica: el típico caso de la mujer india que había montado un taller de costura o una tienda de flores.

Sólo muy recientemente se ha empezado a cuantificar su impacto en la actividad emprendedora y en el bienestar general, y la conclusión no es alentadora. Un estudio dirigido por Karlan en Filipinas no detectó que las microfinanzas elevaran la creación de empresas. “Queda mucha investigación por hacer, pero me sorprendería que alterara nuestro punto de vista actual”, dice. “Los microcréditos no van a acabar con la pobreza, porque no se destinan a equipamiento industrial, que requiere fuertes desembolsos y tarda años en amortizarse, sino a pequeños negocios”.

“El cliente típico”, prosigue, “es alguien que emplea el préstamo para comprar verduras o prendas de vestir en un mercado mayorista, y luego las dispone sobre unas esteras en mitad de la acera y las revende”.

Pero también está el que se gasta el dinero en una televisión más grande. “Es natural. Los pobres no son diferentes. Si a nosotros nos hace ilusión una televisión más grande, ¿por qué no iba a hacérsela a ellos?”

¿Y no empeora eso su situación financiera? “Eso sostenían los detractores de las microfinanzas”, repone Karlan. “Decían que el peso de la deuda aplastaría a los pobres y haría sus existencias más miserables, porque es habitual que se carguen tipos del 200%. Pero no hemos hallado ninguna evidencia. En Suráfrica verificamos cuántos días se había acostado con hambre en el último mes un grupo de personas y la proporción era menor entre las que habían solicitado un préstamo”.

Karlan cree que el balance general no es negativo. “Los microcréditos no son la panacea. Mejoran la vida de los pobres y eso está bien”. Pero, como sucedía con la liberación de pececitos de los monjes budistas, cabría preguntarse si es la solución más práctica. “Esa gente está pagando unos intereses usurarios durante seis meses para tener una televisión”, dice. “Si lográramos que ahorrara, al cabo de seis meses tendría la televisión y el dinero de los intereses”.

El salto del microcrédito al microahorro no es, sin embargo, fácil. A los bancos no les interesan los pobres. Un estudio de 2009 denunció que los hogares de bajos ingresos de Bangla Desh, India y Suráfrica no hallaban entidades que les permitieran efectuar pequeños depósitos y disponer de ellos libremente. La alternativa era guardar el dinero en casa, lo que suponía una tentación irresistible (para ellos y sus parientes), o arrojarse en brazos de proveedores informales, que les cobraban fuertes comisiones.

Algunos donantes, como la Fundación Bill & Melinda Gates, han empezado a sufragar iniciativas de microahorro. Pero no basta con desplegar una red de oficinas. Hay que lograr que los clientes entren. Y a los pobres, como a los ricos, les cuesta…

Un poco de marketing. Uno de los experimentos más curiosos de Karlan se desarrolló en Suráfrica. Le propusieron a una financiera de consumo que hiciera un mailing con distintos tipos de folletos: uno ofrecía un préstamo de interés reducido, otro lo comparaba con los de la competencia, otro describía los artículos que podían comprarse, otro incluía la foto de una atractiva señorita… La respuesta de los destinatarios fue reveladora: la imagen de la señorita elevaba la demanda de crédito tanto como una rebaja de los tipos del 25%.

“No es muy racional…”, le digo a Karlan.

“¿Usted cree?”, responde rápidamente. “A mí me parece muy racional que les gustaran las chicas guapas”. Y se ríe. “No digo que las pongamos en las redes para la malaria, pero es importante que empecemos a razonar como profesionales del marketing”.

“Concebir buenos programas no es suficiente”, prosigue, “hay que vendérselos a los pobres. Si la carrera es de 50 millas, no basta con correr 49. Tienes que llegar hasta la meta. Una vacuna no vale de nada si luego se queda en el dispensario”.

Karlan ha fundado una ONG, Innovation for Poverty Action (Innovación para Actuar contra la Pobreza), que se dedica a recorrer esa última milla. Diseña incentivos que ayudan a los pobres a superar sus inconsistencias, del mismo modo que StickK le ayudó a él a superar las suyas.

A los ahorradores potenciales los abrasan con mensajitos de texto, para que no olviden efectuar su aportación mensual en la cuenta, o les abren depósitos de los que no pueden retirar ni un céntimo hasta que el saldo no alcanza un determinado nivel.

A los agricultores los visitan justo después de la cosecha, cuando todavía les queda dinero, para venderles fertilizante a precios especiales. Regalan a las madres un kilo de lentejas cada vez que llevan a vacunar a un hijo. Pagan a las familias para que manden a los niños a la escuela…

El cáncer de la pobreza. “La pobreza no se erradicará nunca”, sentencia con fatalidad Karlan. “Ha habido avances, pero también los ha habido contra el cáncer y a nadie se le ocurre plantear que vayamos a erradicar las enfermedades. Siempre habrá pobres, porque siempre habrá personas que se equivoquen o que tengan mala suerte”.

Pero disponemos de medios para aliviarla. “Herramientas como StickK nos han enseñado a los occidentales a comer mejor y llevar una vida más sana. Ahora debemos procurar que este tipo de soluciones hagan lo mismo por quienes más lo necesitan”.

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