¿Es la moral el remedio de nuestros males?

El mundo iría mejor si todos fuéramos intachables, pero el caso es que distamos mucho de serlo.

La política hace extraños compañeros de cama. En la refriega surgida después de que Jaime Botín denunciara en El País “la miseria moral” de nuestra sociedad, se ha encontrado peleando espalda contra espalda con Ignacio Escolar. El izquierdista director de Eldiario.es cree que “el banquero filósofo tiene mucha razón” cuando se queja de que “la respuesta a su artículo en la mayoría de los medios se ha limitado a discutir sobre el autor y su […] dudosa moralidad, en vez de sobre sus ideas”.

Tanto El Confidencial como El Mundo salieron, efectivamente, en tromba para recordar la incoherencia de Botín, que reclama ejemplaridad a los demás (“Se pueden soportar muchas cosas, pero no se puede soportar el mal ejemplo”, escribía) cuando él mismo poseía más acciones de Bankinter de las que había declarado y debió regularizar en 2010 “unos cuantos millones que tenía olvidados en Suiza”.

“El análisis […] que firmó […] es preciso y acertado, lo diga Jaime Botín o su porquero”, observa Escolar. ¿No deberíamos enjuiciar las ideas con independencia de quien las defienda? ¿Y hasta qué punto invalida un consejo el hecho de que lo predique alguien que lo incumple?

Vayamos primero con las ideas. Estoy de acuerdo con Botín en que en nuestra sociedad “no solo se ha extendido la corrupción, sino que parece que no importa. No solo es que se robe”, prosigue, “sino que el acusado de robar se defiende señalando lo que roba el otro. No solo es que se mienta, sino que el embustero ni siquiera se preocupa de contradecir al que le increpa, aunque sea en sede parlamentaria”.

Se trata de una descripción bastante exacta de lo que podemos ver cada día: ministras que consideran natural encontrar un Jaguar en su garaje, secretarios generales que pretenden que las finanzas del partido no son de su incumbencia, sindicalistas que restan importancia a que se gaste en comilonas dinero para formación, vicepresidentes autonómicos que piden “comprensión” para quienes acosan a los jueces…

Lo peor no es, sin embargo, esta descomposición de la clase político-sindical. Lo peor es que luego llegan las elecciones y muchos imputados las ganan e incluso amplían mayoría. ¿A qué se debe esta ceguera general o, como dice Botín, esta “miseria moral”?

La tesis del expresidente de Bankinter es que la Iglesia, “tan celosa de proteger al no nacido, no parece concernida por la corrupción. Los obispos”, dice, “no salen a la calle para protestar, se ve que no consideran que el asunto tenga suficiente gravedad. Tal vez estimen que, con paciencia, algún día verán acercarse al confesionario a pedir perdón a los que hayan quebrantado los mandamientos correspondientes. Perdón que será concedido, por supuesto. Como dijo famosamente el arzobispo Cañizares cuando un periodista le preguntó por la postura de la Iglesia respecto a la pedofilia de los sacerdotes: ‘Se pide perdón y ya está”.

Y sentencia: “Dios es infinitamente misericordioso y la Iglesia tiene delegado el poder de perdonar. En este disparate se asienta la moral católica, un principio fatal para la buena marcha de una democracia moderna donde no debe bastar con pedir perdón”.

En su opinión, “ha llegado el momento de decidir lo que está bien y lo que está mal”, pero “de manera autónoma, sin consultar a la Santa Madre Iglesia”.

Este planteamiento le parece a Escolar “preciso y acertado”, pero diagnosticar que “la raíz de nuestros problemas” se halla en la descomposición ética no es mucho diagnosticar. También los integristas musulmanes atribuyen la postración de los países árabes a la pérdida de las virtudes tradicionales, pero estoy seguro de que no se refieren a las mismas virtudes que Botín. “El fundamento único de la sociedad civil es la moral”, proclamaba Robespierre. Perfecto, pero ¿cuál moral?

La ética no es una ciencia exacta, como la física o las matemáticas, en donde cada problema tiene una solución y solo una. El propio asunto del perdón, ¿es de verdad un “disparate” y “un principio fatal”? Sin duda, supone un desincentivo para obrar bien. Como el don Juan de Zorrilla, te puedes pasar la vida burlando a las mujeres y matando a sus padres, pero bastará un sincero acto de contrición en el último minuto para que se te abran las puertas del Paraíso.

A la vista de semejante precedente, los cínicos no dudarán en hacer de su capa un sayo. “Ya me perdonará Dios”, decía Heine. “¡Es su oficio!”

Pero, al mismo tiempo, sin la posibilidad del perdón, la existencia sería solitaria, dura y desagradable. ¿Cuántas veces perdemos los nervios y decimos o hacemos cosas inconvenientes? Sin la generosidad ajena, cualquier error sería irreparable. El énfasis en el perdón supuso un avance respecto de la cultura homérica, que no distinguía entre los resultados y las virtudes. En la Ilíada eres bueno (agathós) en la medida en que triunfas. El derrotado es malo por definición. Ni la crueldad con que arrastra el cadáver de Héctor empaña la nobleza de Aquiles, ni la nobleza con que Héctor combate lo exonera de la crueldad de Aquiles.

La moral cristiana separa, por el contrario, las virtudes y los resultados. Se puede ser bueno y fracasar. Lo que nos enaltece a los ojos de la Iglesia no es el fin, sino los medios: la modestia, la caridad, la comprensión. ¿Es esto un disparate?

No pretendo justificar la doctrina católica sobre el perdón. Simplemente planteo que existen argumentos estimables a favor y en contra de ella, como sucede con tantos otros dilemas éticos. Por eso resulta poco operativo invocar la moral como panacea de nuestros males: no hay un código de conducta universalmente válido. “La cuestión de qué debo hacer tiene más de una respuesta honesta”, dice David Friedman, “y yo no he encontrado ningún modo de probar que mis creencias sean superiores”.

Ahora bien, también es cierto que no hay tantas diferencias entre los sistemas de valores y que podemos ponernos de acuerdo en torno a unas normas elementales de convivencia. Por ejemplo, no robarás ni mentirás.

Pero esto no supone ninguna novedad. No creo que nadie defienda el robo y la mentira. El misterio es por qué ignoramos tan olímpicamente esta ética mínima. Y la respuesta está vinculada con la segunda cuestión: si invalida un consejo el hecho de que lo predique alguien que lo incumple.

En principio, coincido con Escolar en que el mérito del diagnóstico de Botín no depende de que haya tenido algún problemilla con la Agencia Tributaria o la Comisión Nacional del Mercado de Valores. Pero aunque esta inconsistencia no dice nada sobre la validez lógica de su argumentación, sí resulta reveladora de su viabilidad práctica. Si ni siquiera las personas más comprometidas con una regla son capaces de respetarla, ¿qué cabe esperar del resto de los mortales?

Llevo desde niño oyendo que el mundo iría mejor si todos fuéramos intachables, y probablemente sea cierto. Pero el caso es que distamos mucho de serlo. En un universo ideal, las exhortaciones genéricas a la decencia quizás funcionen, pero en este valle de lágrimas debemos considerar estrategias más realistas.

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6 Respuestas a “¿Es la moral el remedio de nuestros males?

  1. Emilio González Quirós

    Más allá de coincidencias (Dios los cría y ellos se juntan) entre Escolar y Botín, las observaciones del banquero filósofo me hicieron acordarme de Anastasio Somoza, hace ya muchos años, cuando después del terremoto de Managua, salía haciendo unas declaraciones en su residencia, mientras comía, diciendo que lo más importante era evitar el hambre del pueblo de Managua. Y supongo que en eso tenía razón (siguiendo a Escolar) pero claro no se podía evitar que aquello chirriara un poquito. En fin, lo que veo es que en la Escuela de Filosofía al señor Botín, al menos, le han enseñado a tomar distancia de las cosas y de la realidad.

    • Botín siempre ha sido muy consciente de su especial condición. Recuerdo que, hace muchos años (debía de ser 1994), fui a cubrir una junta de accionistas. Era mayo, pero don Jaime lucía ya un impresionante moreno. No sé por qué, siempre he creído que venía de pasar unos días en una estación de esquí. Quizás me lo dijeron o quizás me lo imaginé.
      En cualquier caso, después de la ronda de discursos y presentaciones varias, cedieron la palabra al auditorio y uno de los accionistas preguntó por los sueldos de la dirección. En aquella época la opacidad era absoluta y don Jaime se limitó a decir que había ganado “una cantidad proporcional a los sacrificios que me supone gestionar esta entidad”. Aquella respuesta no satisfizo al accionista, que intentó volver a la carga. Esta vez don Jaime ni entró al fondo del asunto. “En el uso de mis atribuciones como presidente de esta reunión, le retiro el uso de la palabra”, dijo.
      Eso es distancia.

  2. La simplificación de la moral católica y sus asientos que hace el baquero filósofo es de persona corta de miras.

  3. Está claro que la manera más directa y fuerte para dar tu verdadera opinión es dando ejemplo. No recuerdo quién fue el primero en decir “haz lo que yo te digo, no lo que yo hago”, pero esto no es más que pura hipocresía. A lo mejor está bien seguir a los hipócritas, pero vamos…a mí no me apetece mucho. No se si existe el “palabro” hipocritocracia, pero a veces me siento gobernado o/y dirigido por gente que la practica. Sobre todo los que utilizan (casi siempre políticos y periodistas afines) el “y tú más”: expresión poderosa que te permite acusar al rival mientras te libras de cualquier culpa.

  4. Emilio González Quirós

    No, si sacrificado y proporcionado se le ve. Ya decía él que toda la regularización fiscal la ha hecho más o menos en aras de la ejemplaridad y sacrificándose por la patria. Cosas veredes.

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