El experimento de Cruise

Si nos diesen la oportunidad de elegir pareja científicamente, ¿mejorarían las probabilidades de que nuestro matrimonio fuera feliz?

Desde un punto de vista científico, hay que reconocer que el matrimonio es una chapuza. El trabajo de campo se limita a incursiones improvisadas en bares, discotecas y otras zonas de cortejo, donde recogemos información sin apenas rigor ni sistema. A partir de un formulario absurdo de preguntas (“¿Estudias o trabajas?”, “¿Te gusta la música”, etc.) y de un somero examen visual, elaboramos una conjetura e intentamos pasar rápidamente a la fase de contrastación. Pero, ¿con cuántas personas contrastamos antes de emparejarnos? Un muestreo mínimamente significativo exigiría decenas. Sin embargo, lo habitual son uno, dos noviazgos, tres como mucho. Por encima de esa cifra, se empieza a adquirir una reputación que hace aún más difícil constituir una relación estable. ¿Por qué una cultura tan convencida de la relevancia de la ciencia como la occidental es tan poco metódica en sus asuntos personales?

Muchos nos hemos formulado esta pregunta a menudo, lo que ha dado pie a hipótesis más o menos interesantes, pero Tom Cruise decidió hace unos años que no se iba a limitar a especular y encargó que le buscaran novia mediante un casting, según explica Vanity Fair. Como verán en seguida, todo era perfectamente científico. “La organización”, cuenta la revista, “diseñó un sofisticado proceso de audición al que convocó a actrices que formaban parte de la Iglesia de la Cienciología”, de la que el actor es un destacado miembro.

Resultó elegida Nazanin Boniadi, una preciosa londinense de origen iraní. Para confirmar su perfecta adecuación al exigente baremo de Cruise, durante todo un mes del invierno de 2004 fue sometida a un exhaustivo examen (nada del tosco cuestionario de discoteca) que comprendía “sus secretos más íntimos y cualquier detalle de su vida sexual”. También se le aconsejó que renunciara a los reflejos caoba de su melena, a su aparato dental y, ya puestos, a un novio que tenía y del que le mostraron unos vídeos comprometedores que casualmente obraban en su poder.

En noviembre de 2004, una vez que la candidata estuvo razonablemente preparada, se organizó una primera cita, para la que tampoco se reparó en gastos. Cruise invitó a Boniadi a cenar al exclusivo restaurante Nobu de Nueva York y la llevó luego a patinar al Centro Rockefeller, que se había cerrado al público para la ocasión. La velada terminó en la Torre Trump, donde Cruise tenía reservada una planta entera y en la que supuestamente confesó a Boniadi: “Nunca antes me había sentido así”. (Observarán que en este punto los guionistas no se esmeraron, pero quizás sea lo que haya que soltar en esas situaciones, y no endecasílabos de Gerardo Diego.)

“Así cualquiera”, me dirán. “Si yo pudiera celebrar un casting entre las chicas más guapas del país, le puliera los detalles a la que más me gustara y encima dispusiera de fondos ilimitados para seducirla, ni siquiera me haría falta ser Cruise”.

Pero el caso es que este cuento no tiene un desenlace feliz. “Aunque el primer mes de relación fue maravilloso”, sigue la revista, “durante el segundo Boniadi empezó a dejar de estar a la altura”. Ella sostiene que estaba muy enamorada, pero no debía de manifestarlo con la intensidad adecuada. “Recibo más amor de cualquier extra que de ti”, llegó a reprocharle Cruise.

A finales de enero de 2005, unos empleados del actor invitaron a Boniadi a abandonar la residencia común y, cuando ella preguntó por qué no se lo decía él personalmente, le contestaron que no podían molestar al señor Cruise. “Naz”, le diría más adelante uno de los responsables del casting, “puedes llevar a un caballo hasta el borde del río, pero no puedes obligarlo a beber”. Boniadi no le daba sed a Cruise, como tampoco se la da ya por lo visto Katie Holmes, así que todavía debe de andar por ahí buscando pareja.

Lo inquietante de esta historia es que, si Cruise es incapaz de encontrar a su alma gemela, ¿qué posibilidades tenemos el resto de pobres mortales, que no patinamos en el Rockefeller Center ni en sesión pública y que hasta hoy ignorábamos la existencia del exclusivo restaurante Nobu de Nueva York?

Ninguna, pero no por falta de poderío económico. Lo que busca Cruise no se puede comprar porque no existe. El único modo de que alguien te dé sed cada día es que sufras un trastorno obsesivo compulsivo.

“Para la mayoría”, escribe Erich Fromm en El arte de amar, “el problema del amor consiste fundamentalmente en ser amado”. La gente cree que amar es sencillo, que lo difícil es dar con “un objeto apropiado” y que, una vez encontrado, la pasión emanará de él como un chorro inagotable.

Pero si tuviéramos que encontrar a la otra mitad del andrógino que fuimos originalmente, como pretende Platón en El banquete, seríamos profundamente infelices. Con la población actual, las probabilidades de dar con el complemento ideal son de una entre 6.000 millones. Para que se hagan una idea, las de ganar el gordo de la lotería son de una entre 600.000 y las de que te toque el euromillón, de una entre 76 millones.

Por fortuna, el amor no es ese “íntimo anhelo de restitución de una plenitud perdida”, sino un acto de la voluntad, una capacidad, un arte. Por eso podemos jurar amor eterno o comprometernos a guardar fidelidad a alguien en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe.

Si Fromm viviera, le diría a Cruise que se ha quedado fijado en la experiencia del amor infantil, que es el que se recibe por el mero hecho de existir. Como el niño, Cruise busca “la protección, el calor, el cuidado y la admiración” de la madre, un afecto “que se da por la única razón de que él lo necesita”. Su finalidad es ser amado, no amar, y “cuando, tras un tiempo, la mujer deja de responder a sus fantásticas aspiraciones”, se siente “hondamente herido” y se queja de que “no lo aman”.

Este amor incondicional tiene, sin duda, ventajas. El que te aprecien por tus méritos siempre da pie a incómodas sospechas. ¿Y si dejo de ser famoso o millonario o guapo? (Me refiero a Cruise, claro.) Por eso, dice Fromm, el amor infantil ha sido tradicionalmente “uno de los anhelos más profundos no ya del niño, sino de todo ser humano”.

Pero el amor maduro no es solo el sentimiento que brota espontáneamente ante una persona concreta. Tiene mucho de artificio. No somos rígidas piezas de un puzle, sino figuras maleables, capaces de cambiar para encajar en otras figuras, que están a su vez dispuestas a redondear sus aristas para facilitar la unión. Esa voluntad de adaptación es la que determina el éxito de la convivencia, no un casting multitudinario.

Cruise no tiene probablemente la costumbre de ceder en nada, no por egoísmo, sino porque nunca ha necesitado esforzarse para seducir a nadie. Atrae a las mujeres sin quererlo, como la luz a las polillas. Pero no logrará retener a ninguna mientras no entienda que, después de sembrarla, la pasión hay que trabajarla. Y la única herramienta de que disponemos es el amor.

“Amar significa […] entregarse totalmente con la esperanza de producir amor en la persona amada”, escribe Fromm. El gran problema del amor no es ser amado, sino amar. Es un acto de fe sin ninguna garantía, y es natural que Cruise (como todos) sienta aprensión. Pero “quien insiste en la seguridad y en la tranquilidad […] se convierte en un prisionero” de sus propios miedos. Aunque sea en una jaula de oro.

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