Bernanke en Weimar

La inflación es siempre un fenómeno monetario, pero la hiperinflación es un animal de una especie diferente.

Manuel Conthe satirizaba hace unos años en su blog ese “afán de muchos camareros por retirarte el plato”, ofreciendo “imperiosamente” la última croqueta a los comensales. Su explicación es que posiblemente falten platos y, para atender a otros clientes, el restaurante se ve obligado a aumentar su velocidad de circulación.

Con los billetes de banco sucede lo mismo: si no emites una cantidad suficiente, entorpeces la actividad. Pero igual que no es difícil fijar el número óptimo de platos de un comedor (los necesarios para no matar de estrés a los camareros), el dinero plantea un desafío más complejo, porque no sirve solo de medio de pago. También cumple una función de reserva de valor. La gente lo ahorra, lo que permite acumularlo y acometer grandes inversiones.

Estas dos funciones no son, por desgracia, perfectamente compatibles. Como medio de pago, nos interesa que haya mucho dinero, porque eso facilita los intercambios. Pero como reserva de valor nos conviene limitar la oferta, porque si los productos son los mismos y crece el número de billetes, estos valdrán menos o, lo que es igual, los precios subirán.

Cuando esta subida es excesiva, la gente tenderá a deshacerse de la moneda cada vez más deprisa y este aumento de la velocidad del dinero acentuará la devaluación. Pensemos en el restaurante de Conthe. La escasez de platos los hace excesivamente preciosos, pero para reducir su valor relativo no se ha optado por inyectar más en el sistema, sino por aprovecharlos mejor. Si el maître lograra que los camareros elevaran ilimitadamente su movilidad, como superhéroes, sobraría casi toda la vajilla.

Esto no pasa con los platos, pero sí con los billetes, y se llama hiperinflación. Uno de los capítulos cruciales de Dying of Money (Morir de dinero), el clásico que el abogado Ronald Marcks escribió (con el seudónimo de Jens O. Parsson) en 1974 sobre el colapso de la República de Weimar (1919-1933), se titula justamente “Velocidad”. Marcks explica que a veces, “por alguna razón psicológica”, la frecuencia de las transacciones se dispara. Es lo que ocurrió “en el verano de 1921, cuando los alemanes se dieron cuenta de que algo en su Gobierno olía a podrido”. A partir de ese momento, la velocidad del dinero se fue acelerando hasta que en 1922 despegó “casi en vertical”. ¿Qué inducía a los ciudadanos a deshacerse de su efectivo compulsivamente?

El marco llevaba dos años sometido a “una masiva dilución”, cuenta Marcks. Así empiezan las grandes inflaciones: se amplía la base monetaria para sostener la actividad. Al principio, no pasa nada, pero es como empapar de gasolina una bala de paja. Basta la chispa de una “razón psicológica” para que el fuego estalle.

Algunos críticos de Ben Bernanke creen que ésa es la situación de Estados Unidos. Sus programas de expansión cuantitativa han acumulado una pira de dólares que podría arder en cualquier momento. El riesgo existe, sin duda, pero la Reserva Federal dispone de herramientas para sofocar el incendio si llegara a desatarse. Podría subir drásticamente los tipos, como hizo Paul Volcker en 1981.

También la República de Weimar pudo adoptar medidas similares. De hecho, cuando en 1923 se puso a ello, tardó relativamente poco en atajar la hiperinflación. Creó una divisa respaldada por activos agrícolas e industriales, la población la aceptó rápidamente, la velocidad del dinero se desplomó y, a lo largo de 1923, los precios se habían estabilizado. ¿Por qué no reaccionó antes?

DEBILIDAD. A pesar de que Alemania no sufrió una gran devastación durante la Primera Guerra Mundial (las batallas se libraron en Francia y Bélgica), su economía estaba en un estado deplorable cuando se declaró el armisticio, debido básicamente a la decisión de sufragar la campaña mediante déficits. A esa factura se unieron en 1919 las reparaciones impuestas en Versalles, que equivalían a la mitad del PIB de Reino Unido, una suma fabulosa.

Con una recaudación fiscal anémica (los ingresos no cubrían más del 35% de los gastos) y el acceso al crédito vedado, “el Gobierno se encontró con un boquete en su balance y sin nada con que llenarlo”, escribe Matthew O’Brien en The Atlantic. La opción ortodoxa habría sido un programa de austeridad, pero “la tentación de sustituir los impuestos reales por un impuesto inflacionario”, dice O’Brien, “es enorme para los Gobiernos débiles”, y los de Weimar eran extremadamente débiles. El país vivía al borde de la guerra civil. Los asesinatos políticos eran habituales (400 entre 1919 y 1923) y sus víctimas eran en ocasiones los dirigentes partidarios de la austeridad.

Visto el panorama, Berlín consideró más prudente acomodarse a la inflación. Además, una política ortodoxa que contrajera aún más la demanda habría empeorado el desempleo, y ése era al menos un problema que no sufría Alemania.

Pero la sensación general de desgobierno hizo que los ciudadanos perdieran la fe en la democracia (la participación electoral se hundió) y en la moneda. Los billetes les quemaban en las manos. Los gastaban nada más cobrar. Si antes de la guerra bastaban 4,2 marcos para comprar un dólar, en diciembre de 1922 se necesitaban 800. Alemania había entrado técnicamente en hiperinflación.

Las tiendas se vaciaron de artículos, los habitantes de las ciudades asaltaban las granjas en busca de alimentos y los ancianitos se suicidaban tras comprobar que los ahorros de su vida se habían esfumado. Parecía que las cosas no podían empeorar, pero en enero de 1923 Francia invadía la cuenca del Ruhr en represalia por el atraso en el pago de las reparaciones.

La región era el corazón industrial de Alemania. Sus trabajadores respondieron con una huelga. El Gobierno los respaldó y, para pagar los jornales, intensificó la fabricación de billetes. Fue la brizna de paja que terminó de deslomar la moneda. En noviembre hacían falta 4,2 billones de marcos para comprar un dólar. La gente iba a por el pan con carretillas de billetes. Se habían convertido en confeti, como decían los nazis.

COLAPSO. ¿Podría repetirse una hiperinflación como la de Weimar en Estados Unidos? “Es muy, muy, muy improbable”, sostiene el blog Free Exchange. No basta una mala gestión monetaria; hace falta “un colapso social y político”.

“La hiperinflación no es un producto de la mera incompetencia”, coincide The Atlantic, sino “de la desesperación”. Weimar debía hacer frente a una deuda inmanejable con una economía renqueante, los mercados de capitales cerrados, una sociedad rota por los extremismos y la cuenca del Ruhr ocupada.

En aquellas condiciones demenciales, imprimir billetes probablemente no resultaba tan descabellado.

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