Equívoco e inagotable

¿Qué impulsa a la gente a protestar? ¿La injusticia? Entonces, ¿por qué no arde el mundo por los cuatro costados?

Mayo de 1968. Mientras los estudiantes ocupan el Barrio de Latino, la Unesco acoge en París un congreso para conmemorar el 150 aniversario del nacimiento de Marx. Raymond Aron participa con la ponencia Equívoco e inagotable: en seguida les aclaro el porqué del título. De momento, baste con indicar que el sociólogo hace una mínima referencia a los disturbios bajo la forma de puya a su “colega” Herbert Marcuse. Dice que su “fe revolucionaria no ha perdido nada de verdor” y que “goza de todos los encantos de California” mientras “sus discípulos berlineses […] preparan una sociedad pacífica defenestrando a sus profesores”.

Aron nunca ocultó su desdén por “los acontecimientos de mayo”. Eran “la alegre travesura de unos jóvenes que salían por las tardes a las manis” y, en su opinión, solo paralizaron el país debido a la torpeza del primer ministro Georges Pompidou, que ordenó primero una dura represión (lo que suministró mártires a la causa) y optó luego por el apaciguamiento (lo que reafirmó a los manifestantes en la justicia de sus exigencias y terminó de dar alas al movimiento).

Al final, aquel estallido se extinguió tan inexplicablemente como había surgido. Aron lo atribuye al vértigo que experimentaron los intelectuales al advertir la pendiente por la que estaban deslizándose: “Temían que la acción directa, la intimidación en las asambleas generales, la guerrilla urbana degeneraran en alguna forma de fascismo”, escribe en sus Memorias. Otro sociólogo, Alain Touraine, resumiría así el proceso: un problema particular dio lugar a una protesta, de la que emergió la ilusión de una utopía libertaria que fue contagiándose al resto de la sociedad, hasta que la imposibilidad de concretarla apagó lentamente la llama.

A principios de julio la normalidad era absoluta en Francia y, de hecho, la derecha ganaría las siguientes elecciones.

A pesar de su desdén, Aron nunca negó a los sesentayochistas un trasfondo de razón. Él mismo había reclamado la reforma de una universidad fosilizada, que era incapaz de hacer la transición de institución de élite a centro de masas. “La vieja Sorbona debía morir”, escribe, “pero no merecía ser ejecutada”. Por desgracia, añade, “los franceses hacen una revolución de vez en cuando, pero nunca una reforma”.

Este problema no es, sin embargo, exclusivo de nuestros vecinos. Lo vimos en España con los indignados del 15M, y lo estamos volviendo a ver en Turquía y Brasil.

A propósito de Brasil, Juan Arias ha escrito en El País que “la olla a presión, que hervía sin que se notara desde hace años, explotó”. Esta suele ser por lo general la explicación izquierdista de los estallidos sociales: las injusticias y las tensiones van acumulándose en los márgenes del sistema hasta que se desencadena el terremoto. Marx enseñaba que, cuando la revolución está madura, produce sus propios líderes, pero ni los bolcheviques se lo creían. “Ninguna ciudad se ha rebelado nunca solo porque estuviera hambrienta”, proclamaba uno de sus diarios durante la Guerra Civil Rusa. Para que los parias de la Tierra se agrupen en la lucha final tienen que pensar que les va a ser de alguna utilidad. De lo contrario, se quedan en casa agonizando silenciosamente de inanición, como todavía sucede en Corea del Norte.

Un viejo profesor solía decirme que si la miseria y la opresión fueran las causas de las revoluciones, el mundo ardería por los cuatro costados, y la evidencia histórica parece de su lado. Dos sociólogos de la Universidad de Michigan, Charles Tilly y David Snyder, analizaron en un artículo de 1972 los disturbios ocurridos en Francia entre 1830 y 1960 y no descubrieron ninguna relación con el malestar de la población. Tampoco los economistas Denise DiPasquale (Chicago) y Edward Glaeser (Harvard) hallaron pruebas de que la pobreza desempeñara un papel relevante en los episodios de violencia social registrados en Estados Unidos entre 1960 y 1980.

¿Por qué se echan, entonces, de repente millones de personas a la calle? A los economistas les gusta explicar el fenómeno en términos de incentivos. Por un lado, parece lógico pensar que, cuanto más se comparta una reivindicación, mayor será la propensión a movilizarse. Pero, por otro, el que la propensión acabe concretándose en movilización dependerá del cálculo de coste-beneficio que realice cada individuo particular: si la oportunidad de ganancia es elevada y el riesgo de sanción bajo, la gente se irá animando, se irá animando…

Un corolario de este planteamiento es que, como esta decisión se adopta sobre la marcha, las revueltas no son fáciles de predecir y, una vez que han echado a andar, toman cursos insospechados. Esa es efectivamente la experiencia. Alexis de Tocqueville cuenta en El Antiguo Régimen y la Revolución que, en vísperas de la toma de la Bastilla, Luis XVI no tenía ni la menor idea de que fuera a perder el trono, y no digamos ya la cabeza. Y dos días antes de que los Romanov fueran depuestos, la zarina Alejandra hizo este infeliz comentario: “Son solo unos gamberros. Jovencitos que corren y chillan que no hay pan para pasar el rato, y unos piquetes que impiden a los obreros trabajar. Si hiciera más frío, se habrían quedado probablemente en casa”.

Estas dos últimas citas las he sacado de Sparks and Prairie Fires (Chispas y praderas incendiadas), un artículo en el que el politólogo de la Universidad de Duke Timur Kuran explica que, aunque algunos sujetos están encantados de movilizarse siempre, la mayoría nos animamos cuando vemos que lo hace una proporción más o menos alta de conciudadanos: el 60%, el 70%, el 80%… Es lo que llama el “umbral revolucionario”.

Cada población tiene una distribución de umbrales distinta. En unas abundan los 80% y los 90%, en otras los 20% y los 30%. Esos umbrales tampoco son fijos. Caen cuando se produce un encarecimiento de los alimentos, una arbitrariedad del poder, el triunfo de la revolución en otro país. En esas circunstancias, el número de opositores visibles quizás crezca al 30%, en cuyo caso todos los que tengan ese umbral se alzarán, lo que a su vez arrastrará a los que estén en el 40%, y así sucesivamente. Es más o menos lo que hemos visto en el mundo árabe: la bofetada de un policía tunecino a un muchacho ha activado una reacción en cadena demoledora.

¿Y cuándo se alcanza esa masa crítica? No hay modo de saberlo. Algunas sociedades carecen de motivos de queja graves (los umbrales de la mayoría son altos), pero la mala gestión del orden público desata una espiral manifestación-represión-manifestación que dispara la popularidad de la protesta. En otras sociedades el descontento es profundo, pero nunca salta la chispa que incendia la pradera y la gente oculta sus inclinaciones por temor a las represalias.

Esta visión casi mecanicista de las protestas espantará a quienes las consideran la expresión más depurada de la voluntad popular, pero la propia manifestación es un reconocimiento de impotencia democrática: si se tuviera mayoría en las instituciones, no haría falta organizarla.

La gente tiene, por supuesto, derecho a manifestarse, faltaría más. Pero si lo hace no es tanto por dar expresión a sus anhelos más sentidos, como por oportunidad táctica. La manifestación plantea un desafío delicado para el Gobierno, que debe medir bien su respuesta porque, como en las siete y media, el no llegar da dolor, pero, ¡ay de ti si te pasas! Si te pasas es peor. El juez estadounidense Richard Posner explica en su blog que “la manifestación más efectiva es […] la pacífica que se sofoca violentamente, con detenidos, perseguidos, heridos y hasta muertos”.

Más o menos eso es lo que ha sucedido en Estambul: el 31 de mayo la policía desalojaba sin contemplaciones a un grupo de indignados que había ocupado la plaza Taksim para impedir su remodelación. Nadie sabe cómo hubiera acabado aquello de haber actuado el Gobierno con más mano izquierda, pero las escenas de jóvenes disueltos a porrazos, mientras los agentes pegaban fuego a sus tiendas de campaña, conmocionó a la opinión pública y, tres días después, las algaradas se habían extendido a casi todo el país.

El caso de Brasil se parece más al de Mayo del 68. Las 2.000 personas que protestaron por la subida del transporte en Sao Paulo fueron salvajemente reprimidas en un primer momento, lo que les granjeó la simpatía general y aumentó la propensión a movilizarse de los brasileños. Luego, la intervención apaciguadora de Dilma Roussef indicó que los riesgos de protestar eran bajos y millones de personas desempolvaron sus cuentas pendientes con el sistema.

Ahora mismo nadie sabe exactamente en nombre de qué protestan los brasileños. Los sondeos dicen que el 50% lo hace por “la corrupción política”. Arias cuenta que la gente sale a la calle “a borbotones y permanece a veces toda la noche, se diría que sólo por el placer de estar junta”. Y añade a modo de interpretación: “No es el de Brasil un movimiento político, en el sentido tradicional, ni apolítico. Es post-político. No es contra la democracia, sino a favor de una democracia más real y de todos”.

Esta difusa aspiración a “una democracia más real y de todos”, que, con todos mis respetos para Arias, no se sabe muy bien en qué consiste, es lo que Aron calificaba de “equívoco e inagotable” en su conferencia de mayo del 68. El encanto de Marx, venía a decir, no radica en su rigor científico, sino en su ambigüedad, en su invitación a construir un mundo mejor, sin definir del todo sus contornos.

Este anhelo late siempre dentro de cada uno de nosotros y, a veces, un chispazo lo inflama (los estudiantes toman la Sorbona, los usuarios se rebelan contra la subida del transporte) y toda la pradera acaba incendiada.

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3 Respuestas a “Equívoco e inagotable

  1. Echadas todas las cuentas, la protesta generalizada es un fenómeno que, efectivamente, tiene poco que ver con las “condiciones revolucionarias” y mucho con elementos atávicos, de nuestra condición gregaria con comportamientos grupales que vieron muy claros Gustave Le Bon y Gabriel Tarde (este con su genial paradigma imitación/innovación). Su descripción de lo que acontece en Brasil es muy buena y, si hubiera que partir cabellos en cuatro, le diría que hay que añadir la frustración de la nueva clase media que ya conoce Miami mejor que otras ciudades brasileñas y se siente frustrada porque quisieran que ser clase media americana no sólo en lo económico, que ya casi sí, sino también en lo político, que ahí sí les falta un largo y probablemente complejo trecho.

  2. En una protesta, cualquier déficit democrático es siempre un buen acelerante, como dicen los bomberos, pero rara vez la causa del incendio.
    Gracias por tu comentario.

  3. Yo…¿qué queréis que os diga? soy una persona de orden, y me gusta protestar cada cuatro años, en las urnas. A la única manifestación que fui en mis tiempos de estudiante fue a la que protagonizó y se hizo estrella mediática “el cojo manteca”. ¿Os acordáis del personaje? Le vi actuar en vivo y en directo y me dije: nunca más. Y no he vuelto a manifestarme por nada. Mi “umbral” debe estar muy alto, gracias a aquella esclarecedora experiencia para mí. Hay mucho lobo disfrazado de cordero por ahí, y yo soy un poco cabra (voy a mi bola).

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