Por qué fuimos a la Luna

A Kennedy, la conquista del espacio le traía sin cuidado. Solo quería ganar la Guerra Fría.

Al final de su libro Project Apollo, Robert Seamans, subdirector de la NASA entre 1965 y 1968, relata una melancólica visita a su antiguo jefe, James Webb. Han pasado dos décadas desde el primer alunizaje y Webb es un octogenario que “lucha valerosamente” contra el Parkinson. Está postrado en una silla de ruedas y lleva un parche en un ojo para evitar la visión doble, pero conserva la lucidez suficiente para comentar a Seamans: “Pensábamos que habíamos puesto los cimientos de un programa espacial duradero. ¿Qué es lo que no ha funcionado?”

La gestión de Webb al frente de la NASA todavía se estudia en las escuelas de negocios. La conquista de la Luna no fue tanto una hazaña tecnológica como una gesta del management. Empujar en una misma dirección a un puñado de ególatras como Werner Von Braun, a miles de ingenieros, a decenas de miles de burócratas y a cientos de miles de proveedores, al tiempo que se seduce a los congresistas de quienes depende la financiación, exige un talento especial. Webb pasaba sin solución de continuidad de los problemas de configuración del cohete Saturno al chalaneo típico de Washington. Como antiguo subsecretario de Estado de Truman, sabía que la alta política americana es una sociedad de socorro mutuo y en 1968 no dudó en usar sus conexiones en el Capitolio para impulsar la Ley de Derechos Civiles de Lyndon B. Johnson. A cambio, se aseguró un trato favorable para la NASA en los siguientes Presupuestos.

Webb abandonó la Agencia en octubre de 1968, apenas unos meses antes de que Neil Armstrong y Buzz Aldrin se posaran en el Mar de la Tranquilidad. El programa espacial vivía sus días de gloria. Se había convertido en un símbolo de la superioridad del modelo capitalista y parecía, efectivamente, algo consolidado, duradero.

Pero entre bastidores el entusiasmo decaía por momentos. Aunque todavía se organizarían ocho expediciones más a la Luna, la presión para recortar los gastos de la NASA era enorme. Johnson la resistió (“Se lo debo a Kennedy”, solía decir), pero Richard Nixon no tenía ninguna deuda sentimental y en 1972 canceló el Programa Apolo.

Para cuando Seamans visitó a Webb, la ambiciosa idea de colonizar la galaxia había quedado reducida a un transbordador escasamente fiable, que en 1986 se había deshecho en pedazos incandescentes ante la mirada atónita de millones de espectadores, y que volvería a reventar de nuevo en 2003. ¿Qué era lo que no había funcionado?

En realidad, la pregunta de Webb estaba mal formulada. Lo raro no es que Estados Unidos dejara de gastarse dinero en enviar a gente a la Luna, sino que llegara a gastárselo alguna vez.

A menudo se ha alegado que la carrera espacial nos legó importantes avances en terrenos como la robótica, la aerodinámica o la cirugía cardiaca (un corazón artificial se probó en la lanzadera), pero parece un magro retorno para tan colosal inversión. El Programa Apolo costó 150.000 millones de dólares de 2010, unas 18 veces más que el Canal de Panamá, la mayor obra de ingeniería civil de la historia.

Tampoco fue un empeño personal de Kennedy. La conquista de la Luna le traía sin cuidado, como no dudó en reconocer en privado. Antes de acceder a la Casa Blanca, había encargado a su asesor Gerry Wiesner un análisis del Programa Mercurio y la conclusión había sido demoledora: los vuelos tripulados eran “increíblemente” caros, peligrosos y de dudoso valor científico. Es más, podían desviar recursos del prometedor trabajo que se estaba desarrollando en comunicación por satélite y Wiesner aconsejaba a la nueva Administración limitarlos o incluso cancelarlos.

¿Por qué Kennedy ignoró su dictamen? Al principio, no lo ignoró. Al contrario. En marzo de 1961 Webb le pidió que ampliara el presupuesto de la NASA y Kennedy se negó. Pero unos días después, el 12 de abril, Yuri Gagarin se convertía en el primer hombre en viajar al espacio exterior y asestaba un espectacular golpe propagandístico en el tablero de la Guerra Fría.

En aquella época, la URSS aún ejercía una intensa fascinación en gran parte de la humanidad. Su PIB crecía a tasas vertiginosas y bastantes economistas occidentales se preguntaban si el comunismo no sería después de todo un sistema de organización más eficaz. Como escribiría el New York Times tras el vuelo de Gagarin, muchas personas tenían la impresión de que Estados Unidos iba “por detrás militar y tecnológicamente”.

Para colmo de desgracias, ese mismo mes de abril Fidel Castro infligía en Bahía de Cochinos una humillante derrota a los contrarrevolucionarios cubanos financiados por Washington. El bloque comunista parecía invencible.

Había que hacer algo para recuperar el prestigio perdido y Kennedy envió a su vicepresidente Johnson un memorándum en el que le preguntaba si existía “alguna oportunidad de derrotar a los soviéticos […] mandando un cohete tripulado a la Luna”. El presidente tenía muy claro lo que quería hacer en el espacio: ganar la Guerra Fría, no ensanchar los límites del conocimiento. En palabras de su secretario de Estado, Dean Rusk, era imperioso “responder [a Moscú] en su terreno; de otro modo nos exponemos a crear un malentendido entre los países no alineados […] y posiblemente entre nuestros aliados sobre la dirección en que se mueve la hegemonía mundial”.

La carrera del espacio fue posible gracias a la confluencia excepcional de alarma social, prosperidad económica y liderazgo político que se dio en 1961, pero esas circunstancias no durarían mucho. Antes de que la década acabara, Estados Unidos “estaba empantanado en la guerra de Vietnam, la Gran Sociedad cogía impulso y ambas demandaban recursos crecientes”, escribe Seamans. “El presidente se negaba además a subir los impuestos. ¿Adónde se miró en busca de alivio? Al programa espacial, obviamente”.

A principios de los 70, la opinión pública ya no se sentía acomplejada por los éxitos soviéticos, la prosperidad de la posguerra empezaba a agrietarse y los líderes políticos tenían otras prioridades. El país había cambiado.

Eso fue lo que no funcionó.

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2 Respuestas a “Por qué fuimos a la Luna

  1. Como bien está expresado en el artículo, las razones para ir a la Luna fueron complejas, sin que unas desmerezcan a otras.

    El ser humano tiende a la paradoja. Ahí tenemos a un presidente como John F. Kennedy haciendo un discurso impresionante sobre la conquista de la Luna que aún me sigue impactando, frente a su hipocresía sobre las razones reales que le impulsaron a tomar la decisión.

    Curiosamente, si los soviéticos hubieran puesto un pie en la Luna antes (y como se ha descubierto posteriormente iban bastante avanzados hasta que falleció su jefe del proyecto) ahora estaríamos hablando de por qué fuimos a Marte.

    A estas alturas creo que lo único que frena la carrera espacial de grandes logros se puede expresar con una sola palabra: dinero.

    Desde mi infancia he visto siempre como los gráficos y pósters de los futuros logros de la astronaútica se retrasaban una y otra vez según cumplía la fecha marcada. Algunos se hacían tardíamente realidad, como la Estación Espacial, y otros han sido aparcados largo plazo mientras no mejore la situación económica, caso de la colonia lunar.

    Personalmente, creo que el Hombre se expandirá por el espacio tarde o temprano, más que nada, porque como dijo un Herbert Mallory cuando le preguntaron por qué iba a escalar el Everest: ‘Porque está ahí’.

  2. Totalmente de acuerdo: al final, hacemos las cosas llevados por la pasión, no por el mero cálculo. Y la pasión puede ser política, como la de Kennedy, o puramente sentimental, como la de Mallory.

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