Función social del rico

La innovación no genera por sí sola bienestar. Hace falta también un poco de avaricia.

España no es una de las naciones punteras de Occidente y es habitual atribuir su atraso a nuestra alergia a la innovación. Hemos recibido solo siete premios Nobel. No es una relación muy impresionante, pero lo es aún menos si se considera que cinco son de literatura y, de los otros dos, Ramón y Cajal y Severo Ochoa, al segundo nos lo apuntamos de forma muy discutible, porque desarrolló su carrera en Estados Unidos.

¿Y por qué esta aversión a la ciencia? Se cita a menudo el “que inventen ellos” de Miguel de Unamuno, pero la verdad es que, cuando el hombre lo pronunció, tenía su sentido. El siglo XIX había asistido al fracaso de la ciencia para afrontar los desafíos radicales del hombre: la felicidad, la justicia, la paz… El sueño de la razón había producido los monstruos del Terror y las guerras napoleónicas, y toda Europa vivía un reflujo hacia lo irracional. Se había perdido la gran fe en la ciencia y se conservaba una fe pequeña, que consideraba la ciencia una herramienta limitada, impotente ante la angustia existencial, pero apta para resolver cuestiones materiales. ¿Qué más daba que se encargaran de semejantes menudencias esos impetuosos americanos?

A su modo castizo, Unamuno intentaba modernizar el pensamiento español. Nos puso incluso a la vanguardia de ese reflujo hacia lo irracional y, mientras nosotros buscábamos en el fondo del corazón respuestas a las cuestiones más hondas, como el sentido de la vida o la existencia de Dios, el resto de Occidente se dedicaba a mejorar frívolamente su bienestar gracias a la ciencia.

Porque el progreso consiste básicamente en incorporar inventos a la vida diaria. El telar mecánico o la máquina de vapor abarataron la fabricación de ropa o el transporte de mercancías, poniendo al alcance de millones de personas lo que durante siglos había sido el privilegio de una elite, como por ejemplo un par de zapatos. Y la revolución verde ha reducido el coste de los alimentos y ha acabado con las hambrunas maltusianas que asolaban periódicamente Europa.

Pero la ciencia por sí sola no genera progreso. Para empezar, a los intelectuales les traen por lo general sin cuidado los aspectos prácticos. Viven en su torre de marfil, pendientes los unos de los otros. (Woody Allen dice que son como la mafia: sólo se matan entre ellos.) Michael Faraday nunca pensó en la aplicación inmediata de sus trabajos, aunque tampoco dudó de su trascendencia y cuando William Gladstone, que era entonces canciller del Exchequer (el equivalente de nuestro ministro de Hacienda), criticó la falta de utilidad de la electricidad, le replicó: “Señor, es muy probable que dentro de poco esté gravándola con impuestos”.

La Unión Soviética es probablemente la mejor prueba de que no basta con tener una gran comunidad científica para generar bienestar. Ningún régimen invirtió tanto en investigación y, sin embargo, su economía era un desastre. ¿Por qué? Porque la riqueza estaba oficialmente prohibida.

De acuerdo con su visión, los ricos eran seres depravados y egoístas, pero, si se fijan, la mayoría lo son porque nos hacen más felices. El éxito de Google o Apple radica en que nos ofrecen algo que deseamos. La teoría marxista siempre ha sostenido que uno se hacía millonario a base de empeorar la vida de los demás, de arrebatarles algo que tenían, pero es al revés. Uno se hace millonario porque mejora la vida de los demás, porque les proporciona algo que no tenían (y que muchas veces ni siquiera sabían que querían).

Contra lo que suele creerse, a este país no le habría venido mal un poco más de avaricia.

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3 Respuestas a “Función social del rico

  1. Entonces, Miguel: al menos en este caso, somos un país de gente virtuosa…llena de Quixotes???

  2. Una persona muy unida a mí siempre dice: “lo que en los demás es virtud, en mí es defecto.” Hay en muchas ocasiones en las que me siento identificado con ella.

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