La fuerza que mueve el mundo

El origen de la riqueza de las naciones no son las materias primas ni el capital.

La semana pasada estuve en Murcia. Tenía que presentar los Premios al Éxito Empresarial de la Región que organiza Actualidad Económica, y se me ocurrió plantear al auditorio una pequeña excursión, a la vez física y simbólica. Les hablé de Águilas, un pueblo que está casi en el límite con Almería. Y les hablé de un aspecto que siempre me ha parecido clave a la hora de explicar por qué algunos países prosperan y otros no.

Conocí Águilas hace 50 años. Mis padres lo eligieron como sitio de veraneo por razones que tienen poco que ver con sus playas vírgenes o con la proverbial hospitalidad de sus gentes. En realidad, sólo huían de sus otras dos alternativas de veraneo, que eran Ibiza, que según mi padre estaba demasiado lejos de Madrid, y El Escorial, que según mi madre estaba demasiado cerca de Madrid y se llenaba de parientes que pasaban a saludarte y se acababan quedando en régimen de pensión completa un día, una semana o un mes.

Aquello no era veraneo ni nada, así que mi madre le pidió a mi padre que buscara algún sitio donde mantenernos al abrigo de la familia y un compañero del diario Pueblo le contó a mi padre que conocía un sitio ideal, y desde luego alejado no ya de la familia, sino de todo, como en seguida tuvimos ocasión de comprobar.

Así es como mi padre tomó la decisión de lanzarse por esas carreteras de Dios en busca de Águilas.

Se pueden imaginar el panorama: mi padre, mi madre, mis tres hermanos, una señorita para cuidarnos y equipaje para resistir un largo asedio, todos comprimidos en las cuatro exiguas plazas de uno de aquellos legendarios Seiscientos, recorriendo 500 kilómetros a 35 grados de temperatura, sin aire acondicionado, sin poder bajar las ventanillas y con aquellos asientos de skay a los que te quedabas pegado y que, cuando te querías levantar, te arrancaban la piel a tiras.

¡Y la carretera! Ahora entre Lorca y Águilas hay una autovía magnífica, pero en aquella época ni siquiera estaba asfaltada. Era un camino de tierra, que subía dando revueltas hasta el puerto de Purias, dejando a cada lado unos barrancos que te quitaban el hipo, y cuyos 40 kilómetros se tardaban en recorrer casi tanto como los 460 anteriores. Y eso siempre que no te perdieras, como nos pasó a nosotros…

“Pero mereció la pena”, me dirán.

Pues no quiero engañarles, pero el primer contacto fue decepcionante. Como le pasó a Rick en Casablanca, que se fue al desierto buscando las aguas, a mi padre también le informaron mal y el único alojamiento que encontramos fue una especie de posada que había encima de un taller de camiones y que empezaba a funcionar muy temprano, y en medio del estruendo que fácilmente podrán imaginar.

Total que, al día siguiente, mis padres estaban desayunando en la plaza del pueblo muy de buena mañana, con los ojos inyectados de sangre y cara de pocos amigos, pensando con nostalgia en los veraneos de El Escorial, cuando a mi padre, que entonces salía en el único telediario de la única televisión de España, lo reconoció el dentista del pueblo y le dijo: “Hombre, Miguel, ¿cómo tú por aquí?” Y mi padre le dijo: “Pues ya ves, Vicente”, porque el dentista del pueblo se llamaba Vicente, Vicente Bayona, “viendo cómo salimos de aquí lo antes posible”. Mi padre le contó el viaje y su lamentable final y Vicente Bayona le dijo que de ninguna manera podía consentir que se llevara aquel mal recuerdo, y le recomendó un hotelito que él mismo y un socio acababan de construir en la playa de Terreros.

Y entonces, sí, descubrimos el paraíso que llevábamos buscando: sin parientes, sin mecánicos, sin camiones…

En aquella época, Águilas distaba mucho de ser el boyante centro de veraneo en que se ha convertido. Durante un tiempo había explotado las minas de hierro de la zona, y eso había atraído inversión y empleo. Luego el mineral se había agotado y habían pasado a vivir otra temporada (más modestamente) del esparto. Pero entonces habían llegado los tejidos sintéticos y el esparto había dejado de tener salida, y en el pueblo habían tenido que reinventarse. Y en ello andaban cuando aparecieron mis padres.

El hotelito de Terreros, que se llamaba muy apropiadamente El Calipso, como justificando la odisea homérica que había que hacer para llegar hasta él; el hotelito de Terreros era parte de esa reinvención, y no sólo era el destino anhelado de mis padres, sino el punto al que quería llegar yo, porque ilustra bien ese aspecto clave a la hora de explicar por qué algunos países prosperan y otros no.

La economía clásica dividía la realidad en necesidades y recursos: a medida que las primeras se satisfacían, los segundos iban menguando. Por eso Thomas Carlyle llamó a la economía la ciencia lúgubre. David Ricardo había observado que la tierra estaba sujeta a rendimientos decrecientes y que llegaba un momento en que las cosechas no crecían más, por más labradores o arados que metieras. Y Thomas Malthus creía que estos rendimientos decrecientes condenaban a la humanidad al hambre, porque la población crecía más deprisa que los medios de subsistencia.

Hoy sabemos que nada de esto es verdad. A pesar de la explosión demográfica, producimos más alimentos de los que podemos consumir. En Europa incluso pagamos para que se destruyan. ¿Por qué? Porque como dice Paul Romer, la realidad no se divide en necesidades y recursos, sino en objetos físicos e ideas. Los recursos surgen de combinar los objetos físicos con las ideas y, aunque los objetos físicos son limitados, las ideas no lo son.

El mineral de hierro y el esparto se pueden acabar, pero entonces llega un emprendedor y te organiza un Festival del Cante en las minas abandonadas o te levanta una urbanización sobre las naves de esparto vacías. Esa es la verdadera riqueza de una región: los Vicente Bayona que discurren el modo de poner en valor lo que encuentran a mano, aunque a veces sólo sea un pedazo de roca pelada al borde del mar.

Ésa es la fuerza que mueve el mundo. Eso es lo que permitió que Águilas resurgiera de sus cenizas en los años 60 y alcanzara cotas de bienestar impensables incluso en la era dorada de la minería. Ése es el origen de la riqueza de las naciones.

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Una respuesta a “La fuerza que mueve el mundo

  1. Si le preguntas a un buen militar, policía o guardia de seguridad cuál es su mejor arma, siempre te dirá que su cerebro. Si esto es así, de España está saliendo en estampida capital humano, y de calidad. Solo espero que algún día puedan volver,y mejor preparados – con idiomas y todo eso..
    EEUU ha llegado a lo que es por acoger en su seno a gente despierta y preparada, además de aprovecharse de ella (en el buen sentido).
    Un ejemplo de muchos y a gran escala fueron los judíos que salieron de Alemania cuando alli se pusieron mal las cosas (p.e. Einstein).
    y, ¿por qué ganaron la carrera espacial – poner el pie sobre la Luna)- por que contaban con la ayuda de von Braun y su equipo? Ellos eran los mejores, además de ser los creadores de las V2. (los cohetes alemanes que castigaban Londres) más información sobre von Braun en: http://es.wikipedia.org/wiki/Wernher_von_Braun

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