El misterio de los paracaídas dorados

El sueldo de Mourinho no depende tanto de lo bien o mal que juegue el Madrid como de su capacidad de negociación.

Suiza ha decidido limitar las remuneraciones de sus altos cargos. La propuesta la ha respaldado una amplia mayoría (67,9%) en un referéndum promovido no por una comuna hippy, sino por Thomas Minder, un empresario “de la derecha burguesa” al que la desaparición de su cliente principal, Swissair, llevó al borde de la ruina. Al hombre se lo llevaban los demonios cuando se enteró de que el presidente de la aerolínea iba a recibir una indemnización de nueve millones de euros.

Minder se queja de que no existe conexión entre lo que perciben los ejecutivos y sus resultados, y tiene razón. Pero, ¿existe en algún ámbito? Piensen en el fútbol. José Mourinho cobrará una cantidad obscena esta temporada si el Real Madrid obtiene su décima Champions, pero cobrará todavía más si lo eliminan y Florentino Pérez tiene que despedirlo. ¿Significa eso que Mourinho va a esforzarse por caer en semifinales o, mejor aún (menos trabajo), en cuartos? Algún mal pensado va sugiriéndolo por las tertulias, pero no es la opinión general.

¿Y por qué una tesis que nos resulta inverosímil en un entrenador de fútbol la aceptamos sin el menor reparo en un financiero? Desde que estalló la crisis, ha sido habitual atribuirla a “la cultura de los bonus de Wall Street”. La combinación de stock options y paracaídas dorados estimuló una asunción excesiva de riesgos, porque si la jugada salía bien, el banquero se forraba, y si salía mal, tenía el blindaje…

Éste es también el argumento que la Unión Europea ha invocado para cercenar los bonus en el sector financiero, pero no es muy consistente. De cada 10 dólares que percibían muchos ejecutivos de Wall Street, nueve los cobraban en acciones, de modo que eran los primeros interesados en que las cosas no se torcieran. A Richard Fuld, el presidente de Lehman Brothers, la quiebra de la entidad le costó 1.000 millones. Los estudios que relacionan las retribuciones de los banqueros y la crisis revelan que, cuanto mayor era la participación en el capital, peor lo hacían. Como escribió el profesor de la Universidad de Texas Jeffrey Friedman en The Wall Street Journal, los directivos “no cortejaron el desastre impelidos por los sistemas de remuneración”, sino porque “no tenían ni idea del riesgo que asumían”.

Lo mismo pasó con los profesionales que se dedicaban a empaquetar subprime: no vieron venir los problemas. Muchos siguieron comprando alegremente viviendas en vísperas del estallido de la burbuja, como ha demostrado una reciente investigación.

A pesar de todo, las calles de Occidente hierven de votantes indignados con los sueldos de la alta dirección, y hay que decir que los políticos han hecho todo lo que han podido por apaciguar su ira, pero las medidas adoptadas hasta la fecha se han revelado estériles, contraproducentes o ambas cosas. Los ejecutivos sortean las restricciones con sistemas de retribución más imaginativos o se van directamente del país. El profesor de la Universidad de California del Sur Kevin J. Murphy realizó un desencantado balance en una comparecencia ante el Congreso de Estados Unidos, en octubre de 2010. Murphy admitía que un directivo que cobra en opciones tiene fuertes incentivos para “jugarse el dinero de los accionistas” si se acerca la fecha de ejecución y la cotización de la acción no está a la altura conveniente, pero, ¿cuál es la alternativa?

En general, los expertos en buen gobierno coinciden en que la retribución de la dirección debe tener un tramo variable, porque si todo el sueldo es fijo se desincentiva el esfuerzo (¿para qué molestarse, si se va a ganar lo mismo?) y la empresa carga con costes mayores en los momentos difíciles. También hay acuerdo en que ese variable consista en acciones —porque alinea los intereses de la empresa y el directivo— o incluso en una promesa de acciones (opciones), porque lo fideliza.

Pero el consenso se rompe a la hora de fijar el importe de la remuneración. Los liberales creen que debe ser fruto del juego de la oferta y la demanda, porque si quieres tener a los mejores, no puedes pagar lo que el coordinador general de Izquierda Unida considera socialmente responsable, sino lo que el mercado te pide.

Esta tesis adolece de cierta ingenuidad. Warren Buffett, el millonario presidente de Berkshire Hathaway, decía en una de sus famosas cartas que la atmósfera de las salas de juntas estaba dominada por la malsana filosofía de “yo te rasco la espalda a ti y tú me la rascas a mí”. Pero también es verdad que este chanchulleo no puede ser el único criterio, porque si los directivos se fijaran el sueldo arbitrariamente, sobrevivirían pocas firmas al expolio, y esto no es lo que sucede. O sea, que hay cierta autorregulación.

Los menos liberales consideran, sin embargo, que esta autorregulación quizás arroje sueldos económicamente sostenibles, pero éticamente intolerables. Un estudio de la Agencia Bancaria Europea ha desvelado que en la City se pagan bonus que no son ni 10 ni 20 ni 30 veces superiores a los sueldos base, sino 940 veces.

A la Eurocámara esto le parece escandaloso y ha decretado que en adelante el sobresueldo duplique como mucho la suma que se percibe como fija. Esto no dejará de tener consecuencias indeseables. La fundamental es que el talento financiero huirá del continente. ¿Es eso grave?

Pregúntenle a Florentino Pérez. Él quería a The One y la obsesión por ficharlo confirió a Mourinho una capacidad de negociación que se tradujo en una retribución disparatada. Tener a los mejores y pagarles sueldos que no escandalicen a los suizos es un dilema para el que Occidente aún no ha encontrado solución.

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