La ventana rota

Los países menos corruptos son implacables con las infracciones menores.

No es sencillo tener una casa ordenada. Las leyes de la física no ponen las cosas en su sitio, ni quitan el polvo de las estanterías (por no hablar de lo que las leyes de la química hacen con lo que dejas debajo de la cama). Es una lucha desigual: tú ordenas y el resto del universo desordena. Mi hermana ha desarrollado una política de tolerancia cero. Una vez vio un hierro en mitad del jardín y lo tiró a la basura. “¿Qué ha pasado con el nuevo sistema de riego?”, le preguntó su marido a la hora de comer. El césped igual se les seca, pero da gusto ver lo despejada que tienen la casa.

Durante un tiempo, mi mujer decidió imitarla, especialmente después de leer Home comforts. Su autora, Cheryl Mendelson, explica que en el pasillo que tienen entre su dormitorio y el de sus hijos hay una silla que llevaba seis meses vacía. “Una mañana cometí el error de dejar encima el albornoz. Por la tarde, además del albornoz, había ropa del tinte, una maqueta del Halcón Milenario, un tubo de pomada, un ejemplar de PC Magazine…” Mendelson lo atribuye a “la teoría de la ventana rota”, la misma que inspiró la cruzada de Rudolph Giuliani contra la delincuencia. Cuando este republicano llegó a la alcaldía de Nueva York, la policía se regía por un principio de economía: concentrar los recursos en las transgresiones más graves. Parece muy sensato, pero los expertos le explicaron que era un error. Cuando los malhechores ven que no se repara una ventana, concluyen que no le importa a nadie y que, por tanto, no pasa nada por romper más. Otros criminales se animan a colarse por ellas y realizar hurtos y, al final, el clima de impunidad alienta la comisión de delitos cada vez más graves. Esa fatídica espiral es la que, según Mendelson, se desató al dejar el albornoz en la silla.

“Vamos a ser implacables”, me dijo mi mujer con los ojos brillantes. Recuerdo que durante una temporada realizaba incursiones sorpresa en el dormitorio de mis hijos y llenaba bolsas y bolsas de basura con los objetos que se encontraba fuera de su sitio. “Verás cuando vuelvan”, me decía. Pero lo cierto es que mis hijos volvían y rara vez echaban nada en falta. Sospecho que en su fuero interno incluso le agradecían que les despejara la habitación.

Sin embargo, el resto de la casa mejoró. El problema está ahora contenido en el gueto de mis hijos, igual que sigue habiendo vecindarios poco recomendables en Nueva York. La tolerancia cero quizás no vaya a la raíz del problema, pero su finalidad no es regenerar al delincuente, sino evitar que el delito crezca y se propague.

Con la corrupción sucede lo mismo. Mucha gente cree que hay que concentrarse en la represión del gran fraude, pero los países más limpios son implacables con las infracciones menores. El cerebro de los políticos no es muy diferente al de cualquier adolescente. Si se dejan el albornoz en la silla y no les decimos nada, concluirán que pueden seguir ocupando el resto del pasillo. Conviene marcar el terreno, entrar a ver cómo tienen el dormitorio de cuando en cuando. Si echas al ministro de Defensa porque se junta con sujetos de reputación dudosa, el ministro de Fomento no quedará con gente rara en las gasolineras. Y si echas a la vicepresidenta por pagar gastos particulares con la tarjeta oficial, los presidentes regionales se esmerarán por llevar una contabilidad separada de sus finanzas públicas y personales.

Es posible que en el camino se cometa alguna injusticia, incluso que el césped se nos seque, pero tendremos la casa más despejada.

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2 Respuestas a “La ventana rota

  1. Como siempre, increible esta nueva entrada en su blog. Enhorabuena.
    Me gustaría saber, ¿realmente cree que echando al ministro de Defensa por juntarse con sujetos de reputación dudosa, evitará que el ministro de Fomento no quede con gente rara en la gasolinera?
    Normalmente sólo dejamos de cometer nuestros errores cuando nos pillan, hasta entonces miramos al que han señalado como uno de los culpables y negamos con la cabeza, con decepción en la mirada, como queriendo imitar el anuncio de “él nunca lo haría” solo que cambiando el determinante. Y mientras se hacen las víctimas, sonríen por dentro pensando que se han librado de una buena.
    La cuestión es que estamos dejando el país en manos de ciertas personas, lo que tu comunicas aquí me parece lo más lógico, pero no creo que cambiemos las mentes de aquellos que nos dirigen.
    Gracias

    • Gracias a ti, Raquel. Yo sí que tengo fe en que, a base de golpes, aprenderemos. Vivimos en un mundo cada vez más transparente, en el que es muy difícil ocultarlo todo. El PP ha intentado gestionar la crisis de Bárcenas como en el siglo XX, negándolo todo y metiendo la basura debajo de la alfombra. Pero el secreto bancario ya no es lo que era y ahora envías una rogatoria a Suiza y resulta que te devuelven la información que pides.
      La solución está en nuestras manos mucho más de lo que creemos. Bastaría con no votar a candidatos bajo sospecha, pero ya hemos visto en Ponferrada que hasta un alcalde condenado por acoso es capaz de sacar cinco concejales en las siguientes elecciones. Así no vamos a ningún lado. Y no es culpa de los políticos.

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