El invento de la ilusión

No queremos las cosas porque sean valiosas; son valiosas porque decidimos quererlas.

El optimismo no ha gozado nunca de buena prensa entre la gente culta. El asunto viene de lejos. El ideal clásico de sabiduría ya era la apatía, la imperturbabilidad. Había que ponerse siempre en lo peor para evitar desengaños. El propio término ilusión tiene una etimología desalentadora: viene de ludere, jugar. Ilusionarse es algo infantil, una muestra de inmadurez.

Pero una cosa es ponerse en lo peor ocasionalmente y otra vivir instalado en él permanentemente. Entre la inconsciencia del cándido y el derrotismo del melancólico hay un amplio espacio para que la cautela y la alegría convivan. Y no se llevan mal. Luis Rojas Marcos reunió hace algún tiempo en un libro un buen puñado de razones inteligentes para ser optimista.

Para empezar, decía, “ningún pesimista ha descubierto el secreto de las estrellas ni ha navegado por mares desconocidos”. El optimismo es el “carburante del progreso”. El poeta Píndaro sostenía que sólo vencen quienes cultivan la convicción del triunfo y la psicología moderna ha confirmado que “las expectativas favorables” alimentan “la determinación que nos impulsa a perseguir lo que deseamos y a mantener nuestro esfuerzo”. Mientras el melancólico sucumbe al desaliento, el optimista anticipa que alcanzará su objetivo y persevera. “Esta actitud le da ventaja en el campo de la salud, del amor, del trabajo y del juego”. La evidencia empírica es abrumadora. Los pesimistas mueren prematuramente de dolencias evitables porque creen que nada de lo que hagan importa y son más imprudentes. El talante es también un buen predictor de felicidad conyugal: las parejas pesimistas duran menos. En el trabajo, los empleados optimistas son más populares y, en general, ocupan cargos superiores y ganan más dinero. En el deporte, la fe en la victoria incrementa las posibilidades de éxito.

Reflexionando sobre su experiencia como deportado judío, el psicólogo Viktor Frankl explica en El hombre en busca de sentido que a las personas nos lo pueden “arrebatar todo salvo una cosa: […] la actitud […] ante un conjunto de circunstancias”, algunas tan terribles como las que él sufrió en Auschwitz. Hay quien considerará absurdo ser optimista en un campo de exterminio, pero justamente ahí era donde más necesario resultaba: sólo quien conservaba la presencia de ánimo tenía alguna posibilidad de sobrevivir. Y fuera de Auschwitz, ¿por qué ser pesimista?

No hay ninguna razón lógica que haga al cinismo preferible a la esperanza. Y ahora que sabemos que ni siquiera es más práctico, quizás haya llegado el momento de arrumbar la apatía y recuperar la ilusión.

(Una versión ligeramente modificada de este texto se publicó originalmente en La Gaceta de los Negocios)

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