Hay un Jaguar en mi garaje

Si queremos acabar con la corrupción, debemos olvidarnos de la justicia.

Me creo de verdad que Ana Mato no supiera que su marido estaba involucrado en la trama Gürtel. Incluso me parece bien que aceptara sus aclaraciones, fueran las que fueran, cuando una mañana apareció un Jaguar en el garaje. El matrimonio se basa en la confianza mutua. Yo también le creo a mi mujer cuando me dice que el dinero que trae a casa lo ha ganado trabajando honestamente de intérprete, del mismo modo que ella me cree cuando vuelvo a las tantas y le digo que he estado cerrando la revista.

El problema es que la misma ciega confianza que resulta indispensable para que un matrimonio funcione, es letal en política. A la luz de la lógica conyugal, sería un despropósito que le reclamara a mi mujer una auditoría independiente de sus ingresos, alegando que no tiene nada que temer si es inocente. Pero a la luz de la lógica política lo absurdo es dar por buena cualquier explicación.

En el norte de Europa no se tolera la menor sombra de sospecha en un gobernante. Forma parte de su cultura, en el sentido más irracional del término: el de las convenciones que pasan de generación en generación sin que nadie las cuestione. Los mediterráneos somos más racionales. ¿Por qué iba a dimitir Mato si, como ella misma dice, nunca nadie le ha ofrecido nada a cambio de una decisión, siempre ha hecho frente a sus responsabilidades con absoluta integridad y sus cuentas están limpias? ¿No sería injusto?

Sin duda. Pero no se trata de justicia ni de racionalidad. Se trata de incentivos.

En general, si lo piensan, la vida está llena de situaciones injustas que aceptamos más o menos de buena gana porque las consideramos un mal necesario. Yo mismo he defendido en este blog la ley hipotecaria, a pesar de que su justicia es muy cuestionable. Está claramente descompensada en favor de los bancos, que cobran unos intereses de demora abusivos y pueden resarcirse del impago de mil maneras. Pero el sistema genera unos incentivos que mantienen la morosidad de las familias en niveles muy bajos y nos permiten beneficiarnos de préstamos baratos.

¿Y qué me dicen de la relación con la Administración? Es totalmente asimétrica. Si usted se retrasa un solo día en la liquidación de impuestos, le aplican un recargo que carece de toda mesura. Pero como sea la Administración la que le deba algo, ya puede esperar sentado a que le pague.

Como explica David Friedman en La maquinaria de la libertad, al Estado le consentimos cosas que, si las hiciéramos nosotros, serían delito. “Suponga que un empresario particular ofreciera sueldos bajos a cambio de largas horas de trabajo desagradable, no encontrara candidatos para cubrir sus vacantes y resolviera el asunto eligiendo a unas cuantas personas al azar y encerrando en un calabozo a las que se negaran a trabajar para él. Se le acusaría de secuestro y extorsión […]. Pues ése es el procedimiento que emplea el Gobierno para […] constituir un jurado”.

Aceptamos, sin embargo, todas estas asimetrías con la hacienda pública o la administración de justicia porque generan los incentivos adecuados para que la gente pague sus impuestos o forme parte de un tribunal popular.

Con la responsabilidad política sucede lo mismo. Hace poco, el ministro de Defensa del Reino Unido, Liam Fox, tuvo que dimitir porque un amigo suyo llevaba un “estilo de vida a lo James Bond”. No se demostró que nadie hubiera ofrecido a Fox nada a cambio de una decisión, siempre había hecho frente a sus responsabilidades con absoluta integridad, sus cuentas estaban limpias.

Pero esa intolerancia ante cualquier indicio de irregularidad hace que los miembros del Ejecutivo británico se mantengan a una prudente distancia de los personajes dudosos. Aquí, por el contrario, se montan en el coche oficial del ministro de Fomento, van a la boda de la hija del presidente, regalan trajes, viajes y fiestas con payasos, y no pasa nada.

Es otra cultura.

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3 Respuestas a “Hay un Jaguar en mi garaje

  1. Señor Villarejo, como estudiante y apasionada de la economía que soy, quería preguntarle, ¿qué podría hacer la sociedad para cambiar esto?
    Es injusto robar y ser premiado, pero quejarse no soluciona nada.
    Dado que el Estado no cambiará, ¿cómo podemos cambiarlo?
    Disculpe mi ignorancia, pero dudas como esta creo que se la hacen más de uno.

    • La verdad, Raquel, es que llevo todo el día dándole vueltas a tu pregunta y no sé qué decirte. Por una parte, creo que lo que hay que hacer está razonablemente claro. La ventaja de ser español es que vamos con un retraso institucional de 10 o 20 años y cualquier problema ya se lo han planteado fuera. En el caso concreto de la corrupción, la panoplia de soluciones incluye una Oficina Presupuestaria independiente, que fiscalice adónde va hasta el último céntimo que gasta la Administración; la constitución de más órganos de control de la competencia, y no menos, como pretende el Gobierno unificando a los distintos tribunales y comisiones; la despolitización de la Administración (a muchos altos funcionarios los nombra el ministro, lo que los hace poco proclives a cuestionar sus prácticas); la creación de gestores municipales independientes (city managers) que se ocupen del día a día de las ciudades y dejen a los alcaldes como supervisores; la democratización interna de los partidos…
      En general, hace falta más transparencia. Los ciudadanos nos enteramos poco de lo que pasa por ahí arriba.
      También habría que adoptar una política de tolerancia cero, como la que planteo en este post: si a un ministro lo sorprenden en una situación poco clara (como a Mato o a Blanco) y no da explicaciones convincentes, debe dimitir, sea o no culpable. De ese modo, los demás se mantendrán a una distancia prudente de cualquier tentación.
      Ahora bien, el problema es cómo persuadir a los políticos para que lleven a cabo una reforma que los maniata, es decir, cómo se le pone el cascabel a los gatos cuando los encargados de hacerlo son los propios gatos. Lo más probable es que se den muchos golpes de pecho y hagan todo tipo de promesas, pero arrastren luego los pies en espera de que la indignación remita y, en cuanto miremos para otro lado, tiren la reforma a la papelera.
      Me temo que ahí la única solución es presionarles. ¿Cómo? Mediante artículos, denuncias y movilizaciones democráticas (o sea, creando asociaciones, manifestándonos, respaldando iniciativas legislativas populares, etcétera).
      Pero, sobre todo, debemos castigar sin piedad con nuestro voto a los partidos que incluyan a corruptos en sus listas. Ésta última es seguramente la medida más eficaz, pero a juzgar por los resultados de Camps en las últimas elecciones (amplió su mayoría, pese a que ya estaba encausado por el caso de los trajes), me temo que como ciudadanos democráticos nos falta aún un hervor.
      Muchas gracias por leerme.

      • Totalmente de acuerdo, pero es difícil castigar a los partidos que incluyan corruptos en sus listas, puesto que deberían castigar a todos, y como bien ha dicho, hay cosas de las que no nos enteramos.
        ¿Por qué no existe esa transparencia que tanto se exige? Cuando se usan las cosas de forma correcta, no tiene que ocultarse. La sociedad permite que esta situación continúe, piden claridad cuando ya han jugado con su dinero sin que se den cuenta.
        Deberíamos aprovechar nuestra ventaja y dejar que desde fuera ayuden al país, pero no ocurre esto. Permitimos que los corruptos continúen en el cargo después de conocer su estafa, sin poner remedio, y por mucho ruido que hagamos hacen lo que quieren.
        Como ciudadanos democráticos, nos falta más de un hervor, más iniciativa y más amor propio y por nuestro país.
        Gracias a usted por cada entrada que escribe, me encanta su blog, entretenido y didáctico.

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