Un mundo sin burbujas

Michael Lewis ha dado con la solución para acabar con los ciclos, pero no creo que les guste.

El Ibex sube, la prima de riesgo baja, los déficits exterior y público parecen encauzados. ¿Salimos al fin de la crisis? ¿Esta vez es la buena? El Wall Street Journal traía el lunes dos noticias alentadoras. Contaba en portada que el repunte de las acciones había cogido a contrapié a los gestores pesimistas (osos, en la jerga técnica; los optimistas son los toros). Sus clientes estaban que echaban las muelas: “¡Tío, nos estamos perdiendo la subida!” Y en la última página, en la sección Heard on the Street, el diario advertía de las importantes pérdidas a las que se exponían los cautos inversores en renta fija si la recuperación se confirmaba.

Yo personalmente soy más bien optimista, pero no se fíen por favor de nada de lo que escribo. Hay muchas incertidumbres. El rally bursátil quizás sea una burbuja alimentada por las inyecciones de liquidez de los banqueros centrales. Y la prima de riesgo se puede dar la vuelta pasado mañana, si en Italia gana Berlusconi o en Estados Unidos no llegan a un acuerdo sobre el techo de deuda.

Hablando de todos esos expertos que hoy alardean de que ellos vieron venir la crisis, el profesor del IESE Javier Díaz-Giménez me reconocía una vez que nadie sabe nada. “Predecir el futuro es muy difícil”, decía. “Yo puedo asegurar ahora que el PIB seguirá contrayéndose el año que viene, pero ¿qué valor tiene ese vaticinio? Ninguno. Como profeta, soy tan bueno como un taxista o como un señor que pasa por la calle. No hay modo de saber lo que va a suceder. Y si alguien lo supiera, no lo anunciaría. Iría al mercado y se forraría con la información. Cada vez que veo cómo Roubini regala sus previsiones, llego a la conclusión de que no debe de creer que valgan demasiado”.

De acuerdo con este criterio, el hecho de que tanto inversor esté apostando por la recuperación debería interpretarse como una señal positiva, pero el que una convicción sea firme no garantiza que sea acertada. Alguna gente compra acciones tras realizar un sesudo análisis de los fundamentos económicos, pero la mayoría se deja llevar por una corazonada o por el comentario de un pariente, que te suelta con las dos manos metidas en los bolsillos y abriendo mucho el compás: “Me estoy forrando con el Popular”.

Esta falta de criterio propio no es un rasgo exclusivo de las razas meridionales. Los estudios revelan que también los finlandeses compran más acciones cuando tienen un vecino que ha ganado dinero en bolsa.

¿Lo ideal sería aislarnos de las emociones? Eso parece deducirse del curioso caso de Michael Burry, el gestor del multimillonario fondo Scion. Su historia la cuenta en The Big Short Michael Lewis. Burry no sólo no se dejó seducir por la industria de las hipotecas subprime, sino que se dio cuenta del despropósito que eran y diseñó un modo de beneficiarse de su colapso. (En la jerga técnica, esta operación de especular a la baja se llama ponerse corto: de ahí el título de Lewis, literalmente El Gran Corto.)

Los beneficiarios de muchas de aquellas hipotecas eran los famosos ninja, gente sin ingresos, trabajo ni patrimonio (No Income, No Job or Assets). Burry eligió a los peores de todos. Luego llamó a sus bancos y les ofreció el siguiente trato: él les pagaba una prima y, a cambio, ellos se comprometían a indemnizarle con una cierta cantidad si los préstamos se declaraban fallidos. Un seguro, vamos.

Hoy nos parece una estrategia brillante, pero entonces muy pocos entendieron lo que hacía. Algunos bancos ni se dignaron contestarle, pero los que lo hicieron se mostraron más bien encantados: las subprime ya habían sido un negocio obsceno y ahora aparecía un chalado que les ofrecía encima pagarles una prima.

Los bancos no fueron los únicos que cuestionaron la salud mental de Burry. Sus propios socios se asustaron cuando les explicó lo que estaba haciendo y lo obligaron a reducir su exposición a las subprime. A pesar de todo, cuando en febrero de 2007 la morosidad hipotecaria se disparó, se hizo de oro.

¿Cómo se las arregló Burry para culminar la travesía del desierto en medio de la incomprensión general? Lo desvela Lewis al final de su relato. Resulta que Burry sufre el síndrome de Asperger, un trastorno que se caracteriza por una importante falta de empatía. Los Asperger tienen serias dificultades para percibir las emociones ajenas y ponerse en el lugar de otro. También manifiestan conductas obsesivas. Por suerte para Burry, le dio por analizar hipotecas, en vez de coleccionar catálogos de cortacéspedes.

Un mundo de Asperger sería probablemente un mundo sin burbujas, pero, como observa el execonomista jefe del FMI Kenneth Rogoff, no creo que saliéramos ganando con el cambio. “Fíjese en la Primavera Árabe”, dice. “Hay mucha conducta gregaria ahí. Pero si no la hubiera, tampoco tendríamos revoluciones. La debilidad que nos hace vulnerables al pánico o a las fiebres especulativas nos ha proporcionado otras cosas buenas”. Hasta la arrogancia es útil, porque “para sobrevivir es esencial ser optimista”.

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Una respuesta a “Un mundo sin burbujas

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