La función de utilidad de un tal Ternero

Vamos a ver, entiéndanme bien: yo no soy de esos que creen que el dinero no da la felicidad.

Hace unos años, Miguel Ternero, un aficionado del Sevilla, estuvo 72 horas sin dormir e hizo casi 5.000 kilómetros para ver a su equipo ganar la final de la UEFA. “Es lo más grande que he vivido junto al nacimiento de mis hijos”, le contó al Marca. Pensarán: menudo elemento. Pero qué va. La felicidad es un estado mental. Nos parece más digno alcanzarla descubriendo la penicilina que viendo a Maresca rematar el 0-3 en Eindhoven, pero, desde el punto de vista emocional, no hay mucha diferencia.

Eso está bien, porque si hubiera que ganar el Nobel para ser dichoso, este planeta sería un lugar muy triste. Y no lo es. La gente encuentra consuelo en situaciones inhóspitas. El novelista Javier Moro me contaba una vez que en las chabolas de Bhopal había visto más sonrisas que en la Castellana.

Probablemente así les va, pero es verdad que en Occidente nos pasamos por el otro lado. La paradoja de la prosperidad es que estás demasiado ocupado para disfrutarla. La ONU debería obligar a los países pobres a transferirnos el 0,7% de su inconsciencia para aliviar el espectáculo aterrador de toda esta opulencia sin gozo. Vivimos demasiado pendientes del éxito material.

Vamos a ver, entiéndanme bien: yo no soy de esos que creen que el dinero no da la felicidad. Opino como Galbraith: “La riqueza no carece de ventajas y, aunque se ha intentado a menudo demostrar lo contrario, los argumentos no resultan del todo convincentes”. Cuando digo que vivimos demasiado pendientes del éxito material me refiero a que concentramos el riesgo más de lo aconsejable. El menor revés en nuestra ejecutoria profesional nos machaca. Carecemos de recursos para compensar esa pérdida. Es como una cartera de inversión en la que tuviéramos acciones de solo dos empresas.

A lo mejor la comparación les suena desapasionada, pero la pasión es difícil de cuantificar y estropea las fórmulas. Cuando los economistas se juntan con profanos como usted y como yo, no les importa hablar de felicidad, pero entre ellos prefieren la expresión “función de utilidad”. El concepto es sencillo: todos tenemos una serie de aspiraciones (laborales, familiares, materiales) cuyo logro nos reporta bienestar (o utilidad) y que se puede expresar como una función matemática:

U = f (x1, x2, … xn).

Por ejemplo, el bienestar de Ternero, el aficionado del que hablaba al principio, depende de lo que le pase al Sevilla (x1), a sus hijos (x2), etcétera. Para otra gente es esencial una buena siesta, Cuéntame o hacer catedrales con huesos de aceituna. Pero, en general, nuestras funciones de utilidad son breves y poco variadas. No sé cómo serán hoy los universitarios, pero mis amigos y yo esperábamos cosas muy concretas del futuro. Mi amigo Raúl odiaba nuestra vida de urbanícolas; su ilusión era producir con sus manos los alimentos que consumía. Gabriel, por su parte, tenía ideales políticos. Yo quería ser escritor. Sólo Félix carecía de vocación definida. No había hecho de ninguna pasión el eje que vertebraba sus anhelos y daba por el contrario gran importancia a cuestiones materiales que a los demás nos parecían insufriblemente triviales.

Raúl intentó criar caballos en Santander, pero el experimento no cuajó y se gana la vida como fotógrafo. La política ya se sabe lo que da de sí: Gabriel enterró hace años sus ideales. Yo escribí una novela antes de reconvertirme al periodismo.

Los tres nos considerábamos afortunados porque veíamos claro nuestro destino, pero Félix tenía una función de utilidad más compensada. Supo diversificar el riesgo. Como Miguel Ternero.

(Elaborado a partir de un artículo publicado en La Gaceta de los Negocios)

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