Economía de la felicidad

¿Tiene derecho Cristiano Ronaldo a ser desgraciado?

“CR7 envidia el trato que tiene Messi”, titulaba ayer Marca. Los bajones de ánimo de Cristiano Ronaldo ya dieron lugar a un intenso debate hace unos meses, cuando el delantero explicó tras un partido contra el Granada que no había celebrado los goles porque se sentía “triste”. “La gente sabe por qué”, añadió enigmáticamente.

En realidad, la gente no tenía ni idea. La gente no salía más bien de su asombro. “Gana 10 millones de euros y trabaja dos horas al día”, comentaba con indignación un internauta en el foro Asco de Vida.

“Y se [acuesta con] Irina Shayk”, observaba otro.

“[Insulto grosero] los hay en todas partes”, sentenciaba un tercero.

¿No tiene Cristiano Ronaldo derecho a ser desgraciado? La verdad es que mucho motivo de queja no se aprecia. Es un tipo afortunado. Si hubiera nacido en el Medievo, su famosa diagonal no le habría valido de nada. Pero en las sociedades industriales avanzadas las incursiones desde la banda izquierda buscando el disparo a puerta están altamente valoradas, y los mortales bendecidos con ese raro don son venerados como semidioses.

Por desgracia, los humanos incorporamos de serie un juego de amortiguadores psicológicos que están en principio diseñados para encajar los golpes de la vida y adaptarnos al infortunio, pero que también nos obligan a recurrir a dosis crecientes de estímulos positivos para mantener constante el nivel de satisfacción. Igual que un africano se habitúa a la miseria y las moscas, los europeos hemos desarrollado tolerancia al confort. La alegría que nos produce una subida de sueldo dura lo que tardamos en adecuar nuestro nivel de gasto. Andamos siempre con el agua al cuello. Peor aún: cuando en Occidente se pregunta a la gente si tiene bastante con lo que gana, los ricos se quejan más. Como le pasaba a Alicia en A través del espejo, es necesario correr sin parar para que nuestra felicidad se mantenga en el mismo sitio.

Por otra parte, el dinero es mucho más que un medio de pago: es un indicador de estatus, algo que a los humanos nos encanta, que nos da literalmente vida. El economista Richard Layard escribe que “las personas que ocupan los escaños superiores [de una organización] viven cuatro años y medio más” que sus subordinados.

Este afán de ser más que el prójimo plantea un problema insoluble, porque la provisión de bienes materiales puede ampliarse, pero la cantidad de estatus disponible es fija. Sólo hay un primero: si Messi gana el Balón de Oro, Ronaldo debe perderlo. Y por mucho que mejore la remuneración de Ronaldo, si la de su grupo de referencia (los jugadores del Barça) lo hace aún más, su satisfacción caerá, aunque objetivamente gane más. La renta de los alemanes orientales se disparó tras la reunificación, pero su felicidad se hundió porque pasaron de ser la aristocracia del bloque soviético a integrar el pelotón de los alemanes torpes.

Al final, siempre se es el alemán occidental de otro. Messi lo es de Ronaldo y Ronaldo de todos esos internautas que no entienden su tristeza.

¿No tiene remedio, por tanto, el malestar en la cultura occidental? El Madrid no puede subirle el sueldo a Ronaldo indefinidamente para tenerlo contento, pero Ronaldo sí puede aprender a regular sus amortiguadores psicológicos. Es tan fácil (y tan difícil) como cambiar de perspectiva. Piensen en George Harrison y Ringo Starr. Harrison se pasó la vida mirando hacia arriba, intentando emular a John Lennon y Paul McCartney en una competencia absurda y frustrante, porque muy pocas canciones de los Beatles llevan su firma.

Por el contrario, Ringo nunca dejó de pellizcarse. “Tío”, debía de pensar, “soy un Beatle tocando como toco la batería y estoy casado con una supermodelo teniendo la nariz que tengo. Debe de haber una cámara oculta en algún lado…”

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Una respuesta a “Economía de la felicidad

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