El efecto cobra

¿Nos vuelve cada vez más vagos el Estado de bienestar?

“No sé si has oído hablar del efecto cobra”, le dije una noche a Monroe Stahr mientras nos dejábamos remecer por el tercer gin tonic y la voz aterciopelada de Selma Worten. (Algún día tengo que averiguar por qué en el Claridge la gente tiene nombres tan absurdos.) Selma y Monroe vivieron una tórrida historia de amor hace muchos años, cuando ella tenía una risa cantarina, el cuello blanco y liso, y la melena se le derramaba oscura y desordenada sobre los hombros. Ahora tiene la melena blanca y lisa, una risa oscura y el cuello se le derrama en una desordenada papada. Monroe es implacable en los negocios, pero le gusta quedar en buenos términos con sus amantes e intentó zanjar civilizadamente aquella relación: le ofreció 45 días por año. Selma no se lo tomó bien. “No lo entiendo”, me dijo Monroe. “Ni siquiera tenía que haberla hecho fija”.

Pero estábamos con el efecto cobra. “Para acabar con una plaga de serpientes”, le expliqué a Monroe, “a la autoridad colonial británica se le ocurrió ofrecer una recompensa por cada ejemplar que le trajeran muerto. Lo que hicieron los indios fue criarlas en granjas”.

“Con el Estado de Bienestar pasa lo mismo”, proseguí melancólico. “En Estados Unidos, Johnson creó un subsidio para madres solteras y el resultado fue una explosión de madres solteras que vivían de la caridad  pública”. Y concluí: “Aquí pasa igual con el paro. La gente es muy vaga y, como le des la oportunidad de no trabajar, no mueve ni un dedo”.

Monroe no dijo nada, pero, cuando a la noche siguiente fui a sentarme a su lado, me encontré sobre el velador un breve artículo. “¿Lo has traído tú?” Monroe ni siquiera se dio por aludido. En su mundo se aprende pronto a pasar por la vida sin dejar rastro. Siempre ha seguido a rajatabla el consejo del viejo Eliot Spitzer: “Nunca hables cuando puedas asentir, nunca asientas cuando puedas guiñar y jamás, jamás escribas un correo electrónico”. Estoy seguro de que si hubiera llevado aquel informe a criminalística no habrían encontrado ni una huella dactilar.

La autora era una tal Ingrid Esser, una profesora del Instituto de Investigación Social de Estocolmo, y se titulaba“¿Nos vuelve vagos el bienestar?” Esser compara la disposición para el trabajo en 13 países de la OCDE con distintos niveles de protección: el más generoso o nórdico (Suecia, Noruega y Dinamarca), el medio o continental (Suiza, Bélgica, Alemania y Japón) y el básico o anglosajón (Reino Unido, Irlanda, Estados Unidos, Canadá, Nueva Zelanda y Australia).

El sentido común nos dice que un individuo normalmente constituido valora más el ocio que el negocio y que, si le dan la posibilidad de ganarse la vida sin dar un palo al agua, perderá cualquier interés por emplearse. Pero se olvida a menudo que la gente no sólo trabaja por dinero: también busca reconocimiento, entretenerse, sentirse útil. Y la satisfacción de esas necesidades debe de ser bastante apremiante, porque los suecos y los daneses son los ciudadanos occidentales cuyo compromiso laboral es mayor. Los británicos y los belgas son, por el contrario, los peor dispuestos.

¿Y no puede ser que la actitud de los escandinavos se deba a otros factores, como su tradición luterana? Igual eran aún más diligentes antes y el Estado de Bienestar está minando su ética protestante del esfuerzo, aunque no lo bastante como para que el resto de Occidente los adelantemos.

Pero tampoco. Los sondeos revelan que la disposición a trabajar incluso ha ido a más en Noruega, mientras decaía levemente en Reino Unido y Estados Unidos. “Las prestaciones generosas son compatibles con un elevado grado de compromiso laboral”, concluye Esser. “Posiblemente lo refuercen y, en todo caso, no lo socavan”.

* * * * * * *

La lectura del artículo me llevó su buena media hora. Lo arrojé sobre el velador, di un sorbo a mi gin tonic y comenté sin poder ocultar cierta irritación: “Sigo pensando que la gente es muy vaga”.

Monroe se tomó unos segundos antes de responder. “La gente nunca termina de sorprenderte”, dijo al fin. “¿Te he contado ya lo que me pasó con Selma?”

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Una respuesta a “El efecto cobra

  1. me gusta mucho

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