Elogio (parcial) de la pereza

El mundo es enorme, hay millones de chiflados y es inevitable que alguno triunfe. Son los que luego escriben libros de autoayuda.

No hay consejo que más miedo me dé que éste: “Déjalo todo y escucha a tu voz interior”. He visto saltar en pedazos la vida de muchos que lo ponían en práctica. Un amigo mío abandonó un confortable puesto de subdirector para montar la revista de sus sueños y, de paso, se fue con la secretaria. Acabó fatal. La voz interior nunca te dice: “Prepara notarías”. Más bien te dice: “Manda a tu jefe al cuerno”.

Pero el mundo es enorme, hay millones de chiflados y es pura estadística que a alguien le salga bien: son los que luego escriben libros de autoayuda. Marc Allen, por ejemplo, se pasó la juventud dando tumbos y, a los 30 años, se propuso fundar una empresa de éxito y comprarse “una casa grande y tranquila en Carolina del Norte”. No sólo lo logró, sino que alardea de haberlo hecho sin esforzarse. Lo cuenta en Los vagos también triunfan.

De nuevo, la ley de los grandes números juega a su favor. Claro que hay gente que se hace rica contraviniendo las normas del más elemental sentido común. No acaba los estudios, jamás llega puntual a una cita, arroja desconsideradamente toda la carga del trabajo sobre sus subordinados y, sin embargo, está forrada porque explota algún nicho atrabiliario o simplemente tiene suerte, que es un factor más determinante en el éxito de lo que nos gusta reconocer.

Debo decir que he leído a Allen con la mejor disposición: tengo debilidad por los caraduras. Pero me cuesta entender qué relación hay entre el éxito y algunos de sus consejos. “Los lunes son especialmente buenos para los retiros, yo me los tomo casi todos”. O bien: “Ha habido días en que me he levantado, me he tomado una buena taza de café y después he vuelto a acostarme. A mi familia le parece divertido este comportamiento”. Seguro, pero no sé lo que opinaría mi director.

No obstante, hasta la experiencia más humilde encierra enseñanzas y la del vago no es una excepción. El trabajo tiende a expandirse como un gas y a ocupar el espacio destinado a los hijos y los amigos. Allen jamás lo tolera y tiene razón. Como decía la enfermera de una unidad para pacientes terminales: “Aquí nadie se queja nunca de no haber pasado una hora más en la oficina”.

Allen nos recuerda además que, cuando las energías están bien orientadas, no hace falta matarse para llegar lejos. “Si logras escribir una página cada dos días, en un año tendrás un libro de 180”. Esa parte me sale perfecta a mí también. Sólo tengo problemas con la de vender luego un millón de ejemplares.

Publicado originalmente en La Gaceta de los Negocios

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