La receta del éxito

“No es nunca el autor el que hace una obra maestra”, decía Valéry. “La obra maestra se debe a los lectores”.

Humphrey Bogart era un indeseable que se pasaba el día buscando bronca. Ingrid Bergman era una mujer calculadora que manipuló fríamente a todo el mundo para impulsar su carrera. A Bogart sólo le preocupaba acabar temprano los viernes para irse a navegar en su barco y Bergman estaba más pendiente de que le dieran el papel de María en Por quién doblan las campanas, pero entre los dos alumbraron en Casablanca uno de los romances más memorables de la historia del cine.

Todo el rodaje fue un caos. A falta de 15 días para que acabara, nadie conocía el desenlace de la película. El guion cambiaba cada día y, cuando Bergman le preguntaba a Michael Curtiz quién era Ilsa Lund y con quién iba a irse finalmente, el director le decía que sería la primera en saberlo en cuanto él se enterara. Curtiz y Bogart discutían a voces, Peter Lorre se divertía borrando las señales de tiza que pintaba el director de fotografía para indicar a los actores dónde debían situarse, Dolley Wilson (Sam) en realidad no sabía tocar el piano…

La industria del espectáculo es rica en estas paradojas: películas que ensalzan los más puros ideales, pero que están hechas por tipejos vulgares e incluso despreciables.

El éxito es un asunto misterioso. Cuando preparo una charla, me pasa a menudo que me devano los sesos para dar con una palabra, un giro, una ironía y pienso: “Se van a partir de risa”, pero luego no pasa nada. Por el contrario, frases escritas a vuelapluma se celebran en medio de enormes y desconcertantes carcajadas. Al principio, las anotaba para repetirlas en la siguiente intervención, pero rara vez surten el mismo efecto.

No hay que deprimirse, sin embargo. El éxito es como el matrimonio: necesita de las dos partes para funcionar. Depende tanto del talento del autor como de la disposición del público. Kurt Vonnegut decía: “No escasean los buenos escritores. Lo que nos faltan son lectores fiables”. Y Paul Valéry era aún más tajante: “No es nunca el autor el que hace una obra maestra. La obra maestra se debe a los lectores”. Edith Piaf cantaba magníficamente, pero otras lo han hecho igual que ella o mejor. Sin embargo, la Francia de la posguerra la idolatró porque era eso lo que necesitaba en ese momento de postración: la historia de superación de una niña criada en un burdel y que se había abierto paso hasta la cima cantando por las esquinas de París.

Juan Tejero y José Diego cuentan que, 40 años después del estreno de Casablanca, un periodista llamado Chuck Ross copió a máquina el guion, le cambió el título y el nombre del protagonista, y lo envió a 217 agentes. Sólo 33 reconocieron el texto, 38 lo rechazaron directamente, tres le dieron alguna esperanza y uno le sugirió que lo convirtiera en novela. Según Ross, no es que Hollywood no supiera hacer ya películas como las de antes, es que no reconocería un éxito ni aunque entrara volando por la ventana.

Si fuera solo Hollywood…

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