¿Dominarán el mundo las máquinas?

Los malos son mejores de lo que pensamos, pero así y todo…

Si envía un email para quedar con un amigo, Google probablemente le ofrezca añadir la cita a su agenda. Sus robots analizan cada carta que escribe, cada entrada que teclea. Todo queda debidamente registrado. Adónde va, con quién se ve, qué le gusta. A través del micrófono del ordenador saben hasta qué música escucha. ¿No le da miedo?

Pues la cosa es aún peor. Seguramente ya tiene el equipo infestado de troyanos. No lo nota porque los hackers actuales no son como aquellos románticos de los albores de la informática, que te borraban el disco duro por el placer de borrártelo. Ahora necesitan que tu terminal esté en buen estado, para sacarte de la tarjeta de crédito pequeñas sumas regularmente o para lanzar un ataque masivo y chantajear al Gobierno. Un experimento comprobó que los usuarios con malware están incluso más contentos, porque los piratas les hacen el mantenimiento, igual que esos pajaritos que les limpian las piltrafillas de los dientes a los cocodrilos.

“Los malos son mejores de lo que pensamos”, me dice un especialista. Él no se cree todas esas historias del Gran Hermano. “Cada día se vierten a la red millones de terabytes de información; no hay capacidad para procesar esa avalancha”. No le falta razón. Mi mujer recibe docenas de anuncios en los que le ofrecen alargarle el pene. “Está claro que los robots nunca dominarán el mundo”, dice.

Yo no estoy tan seguro. El estadístico Ian Ayres publicó hace unos años un libro en el que ilustraba cómo las máquinas han ido progresando. Para averiguar si un vino será o no un éxito es más fiable un programa que compara las precipitaciones que la nariz del enólogo más sofisticado. Billy Beane, un entrenador de béisbol gris y mal pagado, llevó a la elite a los Oakland Athletics ignorando a los expertos y alineando a los bateadores con mejores series. Y los médicos han olvidado el ojo clínico para diagnosticar a partir de frías baterías de pruebas.

Ayres cuenta que a los clientes de Netflix, el videoclub online, les gustan más las películas que recomienda su servicio que las que ellos mismos eligen. Y a la prensa, internet nos permite saber qué artículos prefiere el lector consultando las visitas y su duración. “¿De verdad hace falta un director?”, se pregunta un semanario americano.

Mi mujer dirá lo que quiera, pero yo estoy preocupado.

Publicado originalmente en La Gaceta de los Negocios

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