Macroeconomía de la estupidez

Nos han educado en la firme creencia de que no hay nada peor que un malvado. No es verdad.

Mi vecino G. rondaba los 70 años, pesaba casi 100 kilos y tenía problemas de circulación. En los terrenos llanos se movía penosamente; verlo subir y bajar escaleras era un espectáculo descorazonador. Sin embargo, cuando la comunidad planteó poner un ascensor, se negó. Contábamos con la oposición de los pisos bajos. Estaban exentos de pago, pero el dueño del Primero D los convenció de que era muy ruidoso. Así y todo, el ascensor salía por un voto. Entonces, en el último momento, G. cambió de opinión. “Sólo para fastidiarte”, dijo mirando fijamente a otro vecino con el que mantenía una pendencia cuyo origen se perdía en la noche de los tiempos.

Cuando relato esta anécdota, siempre hay alguien que dice: “Qué mala idea”. Es un comentario lógico, pero impreciso. Mala idea es, en todo caso, lo del Primero D. Lo de G. era pura y llana estupidez. La distinción la establece el economista italiano Carlo M. Cipolla en Las leyes fundamentales de la estupidez humana. Cipolla explica que una persona malvada ocasiona daño a cambio de alguna ventaja; la estúpida lo hace sin sacar ningún provecho, incluso perjudicándose.

Nos han educado en la firme creencia de que no hay nada peor que un malvado, pero Cipolla cree que “la persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe” (Quinta Ley Fundamental). Su análisis macroeconómico es irreprochable. “El resultado de la acción de un malvado”, escribe, “supone simplemente una transferencia de riqueza”. La sociedad en su conjunto no pierde ni gana. Pero el estúpido ocasiona pérdidas sin obtener beneficio. “Por consiguiente, toda la sociedad se empobrece”.

La acción deletérea del estúpido se ve amplificada por el hecho de que “cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo” (Primera Ley Fundamental). Los hay entre los gañanes, pero también entre los catedráticos, los empresarios y, por supuesto, los políticos. “¿Cómo es posible que estas personas lleguen a alcanzar posiciones de poder?”, se pregunta Cipolla. En una sociedad tradicional, en la que los cargos se heredan, es natural encontrar gobernantes estúpidos: están ahí porque son hijos de alguien. Pero, ¿no es Occidente una meritocracia? Bueno. No olvidemos que una importante fracción de los votantes son estúpidos “y las elecciones les brindan una magnífica ocasión de perjudicar a todos sin obtener ningún beneficio”.

Cipolla no se engaña: podemos defendernos de la maldad, porque al fin y al cabo responde a algún tipo de cálculo; pero contra la estupidez hasta los dioses luchan en vano. “Una persona estúpida os perseguirá sin razón, sin plan preciso, en los momentos y lugares más improbables”. Generalmente su asalto nos coge por sorpresa, pero, incluso aunque estemos prevenidos, “no es posible organizar una defensa racional, porque el ataque carece de estructura racional”.

Cipolla advierte especialmente contra la tentación de neutralizar a un estúpido aliándose con él. “Tal maniobra no puede tener más que efectos desastrosos”. Uno puede hacerse la ilusión de que va a manipular a la persona estúpida, pero, debido a su comportamiento errático, “muy pronto se verá arruinado y destruido”.

También en mi comunidad, en un esfuerzo por reconducir el asunto del ascensor, confiamos a G. las gestiones de su instalación. Recuperamos su voto, pero advertí que el vecino del Primero D se quedó más tranquilo que nunca. Sabía que a partir de ese instante no teníamos la menor posibilidad.

Publicado originalmente en La Gaceta de los Negocios.

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2 Respuestas a “Macroeconomía de la estupidez

  1. totalmente de acuerdo, no hay nada peor que un tonto… contra la inteligencia podemos desarrollar nuevas estrategias , aunque no nos sirvan en ocasiones de nada, pero contra un tonto no hay recursos disponibles y es totalmente agotador…
    me ha gustado mucho .
    marga.

  2. Gracias, Marga. Cipolla atribuía a los tontos… ¡la caída del Imperio Romano!

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