Una lanza por Armstrong

¿No sería mejor que los ciclistas tomaran lo que les diera la gana?

La Unión Ciclista Internacional (UCI) decidirá este viernes qué hace con los siete títulos del Tour que ha arrebatado a Lance Armstrong. Para los servicios de documentación de los diarios esto empieza a ser un lío. Mi amigo Javier Serrano contaba este verano en su divertido blog A por ellos que en la edición de 2005 el español Paco Mancebo había acabado cuarto, pero la descalificación por dopaje del segundo, Jan Ullrich, lo dejó tercero. Ahora la expulsión de Armstrong lo coloca segundo, pero “tal y como están las cosas para qué vamos a descartar una victoria española”.

De los últimos 17 vencedores del Tour, nueve han perdido el maillot amarillo en los laboratorios y otro más, Bjarne Riis, ha reconocido que iba hasta las orejas cuando ganó, aunque de momento conserva el título. La UCI se gasta cada año 7,5 millones de dólares en combatir el dopaje. A la vista del resultado, ¿no sería mejor que cada uno hiciera lo que le diera la gana? Los ciclistas son adultos perfectamente informados de los riesgos que corren. ¿Por qué no dejarles que decidan libremente si acortan sus vidas a cambio de coronarse en los Campos Elíseos?

Es un argumento tentador. Es verdad que el aura de ejemplaridad del ciclista se perdería. Dejaría de ser el centauro del pedal que a fuerza de trabajo y privaciones entra en el Olimpo sagrado, para convertirse en otro degenerado más de la tropa del Gran Hermano, capaz de lo que sea con tal de gozar de su minuto de gloria. Pero tampoco nos engañemos: la elite del deporte profesional está trufada de camorristas que dejaron de ser un ejemplo para nuestra juventud hace tiempo.

La libertad de dopaje también desvirtuaría la competición: ya no triunfaría el escalador más curtido, sino el que tuviera al mejor equipo médico detrás. Pero eso, lejos de ser un inconveniente, podría ser una ventaja. Igual que en Fórmula 1 existe un campeonato de pilotos y otro de fabricantes, en ciclismo podría habilitarse un título de corredores y otro de laboratorios, lo que abriría interesantes posibilidades de patrocinio: además de los equipos SKY (cielo en inglés), Katusha (diminutivo de Catalina en ruso) o Rabobank (estos holandeses…), podríamos tener el Centramina o el Fenpoprorex.

A pesar de todo, hay una razón por la que me parece improbable que la cruzada contra el dopaje se abandone. La expone Gary Becker en su blog. El Premio Nobel de Economía sostiene que existen poderosos incentivos para que los deportistas recurran a sustancias prohibidas. El llamado efecto superestrella hace que el primer clasificado obtenga una recompensa descomunal, aunque saque a sus rivales una ventaja mínima: en el caso del Tour, apenas unos segundos tras 90 horas de carrera. En este entorno, dice Becker, es muy racional que un corredor recurra al dopaje.

Pero, añade a continuación, lo que resulta lógico que cada individuo haga por separado deja de serlo cuando lo hace la colectividad, porque en ese caso las diferencias relativas se neutralizarían y los atletas se encontrarían nuevamente empatados, sólo que en un nivel superior de deterioro y un paso más cerca de la esclerosis lateral amiotrófica o la muerte por embolia o infarto.

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