Cuatro reflexiones sobre tres días de lucha

El Sindicato de Estudiantes ha convocado tres días de lucha en los centros de secundaria. La última de estas jornadas estará respaldada por la Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres de Alumnos (CEAPA) y será la primera huelga de este colectivo que se ha celebrado en España.

Permítanme cuatro breves consideraciones.

Primero. La justificación de la huelga, que se convoca bajo un lema irrefutable (Por una educación digna), es que los estudiantes quieren evitar “el desmantelamiento del sector público” y están “hartos de que [los gobernantes] digan que no hay dinero para educación mientras vemos que sí tienen fondos para otras partidas”. Lo cierto es que la mayor parte de los recortes son fruto de la crisis, no de la reforma de José Ignacio Wert. Se habrían llevado a cabo incluso aunque la Logse siguiera. Algunas medidas (la rebaja de sueldos de los funcionarios, por ejemplo) fueron de hecho decretadas ya por Zapatero. La izquierda asegura que el Gobierno del PP aprovecha la crisis para imponer su reforma. Es al revés: la izquierda aprovecha la crisis para desprestigiar la reforma.

Segundo. La crítica más razonable que he escuchado a la oposición es que una transformación que afecta al sistema nervioso central de un país debería contar con el mayor consenso posible. Es verdad. Pero lo dice la misma gente que no tuvo el menor inconveniente en imponer la Logse.

Tercero. El núcleo de la reforma de Wert es bastante sensato. Pretende que el sistema educativo “se someta a un control de eficiencia y a una rendición de cuentas”. Parece de sentido común fiscalizar los ingentes recursos que se destinan a enseñanza, especialmente a la vista de los resultados. Ayer mismo, la Unesco revelaba que somos la nación europea con mayor fracaso escolar, y el informe PISA también dibuja un panorama desolador: quedamos claramente por debajo de la media de la OCDE en las tres rúbricas analizadas (lectura, matemáticas y ciencia). “Sería injusto afirmar que lo hemos hecho todo mal”, decía Wert hace unos meses en Actualidad Económica. “Si nos comparamos con lo que era este país hace 50 años, ha habido progresos notables. La enseñanza se ha universalizado y se ha extendido hasta los 16 años. Hemos multiplicado los recursos del 1,7% del PIB al 4,4%. Desde ese punto de vista, es otra sociedad y es otra educación. Ahora bien”, añadía, “si nos comparamos con los sistemas que mejor funcionan, cualquier cosa vale menos quedarnos como estamos”.

Cuarto. Wert ya es el miembro más impopular del Gobierno. ¿Una mala señal? Según se mire. “Me gusta este hombre”, me decía un amigo que lleva años escribiendo de enseñanza. “No es del gremio, pero eso es una ventaja, porque en España la educación está secuestrada por los insiders [docentes, sindicatos, colegios] que la gestionan en su beneficio, y no en el de los usuarios: los estudiantes y la sociedad”.

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